¿Alguna vez os habéis preguntado la razón por la que se dice que la época más feliz de la vida es la niñez?

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Muchos piensan que la causa reside en la inexistencia de obligaciones, de preocupaciones, de cargas y, en definitiva, en la total ausencia de responsabilidades, que nos permite disfrutar en todo momento del placer de hacer lo que más apetece, lo cual no es del todo cierto.

El recién nacido no tiene otra obligación que luchar por su propia supervivencia, que no es poca tarea, si bien no es consciente de lo que supone vivir, por lo que su “ocupación”, que no preocupación, es comer y dormir. Paradójicamente ésta es la misma ocupación que tenía el ser humano en épocas, para algunos, ya olvidadas de la evolución, épocas en las que, curiosamente, si bien existían más ocupaciones, sin embargo eran más libres de preocupaciones.

Para no caer en la quimera que para un servidor (cuya capacidad y conocimiento empírico queda lejísimos del de los grandes pensadores), supondría pretender probar la existencia de una inigualable felicidad fetal o neonatal, me vais a permitir que deje transcurrir unos pocos años en nuestras vidas para demostrar la teoría que me ronda el pensamiento.

Muy posiblemente muchos de nosotros, cuando no todos, tengamos recuerdos de nuestro primer día de clase mientras, a la edad de seis años, subíamos temblorosos las “enormes” escaleras que nos conducían al aula de 1º-A. Las ojeras cubrían nuestro impúber rostro dejando entrever nuestras trascendentes preocupaciones.

En mi caso la culpa del insomnio la tuvo el intentar infructuosamente averiguar quién sería mi tutor/a, cuáles de mis amigos de preescolar se habrían ido a otro colegio y, ante todo y sobre todo, quiénes y cómo serían los nuevos pupilos…

Todas estas cuestiones tendrían pronta respuesta segundos después de abordar enérgicos el último escalón de la grandiosa escalinata de la Basílica de San Francisco de Borja.

Cierto es que cada cual tendría en ese momento sus propias preocupaciones (no creo que muy distintas a las mías), pero desde luego, lo que, sin ningún atisbo de duda, me atrevería a apostar es que nadie pensaba o a nadie le preocupaba lo que iba a pasar el segundo día de clase. No digo ya que nadie pensara si en los próximos treinta años sería licenciado, casado, futbolista o, de “profesión” rico. De todo eso ya habría tiempo para preocuparse más adelante con la llegada de la madurez de la persona y consiguiente inmadurez del ser. ¡¡Craso error!!

En la niñez ya somos acreedores de obligaciones, aceptaré que nada tienen que ver con las de nuestros padres, aunque muy posiblemente la única diferencia que exista respecto a las obligaciones de nuestros padres sea la manera de afrontarlas, dependiendo exclusivamente de la época de nuestra vida en la que tengamos que lidiar con ellas.

Esta primera imberbe época de lucidez mental y de consecuente felicidad entra en coma a los 12 ó 13 años, cuando súbitamente, dejándonos seducir por el mal común de pensar en el futuro, empezamos a caer en la cuenta de que nuestra existencia es poco menos que repugnante y sucumbimos a la idea de cuán felices seremos cuando tengamos el bachillerato aprobado y en la universidad no hagamos otra cosa que jugar al mus, beber cerveza y, lo más importante, conocer a cuantas más chicas mejor.

Tras un parpadeo te plantas en los veinte y te das cuenta de que, contrariamente a lo que vislumbrabas con deseo a los 13 años, las preocupaciones ahora son otras. En tu universidad (Pontificia), las timbas de mus están más que prohibidas, el alcohol es como las meigas, y las chicas, qué decir de ellas. Había cientos, miles, pero tú estabas enamorado de una que no te hacía caso, por lo que las otras 999 te importaban un pimiento. Tus preocupaciones eran otras. Emparejarte, licenciarte, encontrar trabajo (esta preocupación la ha traído la crisis, antes no existía como tal) casarte y formar una familia. Y todas esas preocupaciones las tenías en mente porque pensabas que cuando los consiguieras serías mucho más feliz (igual que a los trece, pero sin embargo sigues sin darte cuenta de que a los veinte no se cumplieron tus expectativas, ¡¡idiota!! ¿Qué te hace pensar que esta vez será diferente?

Cuando llegas a los cuarenta y ya has formado tu tantas veces deseada “familia feliz”, surgen nuevas preocupaciones que te hacen estar continuamente pensando en que el futuro siempre traerá mayor dicha a tu vida, cuando, amigos, seamos conscientes, a partir de los cuarenta, al menos físicamente, cualquier tiempo pasado fue mejor. En las preocupaciones que surgen a los 40 no voy a meterme porque mi edad me impide haberlas vivido y mi convicción moral me permite evitar pensar en ellas.

Sigue el curso del río y de repente te encuentras a las puertas de la desembocadura, con un puñado de arrugas que hablan de tu vida y te preguntas mirándote al espejo si has vivido, si has sido feliz.

A mis 26 años, me he propuesto ser feliz y para ello no tengo otra fórmula que esforzarme en cumplir mis expectativas diarias.

Hoy es un día importante en mi vida, ¿sabéis por qué? Porque es el día que me toca vivir. Tengo grandes esperanzas puestas en el día de hoy. Pretendo hacer mi trabajo lo mejor posible, ir a comer a casa de mis abuelos, nadar un poco y cenar con mi madre antes de ver alguna serie de interés e irme a acostar hasta el día siguiente, que también será un gran día, no sin antes hablar por teléfono con mi novia a la que ya habré llamado otras veces a lo largo del día. Sé que mis aspiraciones para ser feliz son altas, pero creo que puedo acabar el día habiendo sido feliz. Es más, creo que de cumplir con mis aspiraciones nunca habré sido tan feliz como hoy.

¿Qué esperáis vosotros del día de hoy? ¿De qué depende la manera de afrontar vuestras responsabilidades?  O, dicho de otro modo, ¿qué hace que afrontemos los problemas de una manera a los seis años y de otra bien distinta y, si se me permite, infinitamente menos inteligente, a los cuarenta?

Todo se debe a que nuestra “infelicidad” adulta reside en la facilidad para dejarnos arrastrar por los recuerdos del pasado y embriagar por el elixir de un anhelado mejor futuro que nunca ha de llegar.

¿Tan difícil es darse cuenta de que el futuro nunca muere y el pasado nunca va a resucitar?

La felicidad reside en el presente, porque el presente es lo único que existe, lo único que importa y lo único que podemos cambiar. El presente, en consecuencia, es lo único que nos debe preocupar y ocupar.

Ojala fuera depositario del elixir de la felicidad eterna, pero desde luego éste jugo que hoy comparto con vosotros es el que os va a permitir ser felices el día de hoy.

Hoy es el primer día del resto de vuestra vida. Suerte!!

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