Coincidiendo con la exhalación del último aliento del día de la “orgía” nacionalista en los territorios históricos de nuestra (para algunos todavía) “amada” España, voy a tocar un tema que no poca polémica genera en nuestro país (para que no haya dudas, las referencias a país se deben entender hacia el Reino de España, ya que para referirnos a Cataluña, siguiendo los dictados de nuestra Norma Suprema y hasta que ésta no se modifique debidamente por intereses políticos o económicos que nada tendrán que ver con la defensa de la cultura y de las raíces de quienes demandan ansiosamente el cambio, utilizaremos el término Comunidad Autónoma o, en su defecto, territorio histórico, por imperativo legal).

España puede parecer muchas cosas, una realidad plurinacional, un ente opresor que no permite a los pueblos ejercer su derecho de autodeterminación, quizá el enemigo. Pero lo que es seguro es que esa distorsión de la realidad que se ha enseñado deliberadamente en los Colegios y Universidades de Cataluña es el motivo por el que durante tantos años estos territorios han estado disfrazando su desastrosa gestión con el apoyo de papá Estado (muchos dirán que “y viceversa”), cumpliendo la máxima inspirada en el Arte de la Guerra por la cual “si no puedes con tu enemigo, únete a él”.

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Este matrimonio de conveniencia que es la realidad autonómica, que tiene por causa de nulidad radical la ansiada libertad de sus territorios históricos, está abocado al fracaso, como todos los matrimonios en los que al amor –por parte de alguno de los cónyuges-, ni se le ha visto, ni se le espera.

En un día como hoy, en el que los periódicos vienen inundados de banderas autonómicas (cuando no anticonstitucionales), deberíamos pensar no tanto en las incuestionables ganas, de millones de propios y extraños, de que el divorcio se produzca lo antes posible [paradojas de la vida, en Cataluña el régimen económico matrimonial que se (im)pone por defecto es el de separación de bienes, cuestión ésta que no dejan de repetir aquellos que pretenden que se les devuelva lo que no sé conforme a qué derecho hacen suyo (para saber de lo que hablo es suficiente con darse un paseo por la Calle del Expolio, antigua Calle Gibraltar, de Salamanca], sino que deberían analizarse, aunque fuera sucintamente, las consecuencias del divorcio que pretenden.

Cataluña a día de hoy es una Comunidad Autónoma de gran desarrollo industrial y con una riqueza cultural fuera de toda duda que forma parte y engrandece al país en el que lamentablemente (para algunos) se encuentra.

Sin embargo, Cataluña, en el momento de independizarse, se convertirá (ojo, esto no es una opinión, es un hecho jurídica y políticamente incontestable) en un territorio, que no un Estado, ni Nación, ni País, de pocos millones de personas con una lengua que no habla nadie más en todo el mundo, cuya existencia dependerá del reconocimiento internacional (¿recordáis a Kosovo o al Sahara occidental?, pues cuando las barbas de tu vecino veas pelar…).

Una vez obtenga el reconocimiento de la comunidad internacional y pueda ser llamado Estado independiente, para lo cual pueden pasar años, tendrá que solicitar la entrada en la UE, no sin antes aceptar el acervo comunitario y cumplir con los criterios de adhesión de Copenhague, debiendo ponerse a la cola y esperar a que la UE se pronuncie sobre el destino de, entre otros Estados, Turquía, o los Balcanes occidentales (Macedonia, Bosnia – Herzegovina, Albania, Serbia y Montenegro), que llevan años siendo “candidatos”; para finalmente esperar a que por unanimidad, los Estados miembros (27 a día de hoy) se pronuncien en sentido positivo sobre la entrada del nuevo candidato. La unanimidad, para los legos, significa que un solo voto en contra (que bien puede ser el de España, si las cosas no se hacen como se debiera), te hunde en el mediterráneo.

Por lo tanto, la primera consecuencia de la independencia de Cataluña sería su expulsión inmediata de la Unión Europea, ya que no hay ninguna base legal para que la Unión reconozca automáticamente el nacimiento de un Estado miembro fruto de una secesión (insisto, no es una opinión, es un hecho).

Otro de los efectos inmediatos e inexorables de la salida de Cataluña de la Unión Europea sería la pérdida de las ayudas comunitarias actuales (no contamos aquí los casi nueve mil millones de euros recibidos por Cataluña de la UE, gracias a que formaban parte de España, entre los años 1986 y 2006, procedentes de fondos estructurales y de cohesión).

