Por mucho que se esforzara, no era capaz de concentrarse en el contenido de la reunión, y se le iban los ojos hacia la ventana. Desde el último piso del edificio la vista era fantástica.
La mañana era tan bonita que le resultaba difícil respirar. La suave brisa y el sol de mayo traían los primeros olores del verano.
Los árboles habían terminado ya de formar sus hojas, y entre los edificios se agolpaban las copas exultantes. Tan verdes, que que ella se planteó que pudieran quizá ser más verdes todavía de lo que sus ojos podían percibir.
Además, las golondrinas habían llegado ya a Madrid. Como niñas traviesas que que corriesen por el aire, se cruzaban en trayectorias parabólicas, dejándose caer a veces en súbitos requiebros. Gritando de alegría, se abandonaban a sus acrobacias junto a la ventana. Y ella no podía dejar de mirarlas.
Se le ocurrió que, incluso si muriese en aquel mismo instante, no le quedaría más que dejarse marchar agradecida por aquella belleza inesperada. Inundada de pronto por una ternura incontrolable, se le enredó la garganta y tuvo que evitar pestañear para que no se derramaran las lágrimas que seguro le vidriaban la mirada.
– ¿Te encuentras bien? – le preguntó amablemente un compañero de trabajo. Tras recuperar el aliento y limpiarse los ojos, ella contestó en voz baja:
– Sí, no es grave. Me pasa siempre que llega el verano.
Sonriendo, él dijo:
– Estas alergias son terribles, ¿verdad?
Entonces ella, volviéndose distraídamente hacia la ventana, contestó sin mirarle:
– Eso tengo entendido.
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