Pues resulta más agradable, pintémoslo con una historia.

Imaginemos un colegio al que acuden día tras día 50 alumnos de la misma edad. Digamos que entre ellos, se incluyen nuestros buenos amigos Alicia, Bob y Charlie. El mejor escenario posible sería aquel en el que cuando llegan por la mañana temprano, y tras acceder al largo pasillo donde se encuentran las aulas – precisamente en su considerable longitud reside el secreto –, cada uno avista su propia clase. Alicia ve su clase. Bob ve su clase. Y Charlie, por supuesto, también ve la suya: una pequeña puerta que descansa bajo un letrero donde puede leerse “Clase de Charlie” permite descubrir una habitación discreta, con una mesa generosa y dos sillas de madera situadas en lados consecutivos, una pizarra de dimensiones respetables y muchas tizas. Después de que – puntualmente – suene la campana, cincuenta profesores aparecen en el horizonte para entrar en sus respectivas aulas y comenzar con un fantástico “Bueno, ¿alguna duda sobre lo que comentamos ayer?”. Con la misma puntualidad, a media mañana la campana indica que se deben cerrar los libros por un rato. Los alumnos salen al patio y disfrutan comiendo cotilleos y bocatas, saltando a la comba ó pegándole patadas a un balón de reglamento. Tras las clases de por la tarde, Alicia, Bob, Charlie y sus demás amigos se dirigen a sus actividades escolares – no, no hay un extra delante – tales como deporte de equipo, teatro, música ó, desde luego, ajedrez. Naturalmente, decir que esta es la situación ideal no es nada nuevo, Filipo II de Macedonia ya lo sabía largo tiempo atrás. También es cierto que tenía menos alumnos entre manos.

Modifiquemos ligeramente la situación. La misma mañana, nuestros mismos amigos y el colegio situado en la misma calle, con las paredes pintadas del mismo color. Sin embargo, un pasillo más cortito. Cuando llegan Alicia, Bob y Charlie, se dirigen de nuevo a sus correspondientes aulas. Esta vez, Alicia entra en una habitación un poco más grande tras identificar una plaquita que reza “Clase de Alicia y Bob”. Y ahora hay tres sillas. Cada profesor atiende a dos alumnos simultáneamente. Aunque Alicia y Bob siempre han sido amigos inseparables – desde que eran apenas unos críos -, todo el mundo sabe del talento de Alicia con los números y de la destreza literaria de Bob. Por ello, en ambas asignaturas, los profesores no saben muy bien cómo llevar la clase de modo que ésta sea de utilidad tanto a Alicia como a Bob. Hay problemas. No funciona.

Puesto que no vamos a dejar a nuestros inocentes amigos en tan apurada situación, inventemos un buen final para nuestra historia. El recién nombrado director del colegio, el Profesor Hilbert, sabía que, desgraciadamente, ni sus aulas ni sus profesores eran infinitos. Y puesto que era un tipo capaz, serio y responsable, entendió que la decisión de a qué alumnos emparejar era esencial para el óptimo aprovechamiento de estos, lo cuál evidentemente era su objetivo máximo. Por ello, antes de empezar el siguiente curso escolar, se sentó un día en su humilde escritorio con una pila de folios, un par de bolígrafos negros y una papelera a sus pies. Sin prisa. A pensar, a hacer su trabajo: llenar papeleras de ideas descartadas.

Lo primero que hizo, como le enseñaron muchos años atrás, fue observar qué metodología seguían en otros colegios. Ver qué se había probado ya anteriormente. Aunque acababa de llegar a nuestro país, después de tres o cuatro llamadas y un par de visitas relámpago, le quedó totalmente claro que las papeleras de la mayoría de sus homólogos estaban vacías. Al azar. Aleatoriamente. At random. Así lo hacían los demás. Garabateó una mezcla de números, coeficientes, paréntesis y fórmulas para llegar a la conclusión de que sus opciones de éxito actuando de dicha manera eran mínimas. Se volvió a sentar, abatido, y estuvo un rato pensativo, mirando por la ventana. A lo lejos, en el patio, un joven entrenador hablaba a los niños que conformaban su equipo de baloncesto. Para potenciar no-sé-cuántos músculos, les propuso ponerse por parejas para hacer una carrera de caballitos. “Elegid un compañero de peso parecido, no quiero que haya caídas.” – fue la frase del entrenador. Entonces el Profesor Hilbert lo entendió. Divide and conquer. Al día siguiente se reunió con todos sus profesores y, asignatura a asignatura, fueron revisando los progresos de sus alumnos en los últimos años, así como haciendo parejas de niños para cada asignatura tratando de que las aptitudes en cada pareja con respecto a la asignatura concreta fueran lo más equilibradas posibles. Seducido por la emoción de lo aleatorio, el Profesor Hilbert añadió también una hora lectiva semanal de debate entre alumnos y profesores sobre el tema que entre ellos decidieran y formó – ahora sí – parejas aleatorias que iría cambiando semana tras semana. Finalmente, quitó los antiguos carteles que presidían cada clase y los sustituyó por nombres de científicos, filósofos y escritores, de ríos y ciudades, de civilizaciones y cantantes de música Pop. Imprimió para cada alumno un horario que indicaba a qué aula debía acudir hora tras hora y los repartió el primer día de clase. Evidentemente, el Profesor Hilbert sabía que su trabajo no había hecho sino comenzar. Día a día, fue preocupándose por la evolución de cada alumno así como reajustando, modificando y actualizando las parejas para seguir optimizando el servicio ofrecido a cada alumno. Por supuesto, en la hora de “Química”, lo explicado en la clase Amazonas y aquello cubierto en la clase Sócrates difería significativamente. El objetivo del colegio no era que el material abordado en ambas pizarras coincidiera. No. Ni de lejos. El objetivo es que el nivel de aprovechamiento de los alumnos en Amazonas y aquellos en Sócrates fuera lo que coincidiera, siendo lo mayor posible.

