Hace tiempo que no sentíamos una tarde de tan grisáceo tono como la de hoy.

En el cielo, una vorágine de nubes bajas circulan velozmente mientras que otras, más altas y seguramente más ancianas discurren con paso cansino, solemne, como si estuvieran observando el desasosiego de sus hermanas menores. Caminan más despacio pero con paso certero y claro destino. Tengo la impresión de que van buscando el lugar y el momento idóneo para descargarse plenamente en cascada de gaseosas lágrimas y, así, desaparecer definitivamente, en plenitud de entrega sobre la ya húmeda tierra ávida de aminar su sed de siglos.

Se dice de nosotros que “estamos en las nubes” solo porque, durante un instante, hemos parado el tiempo sencillamente para mirar hacia adentro, para dignificar -aunque solo sea de forma puntual- nuestra propia existencia. Y, por ello, nos acusan de ir tan lejos: “¡Nada menos que a las nubes!”.

A mí, personalmente, me gusta levantar la mirada en tardes cmo esta en ese intento,  no de ver las nubes sino desde ellas. ¡Todo es tan pequeño!…; El hombre, incluso, visto desde allí resulta casi imperceptible. Y, sin embargo, que enorme grandez contiene dentro de sí.

Visto desde aquí arriba se diría que no es más que una insignificante pieza, perdida en un maremágnum de engranajes, disperso en un mundo programado y -desde estas alturas- caótico.

Me entran ganas de bajar y proferir un grito invitatorio a la calma, a la dulzura. Si así lo hiciera exclamaría, probablemente, una sola palabra: ¡Silencio!. Regalaría por doquier pequeños trozos de silencio, de recogimiento activo.

Qué distintos serían el mundo, la humanidad si los que le damos forma tuviéramos la capacidad de sienciarnos, casi rutinariamente, para “tomarnos conciencia”, para “ver” y proyectar desde ahí nuestra “estancia”. Solo así vivificaríamos nuestro estar y, sobre todo, nuestro estar con… aquellos otros que también “son y están”.

Mi nube se va desplazando, poco a poco,por la senda que conduce a su entrega total y yo contemplo en su recorrido otras tierras, otros hombres. El color de las montañas se distingue entre los cientos de tonos diversos que colorean los campos, tan nuestros, tan activos, tan conmovedoramente silentes. Los hombres, sin embargo, vistos desde aquí parecen todos iguales. Me inquieta contemplar tanta semejanza. No es su apariencia física uniforme lo que me preocupa sino, más bien, la coincidencia de destinos, ese pacto que parecen haber sellado entre ellos para llegar quién sabe dónde y alcanzar ni ellos saben qué.

¿Por qué no es el ser individual capaz de elegir su plenitud concreta, su remanso de aquietamiento, el lugar y el tiempo -más difícil este último-  de su cénit. Y aún tengo que escuchar tantas veces, cuando estoy ahí abajo, que existe un anhelo personal y colectivo de felicidad. Desde aquí se ve mucho más (debe ser por la distancia) y llegan aromas que, aunque se confunden un tanto  con ese olor característico a tierra mojada, no son ciertamente de gozo. Ni presente, ni menos aún futuro. La tierra está mojada, sí, porque estas nubes en las que viajo ya van muriendo. Más, no han muerto tanto como para que los hombres estén empapados, calados hasta los huesos y no de agua sino de ambición, de envidia, de desasosiego; en suma, “de no ser”.

De niños, cuando aprendíamos a conjugar el verbo estar a base de repeticiones, exprimiendo nuestra memoria, por aquel entonces nueva y verdaderamente capaz, no alcanzabamos a medir el profundo significado de esas dos efímeras sílabas. Los verbos ser y estar eran dos auténticos hermanos desde un punto de vista didáctico. Era algo así como nuestra primera lección. Hoy, desde mi nube, me cabe la satisfacción de ver más allá de la simple conjugación. Por fin descubro la consustancialidad de ambos términos. Veo un hombre que “está” sin “ser” y proclamo como más auténtica la necesidad del “estar siendo”. No me importa, en absoluto, si conjugo bien el infinitivo con el gerundio porque, desde aquí, carecen de valor todos los alardes gramaticales. Es a la vivencia del sentido más lúcido de cada uno a lo que me transporta esa expresión.

Ahora es preciso que vuelva ahí abajo porque mi fiel montura ha comenzado a cumplir con su último destino. Sin hacer ruido, como las madres ya viejas y respetuosas, se entrega, llora y se derrama en bien de la vida. Vendrán otras que harán un recorrido similar y se extinguirán, asímismo, vivificándolo todo. Rara es la que tuerce su destino y se empeña en destruir sin motivo aparente.

Poco a poco ha caido la noche y, en ella, se hace el silencio. Las nubes aún no han muerto del todo. Sigue lloviendo y a mi alrededor los hombres, protegidos del agua, callan, se adentran en sí y deciden respetar, de esta manera, el sacrificio de sus frecuentes compañeras de viaje. La frescura del ambiente invita a respirar profundo, a aquietar los sentidos y a repasar los verbos en clave de vida, de destino feliz.

Seguro que mañana amanecerá un día azul y luminoso en el que no necesitaré subir arriba porque las aguas, en forma cristalina, correrán bajo nuestros pies, sobre nuestro cielo…

Anuncios