¿Sabéis una cosa?

Ayer me confirmaron que mis padres, además de pagar su parte correspondiente del coste de los medicamentos hasta llegar a los 18 euros, cada uno, deben costearse íntegramente sus antiácidos de toda la vida, el jarabe para la tos que se toma mi madre todos los días y esa otra medicina que mi hermana –invalida- se aplica cada vez que le brota el herpes. Cosas de poca importancia que al pagarlas hacen posible la permanencia de un sistema sanitario público tan universal, gratuito, equitativo, accesible y solidario como es el nuestro.

Esta nueva medida se denomina “revisión del nomenclátor”. Una tarde de estas –en una hora- se lo explico a mis padres porque hay edades en las que uno ya no acierta a entender lo mucho y bueno que hacen por nosotros quienes, en número de uno por cada cien habitantes –más o menos- velan por nuestro bienestar.

Es mucho más importante que exista ese número de políticos aunque sean más del doble que el de médicos, enfermeras, maestros, etc. El que no quiera verlo así es que es un demagogo o un inconsciente en una situación de crisis tan aguda como la que vivimos. España está llena de desaprensivos, de incautos, de personas que carecen de “vida inteligente” y a las que se les ocurre poner en cuestión las decisiones de los verdaderamente ilustrados. Personas que no entendemos nada de nada. A alguno se le ocurrirá decir que ahora tenemos que pagar medicamentos que antes se costeaban con nuestros impuestos. ¡Pobre ignorante!. ¿Es que no sabe que lo se está haciendo es una revisión del nomenclátor? Más de uno tendrá que sustituir el pequeño aperitivo de los sábados por esa revisión del nomenclátor. Es lo natural y lo más conveniente. Ah. Y yo soy un demagogo de espanto diciendo estas cosas. Si acaso no sigáis leyendo más. Mejor pongamos la televisión que es donde nos explican adecuadamente lo que hay que hacer.

Si el ciudadano –paciente- y tanto que paciente, debe ser quien más contribuya a sostener la situación aunque sea anciano, minusválido o se halle en situación de desempleo, como lo están la mitad de los jóvenes españoles tendríamos que priorizar en los gastos, ¿no os parece? Y para eso deberíamos opinar, ¿no os parece?. Y deberían preguntarnos qué es y qué no lo que queremos seguir manteniendo con nuestro dinero. ¿O no os parece?

Pues bien. No hace falta. ¿Y si se nos ocurre decir que no queremos pagar 17 parlamentos o 17 gobiernos? ¿Y si a alguien se le ocurre decir que por qué se duplican tantas instituciones con idénticos fines y gruesas dotaciones de plantillas? ¿Y si algún inocente se entera de que tenemos que traducir al gallego, al catalán o al euskera todas las intervenciones de nuestros senadores porque es un insulto a la libertad y a la inteligencia el entendernos en castellano y dice que no está de acuerdo en pagarlo con sus impuestos mientras tenga que costearse el Almax, el voltarén o el zovirax?

Creo que mis padres están a favor de quitarse de su pensión esos gastos en medicamentos. Tal vez porque, aunque con esfuerzo, pueden hacerlo. No se si todos los mayores pueden hacerlo aun a costa de apretarse mas el cinturón. Es más, sé que hay muchos que no. Hoy lo decía un comunicado de los aguafiestas de Caritas, esos que hablan en nombre de un montón de gente que, al parecer, no existe.

Sin embargo, hay un detalle que no me encaja. ¿Y si empezáramos por aligerar las administraciones?. Digo yo que si un servicio regional de salud, como nos anuncia ahora el castellano manchego puede prescindir de repente de 767 personas: médicos, enfermeras, auxiliares y celadores y no sucede nada en materia de calidad y seguridad para los pacientes, ¿cuánto menos repercutiría si, como mínimo, aplicase el mismo criterio a otros sectores sociales, por ejemplo a los políticos y a todo el entorno logístico que cada uno de ellos acarrea? Quizá podrían recolocarlos en sus respectivas profesiones o llevarles al mismo lugar que irán esas 767 personas que, con la comprensión responsable, de los defensores de los trabajadores contribuirán con la desolación y angustia de sus familias al sostenimiento de un modelo de tantísimo bienestar como lo es el que se está reinventando.

Y, solo después de adoptar esas medidas, verdaderamente ejemplares, veremos lo que podemos y queremos seguir pagando. Estoy por asegurar que todo lo relativo a la salud nos es prioritario y no vamos a poner pegas. Pero, por favor, seamos razonables y apliquemos criterios de verdadera justicia, gobernanza, equidad y raciocinio. Igual si preguntan a mis padres y a mi hermana, pese a sus achaques, se les ocurre algo verdaderamente eficaz y normal para gastar menos.

Y, por último, no se rían tanto cuando salen en las fotos después de haber tomado esas medidas tan gratas para todos porque todas y cada una de ellas, más que para reírse, son para llorar.

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