Supongo que ahora el lector será capaz de imaginar nuestro siguiente paso. Mismo colegio, pero tres alumnos por clase. Luego cuatro, cinco… Cada vez un pasillo más corto. Lamentablemente, en nuestros colegios no hay tantos profesores como alumnos y es una restricción que debemos aceptar – dentro de lo razonable – y con la que tenemos que aprender a jugar. Aunque nuestros recursos no sean lo buenos que nos gustaría, es nuestra obligación optimizarlos. Y, obviamente, antes de ponerse a optimizar, hay que saber qué es lo que se quiere optimizar. ¡Esa es la clave! De forma asombrosa – en el mejor de los nombres – si no canallesca – en uno de los intermedios -, en España parece haber muchas personas empeñadas en que el objetivo del colegio es coger bebés diferentes y devolver adolescentes idénticos. Idénticos y significativamente más idiotas de lo que uno habría augurado de conocerlos cuando apenas levantaban dos palmos del suelo. Minimizar la varianza y ahogar la diferencia simétrica, a costa, por supuesto, de conseguir que todos y cada uno aprendan mucho menos de lo que podrían. Eso es. Los niños deben sentirse robados. Estafados. Mutilados intelectualmente. Y con dos serios agravantes. Primero, se les hace cuando son aún indefensos. Y, segundo, en su época de mayor capacidad de aprendizaje y, probablemente, de mayor repercusión futura.  Jamás nadie les podrá devolver el desarrollo perdido. Lo que pudieron ser y ya no serán nunca. Si tan sólo hubieran tenido algo más adaptado a sus particularidades… a muchos los dejaron con hambre, mientras que a otros los atragantaron a base de cucharadas forzadas y a destiempo, para conseguir que al final no quisieran comer.

Si en nuestro primer colegio, Alicia se disfraza de Bob, Bob se viste de Charlie y Charlie se hace pasar por Alicia para asistir a las clases que no les corresponden, probablemente los tres perderán el tiempo. No estamos hablando de Rütlis e Etons, no hablamos tampoco de Gymnasium, Realschule y Hauptschule. Hablamos de darle a cada uno tanto como pueda digerir y de hacerlo al ritmo adecuado. Claramente, es incuestionable que la viabilidad económica supone una limitación. La pregunta es, ¿es dicha limitación tan tormentosa que nos obliga a una realidad académica tan triste como la actual? Si tenemos helados, galletas y café recién hecho así como un frigorífico, una estantería y un termo, en lugar de meter aleatoriamente un pocos helados, algunas galletas y un par de vasos de café en el frigorífico, otros en la estantería y lo demás en el termo, por favor, pensemos un poco, pues cuesta lo mismo hacerlo bien. Y la diferencia es brutal. Hay alumnos que no tienen dificultades en ciertas asignaturas pero lo pasan mal en otras, habrá otros cuya situación sea la inversa, existen alumnos que querrían y podrían aprender más en algunas materias, la mayoría de los alumnos no pueden dar el paso décimo-octavo sin haber dado correctamente el décimo-séptimo y, si se les obliga a hacerlo, perderán un interés que legítimamente les pertenece, que difícilmente recuperarán y – sobre todo – que no tendrían porqué haber perdido.

¿Y todo esto por qué? Por unas sorprendentes ansias de igualitarismo. De igualitarismo estúpido. De igualitarismo que carece de fundamento y mal entendido. Tal que lo único que tiene de igual para todos es su triste efecto aniquilador. Sí, sí, imagine el lector una fila de alegres bebés con alas de mil tipos, formas y colores desfilando inocentemente hacia su escuela primaria, allí donde el efecto de la estandarización y la rigidez académica poco tendrá que envidiar al de una guillotina de hoja afilada. Tenemos miedo a las diferencias. Hasta que no entendamos que no sólo es algo que forma parte de la realidad, sino que la sociedad debe aprovecharlas, difícilmente podremos avanzar. Afortunadamente, los zapateros sí que han entendido que las personas son diferentes. Y aún no se han decidido a seguir el ejemplo de la educación en sus servicios. Si no, ya se podrían ir preparando todos aquellos que no tengan una talla 40…

Perdemos el tiempo y el dinero discutiendo sobre si debemos enseñar Ética Básica, Moral Aplicada, Religiones del Mundo Contemporáneo, Educación para la Ciudadanía, Historia A ó Historia B, si debe haber crucifijos encima de la pizarra, si – por el contrario – debe estar el lema de Dawkins ó si los piercings, tatuajes y los pantalones rotos deben ser bienvenidos. Tonterías. Sin embargo, no mandamos emisarios a investigar por el mundo, a visitar colegios extranjeros, no apostamos por dar competencias a directores preparados para que innoven e investiguen nuevas formas de mejorar la educación de los estudiantes, no desarrollamos software de seguimiento exhaustivo, estadísticas minuciosas, no evolucionamos, no pensamos como uno esperaría de finales del siglo XX – pues supongo que es demasiado arriesgado llamar a esto el siglo XXI. No, no nos gusta nada eso de sentarnos, el bolígrafo, el folio en blanco y la papelera medio llena. Preferimos hablar, hablar y correr en círculos levantando pancartas. Claro, es más cómodo que lo otro. Definitivamente, es más fácil ocupar Wall Street que ocupar la Biblioteca. Pero bueno, ¿qué se puede esperar?, al fin y al cabo, nosotros mismos: los profesores, los directores, los burócratas, los propios padres, los alumnos recién salidos… no somos más que gente a la que también cortaron las alas el día que tenían que habernos enseñado a volar.

Anuncios