La salida de la Unión Europea también supondría la salida del euro. Inexorablemente Cataluña se vería obligada a acuñar una moneda propia, ya que le sería imposible fabricar euros ni, por supuesto, volver a la peseta, por cuanto un estado no puede poner en curso legal una moneda de otro Estado. Y aquí es donde se acrecentarían los problemas, pues esa moneda de nueva creación en la que bien podría salir la cara de Lionel Messi, no tendría ningún valor en los mercados de divisas y experimentaría una progresiva devaluación hasta valer lo mismo que cualquier piedra que nos encontremos en el camino de subida a Montjuic.

Indudablemente, los mayores perjudicados serían los empresarios catalanes cuyo principal mercado para distribuir y vender sus productos es precisamente España. En lo que respecta a la libre circulación de mercancías, uno de los principales puertos del mediterráneo, como es el de Barcelona, sufriría unos controles y restricciones que lo harían menos apropiado para el transporte internacional de mercancías que el muy cercano y comunitario puerto de Valencia. Estos y otros dislates producirían la fuga de cerebros, de capitales y de empresas que llevaría al amado y próspero territorio histórico a una recesión que le igualaría con países dejados de la mano de Dios. Las exportaciones se encarecerían debido al pago de aranceles y un más que probable boicot a los productos catalanes acabaría de hundir a Cataluña en la quiebra económica (amén de la soledad política antedicha de la que “disfrutaría” desde el minuto uno de su declaración de independencia). Las innumerables pérdidas sumirían al nuevo Estado catalán en la crisis más absoluta. Las multinacionales trasladarían sus plantas de producción a otros países con mercados más amplios, emergentes o permisivos y se destruirían puestos de trabajo de forma exponencial.

En definitiva, las consecuencias de la independencia son, a corto plazo, la pérdida de la condición de miembro de la UE, con la consiguiente pérdida de las libertades comunitarias de que ahora disfrutan las personas físicas y jurídicas catalanas (que en el preciso instante de ser “independientes”, no podrán circular libremente por los Estados miembros, siendo tratados a todos los efectos como ciudadanos de un tercer Estado y eso, cuando hayan sido reconocidos como Estado, ya que antes, muy posiblemente, los catalanes serán considerados apátridas, con el consiguiente problema que esta condición presenta incluso para cruzar a Perpiñán).

Amigos, es evidente que muchos de los que a estas horas enaltecen la independencia en una suerte de impúber sentimiento nacionalista -aun siendo sinceros amantes de una tierra cuyo sentimiento compartimos-,  desconocen las consecuencias de las demandas que con tanta vehemencia como inconsciencia defienden. Sin embargo, me cuesta creer que quienes deban tomar la decisión final, aun a riesgo de no estar legitimados para ello, desconozcan las consecuencias de tal decisión. Pero lo que es evidente es que tener a una multitud exaltada defendiendo un ideal que “comparte” con algunos de sus gobernantes es lo más conveniente para aquellos cuyo éxito profesional depende, no de los ideales que compartan con sus votantes, sino de los que en defensa de dichos votos sean capaces de proyectar. Qué razón tenía Groucho Marx, cuando, supongo que pensando en la clase política decía aquello de: “estos son mis principios, si no te gustan, tengo otros…”

Os adelanto que jamás, oídme bien, jamás se va a independizar Cataluña de España, salvo que cambien las reglas del juego nacional e internacional, momento en el que poco o nada importarán ya los votos a aquellos oportunistas que hoy posan con la senyera conocedores de que lo que pretenden defender es una quimera que en la práctica se antoja imposible, al menos de momento. Y de paso consiguen que no se hable durante una temporada de su despilfarro, mala gestión y verdadero “jolgorio” a cuenta del Estado español. Claro que, en esto último, no serían los únicos….

Por lo pronto, recomendaría a los que ansían tanto la independencia catalana que, para no sufrir tanto las consecuencias de tal aberración, vayan cambiando ese principio tan catalán, como es el que dice que “la pela es la pela” porque ya no sería posible sacar de donde no hay…

Mientras tanto seguiremos brindando con cava catalán todos los españoles al grito de “salut i força al canut i que l’any que ve sigui més gros i més pelut”.

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