Solo una manzana entre mi casa y el final,

no hay más de un minuto yendo a paso militar,

el último paseo que los valientes dan,

el triste abandono de una casa sin guardián.

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Ayer tuve que vivir un momento tan esperado como temido que hoy comparto con todos vosotros.

Hace cinco días que sabía que este momento llegaría. Miento, hace ya casi un año que lo intuía, pero hace solo cinco días que sabía que ese momento tenía que ser justo el 24 de junio, un día importante para mi familia en el que se conmemoran muchos momentos de felicidad.

Qué paradoja!!

Todo estaba planeado, no había vuelta atrás. Correa en mano temblorosa, llevé con paso renqueante a mi fiel amigo a su esperado futuro.

En esa milla verde, corta en distancia pero larga en el tiempo, ese angosto camino sin retorno, evitando parecer vulnerable, escondes las consecuencias de la decisión tomada que brotan incesantes de tus lagrimales inundando tus mejillas.

Dudas. Te auto convences. Él lo sabe, sabe dónde va y para qué, aunque tú no lo creas.

Pero tú sigues dudando hasta que tu inconsciente hace sonar el timbre de las oficinas del verdugo.

En ese momento tu fiel amigo te mira entre el perdón y el agradecimiento y continúa sus pasos, firmes antaño, hacia su destino.

Parece increíble, pero ya no queda nada de aquél temor que el amigo sentía tiempo atrás en las ya olvidadas visitas a su hoy verdugo.

¿Acaso soy un egoísta? ¿Un cobarde?

Tal vez… Pero en ese momento surgen las dudas, el miedo a lo inminente, a lo desconocido, al arrepentimiento tardío, al deseado perdón, al abandono, al olvido…

Fue un frio enero de hace ya quince, cuando un impúber entraba deseoso en aquel cuarto en el que se apilaban seis o siete recién nacidos, días antes abandonados a su suerte por un desalmado al que hoy agradezco que me haya permitido conocer y convivir con el pirata.

De todos aquellos indefensos huérfanos había uno que me llamó la atención. Era distinto a los demás. Tenía una mancha morena a modo de parche en el ojo izquierdo que ya hace tiempo cubrieron las canas de la experiencia.

Recuerdo que aquél día, como ayer, casi no sabía caminar, aquél día, como ayer, no subía las escaleras de su hogar por miedo a caerse al bajar, no levantaba la pata al orinar, no sabía y ya ha olvidado lo que era ladrar.

La vida es cíclica, todo lo tenemos que aprender y casi todo se olvida.

Ayer, como aquél día, nuestro amigo temía lo desconocido, pero sabía y confiaba en que lo que estaba por venir era mejor para todos. Y así ha sido, o eso quiero creer yo.

Hoy solo nos queda un sillón vacío que sirvió de cuna y lecho a nuestro amigo.

Pero también un recuerdo de aquél “peluche” al que le teníamos que poner un reloj al dormir para que creyese que escuchaba los latidos del corazón de su madre ausente, aquella mirada penetrante que hoy se hace eterna en una foto en blanco y negro en el salón, el eco de aquél ladrido atronador de los años de juventud que ya hacía tiempo no retumbaba entre las paredes del hogar hoy vacío.

Ya poco queda de aquél musculado amigo que solo sufrió rasguños mientras se fundía con el asfalto dando vueltas de campana tras aquél atropello que hoy es una anécdota vivida en los años de su adolescencia y de la mía. Yo estuve allí aquél día, como estuve ayer con él.

Hoy recuerdo aquellas carreras interminables por el parque, aquellos aspersores atrayentes sobre los que tenía que saltar hasta la extenuación (mía, se entiende), aquellos trozos de chocolate tragados sin masticar, la comunicación no verbal…

Ojalá fuera cierto eso de que todos los perros acaban pareciéndose a sus dueños, o mejor dicho, ojalá sucediese al revés… De ser así, yo sería inteligente, guapo, fuerte, dócil, fiel, leal, cariñoso, protector, perseverante, valiente y buen amigo. Qué más quisiera yo…!!

Ante esta gran ausencia que hoy siento, solo espero que estos años junto a mi amigo y compañero de vida, me hayan servido para ser mejor y para afrontar con valentía y serenidad el futuro.

Gracias Gandi por tanto amor y tanta compañía. Nos vemos pronto, y si no, no pasa nada, porque solamente muere quien es olvidado.

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