Hoy, como todos los días, me he montado en el coche para ir al trabajo y he mirado fugazmente por el retrovisor antes de emprender la marcha.

Sin embargo, hoy, excepcionalmente, lo que dejaba atrás, percibido con deslumbrante nitidez y temerosa incertidumbre, no tenía nada que ver con la inánime acera que se aleja a través del cristal abandonada a su suerte en otro tiempo.

Ese caprichoso espejo retrovisor que tantos secretos guarda, hoy me ha recordado que hace ya un lustro que empezamos a recorrer juntos este camino.

Un camino cuya meta conocíamos. Un camino del que no sabíamos cuándo íbamos a terminar de recorrer, ni en qué condiciones llegaríamos.

En este camino no importa tanto lo que tardes en llegar a la meta como las condiciones en las que llegues y eso solo depende de lo que te hayas preparado para afrontar las adversidades durante la larga y muchas veces angosta travesía. Sé fuerte un día más.

Aunque algunos pueden pensar que esta interminable cuesta arriba la hemos recorrido juntos, no es cierto, justo, ni apropiado contar en primera persona del plural una historia en la que solamente hay un héroe, un protagonista absoluto que hace que el resto de personajes seamos meros figurantes de una heroicidad ajena, aunque muy muy cercana que hoy y siempre merece, como mínimo, todo el reconocimiento y el agradecimiento que uno sepa expresar con palabras. Gracias por tanto!!

Como ya os podréis imaginar algunos, nuestro héroe “anónimo” tiene nombre de mujer.

Back Camera

Suena el despertador, son las ocho de la mañana del miércoles 3 de septiembre de 2014. Día tranquilo para algunos. Día cualquiera para otros… pobres de espíritu…

Para nosotros falta un día para llegar a la meta. Por eso ahora solo queda ajustar los últimos flecos de un esfuerzo constante que ya hoy ha dado sus frutos, aunque a veces no lo crea así.

Hoy dice no recordar nada, es normal. Mañana todo brotará de nuevo aunque lo sienta olvidado. Lo que creía perdido en el abismo de un programa interminable de pronto surgirá para alumbrar su firme caminar hacia la meta.

A esta distancia del final es evidente que lo que nuestra heroína ha recorrido le ha proporcionado un bagaje indiscutible e impagable, solamente equiparable al esfuerzo que ha tenido que hacer para conseguirlo. Gracias y enhorabuena por tanto.

Por eso estoy tranquilo, por eso no tengo miedo a un supuesto fracaso que no sería tal, porque no existe el fracaso cuando uno ha hecho lo imposible para llegar al éxito. En el paso diligente a lo largo del camino reside el éxito y éste ya se ha recorrido con grandeza.

No han sido pocos los días en los que no estaba conmigo a la hora de cenar. Tiempo, tiempo y más tiempo dedicado a una ilusión, tiempo compartido con un camino del que, lo creáis o no, he llegado a sentir celos.

Lo más valioso de la vida es el tiempo, porque es lo único que no se recupera, que no se compra con dinero y del que no se conoce hasta dónde nos lleva. Por eso solo debe existir el ahora, el día a día.

La única realidad del tiempo es que todo llega y lo maravilloso que nos ofrece es la posibilidad de, echando la vista atrás, darnos cuenta de que hemos sido siempre felices durante todo este camino. En mi caso no ha sido tan difícil, gracias a ella.

Sin embargo, mentiría si dijera que no la he echado de menos, si dijera que no he necesitado verla más de lo que el valiente camino escogido nos ha permitido (siempre era cuestión de tiempo), pero no solamente no puedo echarle en cara nada de lo no vivido, sino que tengo que agradecerle que haya mostrado la entereza que a mí me ha faltado para saber renunciar a aquellas cosas que hoy no añoro porque me invade la inmensa tranquilidad de haber hecho lo que era mejor para ella, o lo que es lo mismo, lo que era y es mejor para mí.

A un día de la meta, no deja de sorprenderme la enorme y casi inhumana entereza con la que ha recorrido el camino, sin titubeos, sin vacilaciones, con la precisión de un reloj suizo, con la fuerza de un ciclista en el puerto de mayor pendiente que se haya conocido, pero sobre todo, con la madurez de enfrentarse con el final de un camino al que nunca se está lo suficientemente preparado para llegar sin temor, ese maldito final incierto del que solo espero que sepa hacer justicia a todo lo vivido, a lo sufrido y, qué demonios, a lo estudiado.

Y si la meta no hace justicia a la constancia demostrada durante el camino, al esfuerzo, a la soledad de un agosto de tez pálida alumbrada por el calor de un flexo amigo, no pasa nada, no tengo miedo, porque pase lo que pase nuestra heroína ha demostrado cómo se deben hacer las cosas, ha sido un profeta para todos los que nos levantamos cada mañana con un objetivo menos ambicioso y no tenemos fuerzas para seguir luchando por conseguirlo.

Por cosas como estas es por las que no me tiembla el pulso al escribir que nuestra heroína es la persona más fascinante, fuerte y maravillosa que, gracias eternas a Dios, he conocido en mi vida.

Por cosas como estas afronto cada mañana frente al espejo acusador, con incredulidad, sorpresa y agradecimiento, a quien sea menester, por la enorme dicha de poder estar a su lado un día más… y que así sea eternamente.

Por todo esto y mucho más hoy quiero públicamente darle las gracias por tanto esfuerzo, tanta constancia, tanta entrega, tanto sacrificio y, en resumidas cuentas, tanto amor superlativo e inmerecido que con su actitud y esfuerzo, me ha regalado cada día. Pero también quiero dejar absolutamente claro que estoy tan orgulloso de ella que lo que pase a partir de hoy me importa un comino.

Eso hace que no me preocupe lo más mínimo por el momento de llegar a la meta, porque la felicidad no la garantiza un puesto de trabajo, porque la felicidad no depende de lo que suceda en un solo día de tu vida aunque te estés preparando para ese día durante cinco años, por muy bueno o malo que pueda parecer en ese preciso instante lo que suceda al final. Nadie puede exigirte ni exigirse más de lo que tú has dado.

La felicidad no la garantiza nada ni nadie, pero me atrevo a decir que depende en gran medida de poder tener la satisfacción del deber cumplido y la tranquilidad de saber que pase lo que pase nos tenemos el uno al otro, que es lo único que nos debe ocupar y preocupar si queremos ser tan felices como hasta ahora lo hemos sido a pesar de las limitaciones y continuas piedras de este camino que por suerte ya toca a su fin.

Por eso, solo me queda darte, ahora sí, con nombres y apellidos, a ti, Marta Chavarría, las gracias por tanto y, simplemente, desear que pase lo que tenga que pasar para que tú seas feliz, que es lo único que me importa, aunque ello implique no conseguir aquello por lo que tanto has luchado.

Te pido disculpas por la vergüenza que con este escrito te haya podido hacer pasar, pero ésta es la mejor forma que tengo de expresar lo que pienso y lo que siento.

Que seas feliz.

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