Decía Santo Tomás de Aquino que Dios escribe recto con renglones torcidos.

Veamos qué hay de cierto en todo esto…

Hoy es Martes, 11 de marzo de 2014. Me he levantado a la hora de siempre. He desayunado lo de siempre y he puesto el telediario de siempre para ver las noticias de siempre, o eso creía yo…

Una oscura imagen remueve un pasado muy presente. Un silencio atronador perturba las legañas del lagrimal. Un recuerdo muy vivo de un atroz despertar. Una mañana crepuscular. El sol se nubla, no quiero hablar. Todo es lo mismo, pero nada igual.

Prosas y versos se han escrito sobre el 11-M. Ríos de tinta y mares de lágrimas por las víctimas y los heridos. Pero, ¿qué hemos aprendido en estos diez años?

A estas alturas de la película, me importa un pimiento quién fue, por qué lo hizo y qué pretendía conseguir.

La vida pone a cada uno en su sitio y aquéllos que aun hoy no duerman bien por las noches lastrados por el insomnio de una mala conciencia deberán responder (espero) en su momento ante los ojos de quien todo lo ve.

Más allá de las teorías que tanto daño han hecho a nuestra gente. Más allá de las mentiras, verdades a medias e invenciones que han cubierto de estiércol la memoria de las víctimas. Más allá de todo cuanto podamos inventar, creer, apostar o desear, más allá de todo lo vivido y lo olvidado, más allá está la respuesta de un pueblo huérfano, la unión, la solidaridad, el amor desinteresado, el amor de verdad.

No sería justo hablar de los madrileños como ejemplo ante la mayor adversidad de nuestra historia reciente. Madrid está acostumbrado a unirse y a vencer, pero no estamos solos.

Hablemos pues de las personas.

Los terribles atentados del 11 de marzo de 2004 (todavía tiemblan mis dedos al escribir esa fecha) trajeron a nuestro país algo maravilloso que parece haberse olvidado.

Trajeron una enseñanza que a algunos no les interesa recordar. Una moraleja olvidada que como si de la última página de la bibliografía de un mal libro se tratara, nadie leyó.

Llevamos ya años hablando de política territorial, de independencias ansiadas, de identidades impuestas, de nacionalismos utópicos, de reproches mutuos, de presiones políticas y, como no, de falta de valores, económicos y morales, se entiende…

¿Qué mayor crisis puede haber que la que tiene como resultado la pérdida de la propia vida?

¿Qué mejor ocasión que los tiempos de crisis para dar a los demás lo mejor de nosotros mismos?

Hoy levanto la vista, veo las imágenes de la gente corriendo hacia los trenes y pienso, en voz alta, que el archiconocido espíritu del 15 – M fue una pantomima que empezó con buenas voluntades y acabó siendo un campamento improvisado de gente con perros desnutridos tocando la flauta al sol.

Por eso yo no apelaré jamás al espíritu del 15-M, sino al espíritu del que no se ha hablado, pero que es más fuerte que ningún otro que hayamos conocido, el del 11-M.

El espíritu del 11-M es aquél por el cual cantidades ingentes de catalanes y vascos acudieron en masa a donar sangre para salvar vidas de madrileños que consideraban sus hermanos.

¿Qué importa la política cuando lo que está en juego es la propia vida?

¿A quién le importa quiénes somos, de dónde venimos, hacia dónde vamos, cómo nos llamamos, a quién votamos o por qué “luchamos” en nuestro día a día, cuando si cerramos los ojos no queda otra cosa que el silencio?

Todos nacemos y morimos solos. Todos necesitamos que alguien nos tienda la mano al nacer y al morir.

El espíritu del 11-M es aquél por el cual las personas no hacen diferencias, sencillamente porque no las hay. El pobre ayuda al rico, el culto al necio, el médico al enfermo, el psicólogo al desvalido y así hasta que no queda nadie necesitado de ayuda.

Todos fuimos uno. Todos remamos en la misma dirección. No importaba el soy, sino el somos. No importaba el quién, sino el por ti.

Hoy ya no importa el ayer ni el mañana, solo el ahora.

Y ahora, como hace diez años, la sociedad demanda a gritos que vuelva a despertar el espíritu del 11-M, para que todos nos demos cuenta de que son más las cosas que nos unen que las que nos separan y que juntos podemos superar cualquier adversidad.

¿Acaso somos idiotas?

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¿Necesitamos otro despertar de conciencias salvaje o sabemos leer entre líneas?

El 11 de marzo de 2004 no solamente se quebró la vida de miles de víctimas, heridos y familiares, también nació el espíritu de millones de ciudadanos anónimos que al menos por un día se tendieron la mano unos a otros sin importar las diferencias.

¿Qué fue de aquél maravilloso infierno?

¿Por qué nos limitamos a recordar lo sufrido y no recordamos lo vivido o lo aprendido?

En los peores momentos es en los que sale lo mejor de cada uno. ¿Significa eso que solo podamos sacar lo mejor de cada uno en los malos momentos?

Pues obviamente no, pero Dios escribe recto con reglones torcidos, no cabe duda, por lo que hay que aprender a leer entre líneas para comprender el sentido que queremos darle a nuestra propia existencia.

No seas necio ni cobarde, ¡¡aprende a leer!!

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