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La amistad es una necesidad vital. Es algo que nos diferencia de los animales que, sin embargo, son capaces de amar (posiblemente con origen en el instinto de procreación).

Algo que podría sorprendernos a priori, pero que adquiere todo el sentido si se razona levemente, es que la “amistad” es más necesaria en la riqueza que en la pobreza y, la razón, es que la felicidad solo es tal si es compartida.

Como es lógico, lo anterior no quiere decir que la amistad no resulte de vital importancia cuando el desasosiego o la adversidad salen a nuestro encuentro, sino que, en esos casos, solo contaremos con los limitadísimos amigos de verdad. Si eres pobre, tendrás menos amigos que si eres rico, pero, indudablemente, los del pobre serán mejores amigos que los del rico (es cuestión de cantidad Vs. calidad). La causa la entenderemos seguidamente, pero como podréis imaginar, se debe a lo “poco” que puede aportar el pobre a los innumerables amigos del rico.

Podríamos decir, sin temor a equívoco, que la razón es que existen o, mejor dicho, coexisten, dos tipos de amistad en la vida (salvo en la de aquellos virtuosos que vencen la necesidad de tener amistades interesadas y fundan sus relaciones en el amor verdadero): la que sirve a un interés egoísta y la que no.

Esto no quiere decir que una persona solamente pueda tener amigos de una u otra clase, sino que, muy probablemente, tenga de las dos, indistintamente, si bien, lo que las diferencia es la manera de entender una u otra.

Cuando la amistad sirve a un interés individualizado (la palabra egoísta no es de mi agrado, sobre todo cuando, como veremos, de utilizarse, resultaría de aplicación al común de los mortales, sin excepción aparente), lo que con ella se está fraguando no es más que una falaz relación, mortal de necesidad, que concluirá cuando deje de sernos útil o de proporcionarnos algún beneficio o placer.

Contrariamente a lo que podamos pensar, este sentimiento no nace con la madurez, sino que se manifiesta desde la niñez. Para corroborar esta circunstancia, basta con hacer el ejercicio de echar la vista atrás a nuestros primeros años de colegio y preguntarnos quiénes eran nuestros mejores amigos y por qué razón.

Muy posiblemente compartíamos con ellos un interés mutuo, llámese fútbol, comba o “amor” a las sumas y restas (no hace falta que os diga cuál era mi caso, ni cuántos amigos conservo de aquellos “recreos” de veinte años atrás), si bien, nuestros amigos solían ser los mejores en cada una de dichas disciplinas, por cuanto no era común rodearnos de los peores, salvo que fuéramos tan malos que nos gustase tener a alguien aun peor al lado (ya sabéis, mal de muchos…)

Pasa lo mismo con el amor. A los siete años, el amor empieza y termina en aquella niña de ojos claros, pelo delicadamente peinado y cara angelical que te saluda por las mañanas con una sonrisa al entrar en clase. Miento, no termina en ella, sino que termina cuando empieza el amor por la muñeca de al lado. Cosa distinta es que, mientras nos miraba, pensásemos que queríamos pasar con ella el resto de nuestra vida, sin perjuicio de que el tiempo demostrase que, en todos los casos, ese pensamiento era erróneo y en algunos de ellos, incluso hayamos dado gracias a Dios porque no haya sucedido como deseábamos.

¿Qué buscábamos en ella? Posiblemente que nos alegrase las mañanas con su sonrisa.

¿Cuánto duró ese amor? Seguramente lo que tardamos en encontrar otra sonrisa que nos gustó más.

Vamos creciendo. A los 16 años (o antes), el amor nace y muere en los genitales (ruego se me permita la gráfica expresión que pretende referirse al sentimiento más primario y animal del ser humano). Este idilio también es finito, aunque posiblemente dure más que el que nos produjo en tiempos pasados la sonrisa de nuestra protagonista infantil, si bien, a diferencia del primero, en este caso podíamos disfrutar perfectamente de varios “amores” a la vez.

