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Nueve de la noche, sentado en la silla de mi habitación, observo a través de la ventana la lucha sin tregua que los transeúntes están librando contra la inmensa ola de frío siberiano que ha cubierto de nubes el cielo de Madrid. Un cielo que, por algún tiempo, había venido anunciando una suerte de clima pseudo-estival precoz, cuya responsabilidad recayó, según los expertos, en los vientos subsaharianos.

Me quito la chaqueta, aflojo el nudo de la corbata y, consciente de la inmensa responsabilidad que supone el hecho de escribir para ser leído, por fin reúno el valor de enfrentarme a la ardua tarea de encontrar una temática adecuada para despertar algún tipo de interés entre los difícilmente impresionables destinatarios de mi locura.

Las ideas no fluyen por inspiración divina o, al menos, no nos fluyen a aquellos que, sin ningún atisbo de genialidad corriendo por nuestras venas, nos limitamos a intentar llegar al “éxito” desde la imitación de aquellos a quienes admiramos. Maldita sea, tiene que haber algo o alguien que despierte en mí esa llama, que me encienda esa luz que súbitamente ilumine por completo mi mente y mi corazón. Dónde estará, quién será…

En el transcurso de un parpadeo, me viene a la cabeza la posibilidad de encontrar inspiración a través de la lectura de la prensa de hoy, por lo que me dirijo a la página Web de un conocido diario nacional y comienzo una incesante búsqueda de luz. Rajoy, Merkel, Rafa Nadal, la prima de riesgo, nada, cuántas noticias y cuan poco valor, para ni tan siquiera dedicarle una línea a alguna de ellas.

En un fugaz vistazo, repaso las fotos de la Web del diario. De pronto, como de la nada, surge una imagen de una joven que no puede resultar ajena a mi atención. De piel morena, ojos oscuros, pelo rizado parcialmente cubierto por un Hiyab (velo islámico) y mirada penetrante que dirige frontalmente al espectador con el fin de producir en él un mayor impacto. El efecto es automático, no por la deslumbrante belleza que, podríais pensar, justificaría sobradamente el vuelco que ha causado su mirada en mi corazón, sino por algo mucho más penetrante, mucho más sufrido, mucho más profundo, casi desgarrador.

La cara me resulta conocida, pero no recuerdo el nombre. La expresión es sobria, el sentimiento que produce en el espectador, a primera vista, es de cierta repulsión y profunda lástima, lástima que se torna en vergüenza y cierto odio cuando hacemos clic sobre la noticia y nos embriagamos en la no muy profunda retahíla de datos que aporta un desafortunado narrador de cuyo nombre no me quiero acordar, para justificar la razón por la cual la joven de la foto no ha sabido adaptarse a su nueva vida en Norte América.

Supongo que a estas alturas del escrito, muchos de vosotros ya sabréis quién es la protagonista de nuestra historia. Se trata de la joven Aisha, cuya imagen dio la vuelta al mundo tras ser portada de la edición de agosto de 2010 de la revista Time. Como entiendo que todos conoceréis su historia, me limitaré a recordarla sucintamente. Aisha es una joven afgana que contrajo matrimonio a los trece años con un hombre mayor al que un primo de su padre debía un favor por un asesinato cometido en sus años de juventud. La niña Aisha, ya mujer, tras aguantar maltratos y vejaciones constantes por parte de su cónyuge y suegros, un buen día se armó de valor y decidió abandonar el domicilio familiar a la edad en que muchas de nuestras niñas aun no saben que el matrimonio en algunos países es para todala vida. Por este motivo, fue perseguida y posteriormente mutilada en nariz y orejas por su propio marido.

Esta historia es por todos conocida y ya ha sido por todos moralmente juzgada como absolutamente reprobable. Por ello, la razón de mi escrito no es hablar de la brutalidad del hecho que dio fama mundial a esta joven y le permitió optar al American way of life, sino ahondar en lo que pasó después, es decir, en los problemas de adaptación de Aisha a Estados Unidos y en la absoluta sorpresa de los americanos, que no aciertan a comprender cómo puede resultarle tan difícil la adaptación a la tierra de las oportunidades a un analfabeto que nada tiene, nada conoce y en nadie confía.

Así las cosas, según reza la noticia, la protagonista de nuestra historia fue a los Estados Unidos, avalada por la Asociación mujeres por las mujeres afganas, al objeto de afrontar una lenta y dolorosa reconstrucción y posterior adaptación a su nueva nariz, orejas y, por qué no decirlo, a su nueva vida. Para ello, fue “adoptada” por una familia californiana que, sedienta o no de protagonismo, lo cierto es que, en un acto de buena fe que el dinero no puede o no debe comprar, dio alimento y cobijo a nuestra querida Aisha.

El proceso de adaptación de Aisha está siendo mucho más difícil de lo previsto”  dice un miembro de la Asociación. ¿Quién habrá hecho tan acertadas previsiones? me pregunto yo. La respuesta no puede ser más sencilla porque, ciertamente, cualquiera podría haberlas hecho sin temor a equívoco, ya que tendemos a creer que nuestro habitat, nuestras costumbres y en definitiva, todo cuanto somos y tenemos, es fácilmente adaptable a la personalidad de aquellos que son absolutamente distintos a nosotros, por el solo hecho de que nos creemos que lo nuestro es lo mejor.

