Aristóteles, en el libro I, 2 de la Política (1253 a 1 y ss) afirma: “Resulta, pues, manifiesto que la ciudad es una de las cosas naturales y que el hombre es por naturaleza un animal social y que el insocial por naturaleza y no por azar o es mal hombre o más que hombre (…) La razón por la cual el hombre es, mas que la abeja o cualquier animal gregario, un animal social es evidente: la naturaleza, como solemos decir, no hace nada en vano, y el hombre es el único animal que tiene palabra. La voz es signo del dolor y del placer y, por eso, la tienen también los demás animales, pues su naturaleza llega hasta tener sensación de dolor y de placer y significársela unos a otros; pero la palabra es para manifestar los conveniente y lo dañoso, lo justo y lo injusto, etc., y la comunidad de estas cosas es lo que constituye la casa y la ciudad”.

Me gustaría centrar por un momento la atención en esta dimensión de la palabra como expresiva de una realidad que trasciende a la sola voz y va mucho más allá que lo único que tenemos en este momento, el habitual vociferio de unos y otros. Vociferio que apaga la voz y destruye la poca palabra que, de forma muy residual, a veces nos encontramos en algún espacio y algún tiempo oculto o, mejor, ocultado en lo posible por quienes se obstinan en acallarla.

La palabra, en este sentido aristotélico, que nos constituye como seres humanos y, por ello, verdaderamente sociales se ha tornado “palabrería”, “flatus vocis” que despierta indiferencia e incredulidad.

Algunos dicen ejercer la palabra a base de participar en innumerables “tertulias” en las que lo mismo se habla de política, que de economía, de arte, de literatura o de la vida inventada de algún “famosillo”. Y ese mismo tertuliano tiene la rara capacidad de entender y juzgar de todos esos temas, es más, puede que hasta se aventure a definirse como “profesional de la palabra”.

Paco Ibañez cantaba en el Olimpia de Paris, allá por los años 70, aquello de “me queda la palabra”. Cuarenta años después me pregunto: ¿nos queda aún la palabra? y, si así fuera, ¿dónde está? Como ser humano y, por lo tanto, ser habitado por la búsqueda, seguiré tras de la palabra y si me la encuentro que nadie dude que la haré escuchar. Pero tengo la certeza de la necesidad de buscarla dentro de mí mismo porque, fuera, en la sociedad actual, solo encontraré palabrería, vociferio y ruido. Justo lo que muchos potencian para que nadie hable, como bien decía Aristóteles, de lo conveniente y lo dañoso, de lo justo y lo injusto….

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