A veces la propia vida demanda un cambio, para lo cual primero necesitamos una jornada de reflexión que permita razonar el camino a tomar en adelante.

Tras varios meses de letargo, muchos pensarán que beneficioso y pocos que suficiente, creo haber entendido el sentido que quiero darle a este espacio de reflexión que comparto con quien quiera perder su tiempo en esta hasta ahora esperpéntica ventana que a partir de hoy luce con nuevos visillos de mayor transparencia.

A la vista de este apasionante renacer, me he propuesto dar, por fin, el sentido que pretendía darle inicialmente al blog, sentido que no os voy a explicar, porque sería una opinión meramente subjetiva que dista mucho de mi pretensión de que el sentido no sea más que el que cada uno quiera darle, no ya al blog, sino a su propia existencia.

En mi caso, por deformación profesional, me considero un, desgraciadamente a veces monocular, observador de la sociedad y sus costumbres. Y lo cierto es que no me gusta lo que veo.

No me gusta que en la sociedad de la que me ha tocado formar parte, los miembros  no tengan la valentía para decir, unánimemente, que ya está bien, que ya están hartos, que ya no pueden más. No me gusta, porque no me creo que no tengan la capacidad para organizarse y obtener mayor poder.

Los obsoletos gobernantes, sean del lado que sean, pueden estar tranquilos mientras se cumpla la máxima falsamente atribuida a Julio César “Divide et Vinces”, porque en esta sociedad, salvo excepciones, lo cierto es que nadie mueve un dedo por nadie (con esto no pretendo alentar las opiniones de quienes ayer ayudaron a cruzar a un viejecito a la otra acera o se pusieron una pegatina reivindicativa sobre sus “Haute Couture”, sino que, más bien, estoy hablando de una conciencia social, no confundir con socialista, por favor.)

¿Por qué se suicida el desahuciado en la sociedad de la que formo parte? No solo porque le quitan su casa unos bancos (que siendo co – responsables de esta crisis, paradojas de la vida, siempre han tenido a papá Estado para echarles una mano a tiempo), sino sobre todo porque se sienten incomprendidos por una sociedad cuyos miembros solo son capaces de reflejarse en la piel de quien sufre cuando es a ellos a los que les toca sufrir en sus propias “carnes” (permítaseme la clarificadora vulgaridad).

En una sociedad en la que cualquiera tiene acceso a apropiarse de lo ajeno, el problema no es económico, el paro y los desahucios son solo la consecuencia del origen de la decadencia de esta sociedad, que no puede ser otro, que la crisis de valores de sus miembros, que la falta de conciencia común de sociedad y la falta de conciencia unitaria de miembro de aquélla, que en su condición de tal debe actuar en beneficio de todos.

Puedo aceptar que se eche la culpa a los gobernantes de turno (elegidos, por cierto, por los miembros de esta sociedad) por ser quienes en última instancia toman las decisiones que nos afectan a todos, pero debemos entender que los gobernantes, en regímenes democráticos, por la propia naturaleza del sistema, no son más que el reflejo de la sociedad que les vota en cada momento. Pésimos gobernantes nunca serán elegidos por una sólida sociedad, del mismo modo que nunca llegarán ilustrados gobernantes al poder en una sociedad carente de valores, es un hecho irrefutable para cualquiera que disponga de cierta memoria histórica (no confundir con la del ex Magistrado Garzón, que muy bien no honra a los muertos si se arrejunta, supuestamente, con una “ilustre”, que no ilustrada, viuda de alguien que sí lo fue; pero esa es harina de otro costal y no me quiero manchar, hoy, las manos en ella).

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¿Que los políticos nos mienten? Es un hecho, sobre todo si tenemos en cuenta que es económica y socialmente imposible cumplir todo lo que prometen, pero como esto no todo el mundo tiene porqué saberlo, al menos deberíamos estar en condiciones de evitar que nos mintieran dos veces, para lo cual hace falta una conciencia que no tenemos, de momento.

Para no dejar que nos mientan y que hagan con nosotros lo que quieren, lo primero que tenemos que tener es conciencia de grupo, lo cual es altamente improbable en una sociedad en la que cualquier lego tiene acceso a lo ajeno y, teniendo ese acceso, carece de valores que le permitan luchar contra esa poderosa “Vis Attractiva” que lleva a todo hijo de vecino (y propio, aunque cueste más reconocerlo) a quedarse con cuanto no le pertenece, sin importar a quién se lo está arrebatando y cuánto daño puede reportarle al perjudicado esa circunstancia.

“Yo soy yo y mis circunstancias”, que decía Ortega y Gasset, y ese pensamiento está muy bien y es absolutamente cierto, el problema reside en saber determinar cuáles son las circunstancias de cada uno. Para muchos, entre los que vergonzosamente tengo la desdicha de encontrarme, que al vecino de enfrente le desahucien no les va a suponer problema alguno. Mientras yo tenga trabajo, gente que me quiera alrededor y un techo bajo el que recostar este cuerpo inánime, todo va bien, no hay problema, esta no es mi guerra, yo bastantes problemas tengo con aguantar que el eterno rival vaya a ganar otra vez la Liga este año.

Empatizar no es más que darse cuenta de que mañana podrías ser tú el que necesite del vecino de enfrente, razón por la cual hoy debes ayudarle tú a él (es una cuestión de inteligencia preventiva). Esto no solo pasa con el drama (para algunos) de los desahucios, sino que sucede en todos los órdenes de la vida. Cuántas veces vemos las listas infinitas de fallecidos en nuestras carreteras y pensamos, hay que ver lo mal que conduce la gente, a mí eso no me puede pasar. No hay mayor síntoma de embriaguez antisocial que pensar que estamos exentos de sufrir algo en nuestras carnes por el hecho de que nos creemos poco menos que herederos legítimos del mismísimo Dios. Nada más lejos de la realidad, amigos. Hijos puede, pero herederos, no sé muy bien de qué y con qué derecho.

Hablando de herencias, hoy mismo he leído en la prensa que ha venido al mundo un nieto de Amancio Ortega, gran patriota, gran luchador y miembro ilustre de esta sociedad.  Se antoja complicado que el neonato vaya a sufrir a lo largo de su vida desahucio alguno, pero eso no le da derecho a estar al margen de los problemas y sufrimientos de la sociedad de la que forma parte. No todos los capaces de empatizar con el que sufre tienen que ser pobres (en lo material, ya que posiblemente sean ricos de espíritu), por cuanto eso no tiene mérito alguno, ya que lo fácil es estar con el que sufre cuando tú también lo sufres, sin embargo, lo verdaderamente meritorio es empatizar con el que sufre cuando tú estás en el mejor momento de tu vida, porque ahí es donde se demuestran los verdaderos valores de una sociedad.

Esta sociedad demanda a gritos un cambio, cambio que tiene que empezar irremediablemente por nosotros mismos. Cambio que pasa por pensar como sociedad y no como egoístas individuos con cada vez más reducidas circunstancias.

Dicho esto, solo me queda alentar a que el cambio se produzca cuanto antes y pedir perdón por haber participado activamente en la desintegración de esta malherida sociedad.

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