¿Quién puede no adaptarse a una cama cuando ha dormido toda su vida en una piedra? ¿A un colegio en el que aprenda idiomas y ciencias, católico o laico, cuando aún se es víctima de un radical analfabetismo? Qué importa que la razón de tú analfabetismo sea que el colegio más cercano a tu antigua vivienda (que no casa, pero seguramente sí hogar) estuviera a veinte kilómetros a pie y no pudieras ir, ya que ese tiempo tenías que dedicarlo a ir a por agua potable al pozo de la aldea más próxima. La respuesta, lamentablemente, es que todos, todos aquellos que no han conocido otra cosa en su vida que la que les hace felices, o con la cual han aprendido a serlo, no pueden ser felices con otra cosa. La razón es que nada puede producir más felicidad que ser y sentirse libres en su propio entorno.

Sin darnos cuenta, imponemos el modo de vida occidental a cuantos creemos más desdichados que nosotros por el simple hecho de ser distintos, de creernos más afortunados. Mentira y más mentira.

Sin entrar en consideraciones sobre la situación en la que desarrollan su vida las mujeres en el mundo musulmán, lo cual, insisto, no es objeto de estudio en este ensayo, es evidente que una mujer afgana, de no sufrir maltrato, puede y de hecho va a ser más feliz en Afganistán que en Nueva York, sin ningún género de duda.

No pocas veces me he preguntado cuál es la razón de que unos niños africanos que no saben leer ni escribir, cuyo único sentido de la vida es encontrar comida y agua para el sustento diario, sean capaces de esbozar una sonrisa de oreja a oreja por cualquier motivo.

Sin embargo,  vas a la puerta de un colegio cualquiera, de cualquier zona acomodada de cualquier capital del mundo occidental y los niños que encuentras en la puerta, sugieren, en sus rostros y actitudes, ser mucho menos dichosos que los supuestamente “desdichados”. Eso sí, salvo que sus padres les hayan venido a buscar con un nuevo juguete, lo que les provocará una felicidad ficticia que, en el mejor de los casos, les durará hasta la cena (tiempo que tardarán en romper el juguete, hartarse de él o ver otro en la tele que les guste más).

La razón de lo anterior es que nuestra sociedad ha crecido rodeada de unos “dioses” mortales, finitos, falaces y efímeros que ella misma ha creado, que nos han llevado a un permanente estado de desdicha que, sin embargo, paradojas de la vida, intentamos imponer, como un gran favor que hacemos al resto de ciudadanos del mundo.

No nos damos cuenta de que aquellos a quienes pretendemos “salvar” de su “desdicha”, no solo desconocen este modo frenético de vida en el que las personas se miden más por lo que tienen que por lo que son, sino que, como verdaderos hombres libres, huyen despavoridos cuando se ven envueltos en este mundo que tanta duda produce a propios y extraños.

Algo estaremos haciendo mal cuando los que menos tienen son menos felices en nuestro mundo que en el suyo, es más, poco o nada estaremos haciendo bien cuando los que menos tienen son más felices en su mundo repleto de dificultades, que nosotros mismos en el nuestro, en el que nos dan todo hecho desde antes de nacer.

Mi criterio, amigos, es que le estamos dando una importancia superlativa a las cosas que no la tienen.

¿Acaso le hemos preguntado a Aisha si quiere aprender matemáticas, geografía o inglés? ¿Acaso son necesarias estas cosas en su mundo para ser feliz? Acaso, si me apuráis, ¿lo son para serlo en el nuestro?

Salvo mejor criterio por vuestra parte, yo tengo claro que no y, ese no, tiene como causa que hemos crecido en el inconformismo, en la enfermiza voluntad de superación (económica y social, que no intelectual, por supuesto) que no sabemos donde nos lleva (o que, mejor dicho, nos lleva irremediablemente a la infelicidad), en las vacas gordas, en la burbuja inmobiliaria y en un sinfín de despropósitos que a buen seguro serán objeto de debate en ulteriores comentarios.

Amigos, es evidente que, cuando Aisha ha llegado a Estados Unidos, se ha visto rodeada de una forma de vida que no solo le resulta absolutamente desconocida, sino de la cual no quiere formar parte. Es importante que tengamos claro que no es lo mismo ser analfabeto que necio y que se puede no saber leer y disfrutar de una inteligencia que a buen seguro permite a la protagonista de nuestra historia darse cuenta, con mayor libertad y mejor criterio que el de sus propios psiquiatras, de que la sociedad de la que tanto presumimos, no es en la que ella quiere vivir.

Resulta cuanto menos curioso que una persona que ha sido maltratada salvajemente por su propio marido y que ha sufrido más de lo que muy posiblemente pueda sufrir una persona en esto que egoístamente llamamos el primer mundo, sin embargo, no se adapte a este supuesto paraíso que hemos creado los que nos creemos padres de la verdad absoluta por el solo hecho de que en nuestras ciudades estén domiciliados los bancos y empresas más importantes del mundo.

No dejo de preguntarme cuál es la razón de que Aisha no se adapte al paraíso. No encuentro respuesta en este mar de dudas en el que poco a poco nos ahogamos aquellos que pretendemos llegar al por qué de las cosas.

Tal vez la culpa de mi analfabetismo la tenga la ceguera que me produce la venda que me cubre los ojos impidiéndome verla luz. Me pregunto si seré yo el verdadero esclavo de esta historia.

Ojala lo supiera…

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