Once metros es la distancia que separa el punto de penalti de la línea de gol, pero también es la distancia que en ocasiones separa el todo de la nada, la tranquilidad del caos, la esperanza de la insoportable realidad y, a veces, la vida de la muerte.

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Vivir o morir, una abismal diferencia que en ocasiones es solo cuestión de metros, de segundos.

Esa maldita variable espacio-temporal que nos absuelve o condena de la mano del azar en un parpadeo.

Quizá todavía alguien piense que somos dueños de nuestro destino.

Esta reflexión, desde luego, podría dar comienzo a una extensa tesis doctoral, pero hasta la fecha ni tengo tiempo para ser doctor ni derecho a ser tratado con tales honores. Por ello no me detendré en exceso sobre este asunto del destino. Solamente pondré de manifiesto mi sentir respecto a que a veces la vida se encarga de mandarnos señales inequívocas conducentes a que tomemos conciencia de que, de la noche a la mañana, con independencia de nuestra pendular voluntad, todo puede cambiar en un segundo sin que podamos hacer nada por evitarlo y a partir de entonces nada vuelve a ser igual. Hoy es uno de esos días en los que para mucha gente nada volverá a ser igual y para algunos ni siquiera algo volverá a ser.

Todos los días la gente muere. Columnas, videos y fotografías inundan nuestros medios de comunicación con gente inocente que sufre cada día sin justa causa. Sin embargo, lo que los periódicos no aciertan a ver es que hay gente que muere por el solo hecho de estar en el momento y lugar equivocado.

¿Destino? ¿Casualidad? ¿Suerte? ¡Qué más da…! el resultado y las posibles soluciones son las mismas. Nada.

Lo que todas estas personas tienen en común es que ninguna de ellas habría querido estar allí si hubieran sabido lo que les esperaba, lo que prueba el hecho de que no tenemos libertad ni somos dueños de elegir nuestro propio destino, pero supongo que eso, a estas alturas, ya lo sabe todo el mundo.

Cuando sucede un acontecimiento como el que se ha vivido en Boston este pasado lunes, lo primero que se pregunta la gente es quién ha sido. Mientras tanto, en un acto antinatural e inhumano, los padres entierran a sus hijos, los médicos de paz amputan miembros de infinidad de precozmente retirados deportistas y los cuerpos de seguridad se preocupan por encontrar al responsable de tal atrocidad.

Me parece bien que cuando alguna barbarie así sucede, cada cuál cumpla su función: los médicos curen, los policías investiguen y los familiares lloren, pero siempre me pregunto ¿qué hace el resto de la sociedad? Algunos lloramos también, pero otros ni eso…

¿Por qué no dejamos de llorar y nos ponemos a pensar? Pensar en el porqué de las cosas.

A la vista de estos sangrantes acontecimientos, a mí lo que más me preocupa no es el quién, sino el porqué. Por qué motivo alguien puede encontrar justificación posible para matar indiscriminadamente a personas inocentes. Por qué motivo puede haber gente con tal fanatismo político o religioso como para despreciar la vida de sus semejantes o incluso enaltecer su muerte.

Lamentablemente no encuentro respuesta, lo cual me asusta aun más.

Si tuviéramos respuestas convincentes sobre el motivo que puede llevar a un desalmado a cometer tales actos de lesa humanidad (en su concepción ética, que no jurídica), al menos tendríamos alguna posibilidad de solucionar el problema, pero lamentablemente no existen respuestas posibles a esas preguntas, por cuanto respuestas podemos recibir, pero no creo que nos convencieran.

Quizá estemos todos locos. Quizá haya demasiada gente en el mundo como para que exista un clima de convivencia pacífica dentro de la evidente diversidad. Quizá haya otros intereses en juego que van más allá de la propia vida de tres pobres víctimas cuyo único error fue estar a menos de once metros de la causa de su muerte.

Evidentemente, matar a personas inocentes en defensa de unos ideales o en nombre de un supuesto Dios, que en el caso de existir, por cierto, reprobaría tal actitud, no es una novedad histórica, sino una constante. Sin embargo, me niego a pensar que este tipo de comportamientos inhumanos que, no olvidemos, los propios americanos también practican cada día con sus teóricos enemigos en defensa, paradojas de la vida, de la paz y de la seguridad, deben formar parte de nuestro día a día con la sola justificación de que aquí, el que más y el que menos, tiene razones para matar a sus semejantes sin ni siquiera conocerles.

Da igual, no importan tampoco las causas. No importan las razones, porque no pueden existir razones suficientemente fuertes.

Lo importante no es conocer las razones, sino sacar conclusiones.

En mi opinión, la primera sería que nada, repito, nada justifica la muerte de un niño, se llame Martin, Mohamed o Sukhwinder, muera en Boston por un atentado terrorista, en Pakistán en una operación “de paz” del ejército americano o en la India de desnutrición.

Si alguien se atreve a argumentarme fundadamente que una vida vale más que otra dependiendo del origen de la víctima, dejando de lado los términos económicos que poco importan en este asunto, estaré encantado de escucharle. Si no, mejor que empiece a entender que el hecho de que los periódicos den más importancia a la muerte de un niño en Estados Unidos que a la de veinte en Somalia no es porque la vida de estos últimos valga menos, sino exclusivamente porque la de aquéllos se parece más a la nuestra, por eso sentimos más empatía con los que sufren en nuestro hemisferio del globo y por eso yo escribo estas líneas en su memoria, no desde luego porque piense que ellos valen más o merecen más respeto o atención por mi parte.

La segunda cuestión importante que debemos extraer de todo esto es que, por unas razones o por otras, no somos dueños de nuestro destino y, no sabemos qué nos deparará el futuro, cuestiones que también invito a que quien se vea con argumentos suficientes me rebata.

Por ello, teniendo en cuenta que no sabemos lo que nos deparará el día de mañana, os invito y casi obligo (ya me lo agradeceréis) a que aprovechéis el día de hoy.

¿Cómo?

Haciendo aquellas cosas que de no hacer hoy, siempre os arrepentiríais de no haber hecho si mañana estuvierais a menos de once metros de vuestro destino.

Yo desde luego tengo claro lo que voy a hacer hoy, ¿y tú?

 

 

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