Con la madurez, el amor de pareja también puede nacer de un deseo sexual, pero si bien no es habitual, desde luego, lo que lo diferencia del amor adolescente es que sus pilares son otros, sus intereses son otros (intereses que con el tiempo, dejan de existir de manera individualizada, pasando a ser intereses comunes, que son la razón por la que perdura el amor).

Ojo, no confundamos los conceptos, no hace falta perder el deseo sexual hacia tu pareja para darte cuenta de que estás en ese estado de amor incondicional.

La palabra incondicional no significa seguir amando cuando las arrugas, la alopecia o la celulitis elefantiásica aparecen en nuestras vidas para cambiarlo todo (o, más bien, nada), sino que el amor torna verdadero cuando va más allá de la física o química, cuando nace de la felicidad que te proporciona ser y estar al lado de esa persona (que no cuerpo). Es más, mientras exista el amor, seguirás sintiendo por tu pareja un desproporcionado y en algunos casos injustificable deseo sexual (salvo que nos alejemos de los parámetros de deseo que ha impuesto la sociedad actual y nos dejemos llevar por el sentido de la belleza de Rubens, por no decir de Botero, en cuyo caso el deseo estaría perfectamente justificado a los ojos de cualquiera).

Lo que hace que perdure el amor son los intereses comunes, el remar ambos en una misma dirección, el tener la firme intención de caminar de la mano por el pedregoso sendero de la vida.

Igual que podemos tener muchos amores interesados simultáneamente y un solo amor verdadero, también ha de ser muy limitado el número de amigos de verdad. No quiere ello decir que solo podamos tener uno, sino que los amigos de verdad los elegimos, no por el deseo de beneficiarnos de ellos, sino por el de compartir con ellos una intención, como es la de haceros mutuamente el bien y compartir sentimientos, vivencias y experiencias.

La gran virtud de los amigos verdaderos es amarse recíprocamente. La gran necesidad, es que exista una relación de semejanza e igualdad entre ellos, ya que de no ser así, pronto despertarán las envidias que abocarán al fracaso la relación.

Por el contrario, la amistad por interés surge, precisamente, para compensarse recíprocamente las carencias, de tal modo que cada uno busca lo que necesita del otro.

Lo que resulta incontestable es que, cuando eliges a tus amigos de verdad y te encuentras en ese estadio de no defender los intereses propios sino los comunes, la consecuencia es que obtendrás un resultado que será de provecho propio. Seamos, por tanto, inteligentes en este aspecto.

Generalmente, las circunstancias de la vida van engrosando incontroladamente nuestra lista de “amigos”, sin embargo, pocas veces dicho aumento exponencial tiene alguna utilidad para nosotros.

En prueba de lo anterior, os propongo un sencillo ejercicio:

Mirad cuántas personas aparecen en vuestra agenda del móvil o cuántos “amigos” tenéis en Facebook.

¿100, 200, 500?

Ahora preguntaos cuánta de esa gente os da exactamente igual, por no necesitar de ellos absolutamente nada y no la borráis de la lista, simplemente, por si acaso…

¿Estamos hablando de 50, 100, 250?

Seguidamente, os invito a que contabilicéis a aquellos que no borráis de vuestra lista porque podéis necesitar algo de ellos ahora o en el futuro. Esto es lo que se conoce como amigos por interés.

Decidme, ¿45, 95, 245?

A estas alturas de la película, ¿Quién os queda en la lista además de vuestros familiares?

Con suerte 5 ¿verdad?

Solo el tiempo y las circunstancias de la vida te hacen saber quiénes son tus amigos de verdad y lo bonito de saber quiénes son tus amigos es que con muy poco margen de error, esa circunstancia también te permitirá saber para quién eres tú un amigo de verdad, cuestión que, a la postre, es la que verdaderamente importa de todo esto.

No os obsesionéis por tener muchos amigos, ni por ser el mejor amigo de docenas de personas.

Como dice el refranero castellano, “quien tiene un amigo, tiene un tesoro”. A lo que yo añadiría, “quien tiene cien, tiene un problema, cual es, que no ha sabido entender lo que es la amistad”

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