La inminente aprobación de la reforma de la Ley del aborto impulsada, paradójicamente, por el Ministro que se creía más “progresista” de los que forman el gobierno, ha creado un debate social que hace opinar a propios y extraños, a legos y eruditos.

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Necios y sabios han compartido opiniones, vivencias y descalificaciones recíprocas a lo largo de los últimos días. Estas opiniones habrán permitido a algunos conocer los entresijos de la materia y a otros, conocer los estigmas y carencias de los interlocutores.

Como tengo opinión propia sobre el aborto, me voy a centrar, si me lo permitís, en opinar sobre los argumentos de los interlocutores, lo que, a buen seguro os dará luz sobre mi propia opinión en la materia.

El motivo que impide hablar del aborto con cierta perspectiva es el trasfondo político que, erróneamente, sigue habiendo detrás de las opiniones que se vierten al respecto. De este modo, parece que ser pro abortista es muy “progre” y ser pro vida es de “fachas”.

Nada más lejos de la realidad, amigos. Simplemente es una cuestión de valores, de prioridades, de responsabilidad. No voy a dar nombres, pero conozco gente que jamás votaría a la derecha y que jamás decidiría prescindir de su hijo si le dijeran que va a nacer con síndrome de Down. Lo que es más difícil de encontrar es gente de derechas que diga que sí lo haría (lo cual no significa que luego no lo haga, ojo). No hace falta retrotraerse mucho en el tiempo para revivir las excursiones casi semanales de tantas jovencitas y menos jovencitas de “ilustres familias” de la época al Reino Unido para esconder o eliminar –en su concepto pretendidamente aristocrático de la vida- la deshonra de un hijo nacido al margen de los cauces formales establecidos por la sociedad. Alguien preconiza que, con las nuevas reformas, volveremos a aquella situación. Bendita dificultad si, con ello, salvamos la vida de una mayoría de no nacidos.

Dicho trasfondo político solo lo deja atrás el que puede hablar desde su propia experiencia, ya que al final, no se trata de ser de izquierdas o de derechas, sino de darse cuenta de que la vida es cuestión de prioridades.

He leído opiniones de grandes “eminencias” en el mundo de la sanidad que abogan por la permisividad del mal llamado aborto terapéutico (aborto inducido justificado por razones médicas).  Y me he preguntado: ¿Terapéutico para quién? ¿Para los padres que, víctimas de su propio egoísmo, optan por acabar con el “sufrimiento” propio, justificándolo en el de su hijo, aun a riesgo de cargar con ese pesar el resto de sus vidas? No sé que adjetivo califica mejor este comportamiento, inteligente o valiente…

También he leído opiniones de padres de niños enfermos que optaron por seguir adelante y el tiempo les ha permitido hacer felices a sus hijos durante los dos, diez o veinte años que han vivido, lo que les ha proporcionado una felicidad y una paz interior que ni tiene el médico que practica los abortos con la tranquilidad moral de quien opera de apendicitis, ni mucho menos los progenitores, que no padres, que banalizan nada menos que la vida humana.

Apartemos ya ese discurso del trauma sin precedentes sufrido por quien opta a eliminar la vida de su hijo. No es así siempre ni en todos los casos. Hemos oído declaraciones que comparan una interrupción del embarazo con una intervención quirúrgica más. Nuestra sociedad, reconozcámoslo, ha creado ya este tipo de monstruos capaces de mantenerse imperturbables ante pecados (no ya religiosos, que también, sino éticos) de tal magnitud.

Alguno de los interlocutores más reconocidos pone el grito en el cielo preguntándose quiénes somos para prolongar el sufrimiento de otra persona pudiendo matarla. Sin embargo no se preguntan quiénes somos para quitarle la vida sin preguntarle si prefiere luchar por ella.

¿Acaso es moralmente lícito quitar la vida a alguien para evitarle un supuesto sufrimiento futuro sin conocer antes su opinión sobre su propia existencia? Yo, si queréis saber mi opinión, lo encuentro reprobable, por no decir genocida. Este razonamiento Hitleriano justificaría que matásemos a todos los niños que pasasen hambre en el mundo, total, dentro de poco morirán de hambre, por lo que cuanto menos les prolonguemos la agonía, mejor.

Tras la lectura de diversas opiniones encontradas, me pregunto cuántos padres de niños enfermos que optaron por seguir adelante, en lo que a priori podría parecer un perjuicio a su propio bienestar, se han arrepentido de ello. No creo que haya ninguno. O acaso alguien conoce a un padre que se haya arrepentido de haber visto nacer a sus hijos…

Seguidamente, me pregunto cuántos padres frustrados se han arrepentido de haber optado por vivir una vida que creían sería más fácil sin el amor de sus hijos enfermos. Como no quiero generalizar, apostaré que más de uno.

Yo le preguntaría a todas esas mentes privilegiadas en cuyas manos y cerebro está la salud de nuestros hijos ¿Qué diferencia hay entre matar a un nasciturus enfermo y a un adulto enfermo, deprimido o que sufre? Yo considero que la única diferencia es que en el segundo caso al menos podemos preguntarle antes si quiere que le matemos.

He llegado a leer, incluso, y no de cualquier analfabeto (aunque bien podría pasar por uno de ellos) sino de una de las mayores autoridades de neurocirugía de nuestro país, decir que esta reforma de la Ley del aborto va a suponer un incremento de la tasa de enfermos nacidos en nuestro país que nos va a relegar a la cola del primer mundo en la materia y que su tratamiento paliativo va a suponer unos elevados costes que no nos podemos permitir, razón por la que deberíamos evitar llevarla a cabo, es decir, deberíamos procurar matarles cuanto antes. Por el amor de Dios, se me revuelve el estómago solo de pensar en los argumentos de quien presume haber visto el sufrimiento de miles de niños enfermos y tener su opinión formada en base a ello.

Vamos a ver, ídolo caído, ¿acaso a alguno de los niños a los que has “tratado” les has preguntado si hubieran preferido no haber nacido? Suerte que ya estés jubilado porque si no igual el empeoramiento de las tasas de nacidos sanos te iba a procurar un sufrimiento de tal magnitud que seguramente se te haría la vida tan insoportable como en tu opinión se le hace a quienes acogen cuidan y acompañan a sus hijos con problemas. ¿O acaso, por el contrario, conservas todavía la vocación y el compromiso por aliviar y contribuir a mejorar la calidad de vida de todos? Uno piensa que en eso consiste ser médico y no en eliminar el problema sin combatirlo.

Si nuestros médicos solo se preocupan por las estadísticas y nos invitan al aborto a la menor anomalía que se nos presente, estamos en una sociedad en la que solo importan las banalidades, los números, el dinero y la fama. Me niego a pensar que haya gente que piense como este “señor”. Me niego a compartir sociedad con gente de tal catadura moral porque me dan miedo. Una sociedad que no valora más que el éxito, el prestigio, la buena imagen, el atractivo físico, el poder y el dinero es  la mejor representación de esa cultura del escaparate, de lo epidérmico, del “tanto tienes tanto vales”. Antes se llamaba cultura light lo que ahora yo llamaría cultura vacía, o peor aún, cultura “llena de vacío”.

¿Tú de qué lado estás? Eres de los que renunciarían a su propia vida por aportar felicidad a la de sus hijos? ¿O de los que se la quitarían prematuramente en defensa de su propia “felicidad”?

Desde luego, de lo que no hay duda es que en el pecado llevamos la penitencia. Que Dios nos perdone.

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