IT’S NOW OR NEVER…

¿Alguna vez os habéis preguntado la razón por la que se dice que la época más feliz de la vida es la niñez?

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Muchos piensan que la causa reside en la inexistencia de obligaciones, de preocupaciones, de cargas y, en definitiva, en la total ausencia de responsabilidades, que nos permite disfrutar en todo momento del placer de hacer lo que más apetece, lo cual no es del todo cierto.

El recién nacido no tiene otra obligación que luchar por su propia supervivencia, que no es poca tarea, si bien no es consciente de lo que supone vivir, por lo que su “ocupación”, que no preocupación, es comer y dormir. Paradójicamente ésta es la misma ocupación que tenía el ser humano en épocas, para algunos, ya olvidadas de la evolución, épocas en las que, curiosamente, si bien existían más ocupaciones, sin embargo eran más libres de preocupaciones.

Para no caer en la quimera que para un servidor (cuya capacidad y conocimiento empírico queda lejísimos del de los grandes pensadores), supondría pretender probar la existencia de una inigualable felicidad fetal o neonatal, me vais a permitir que deje transcurrir unos pocos años en nuestras vidas para demostrar la teoría que me ronda el pensamiento.

Muy posiblemente muchos de nosotros, cuando no todos, tengamos recuerdos de nuestro primer día de clase mientras, a la edad de seis años, subíamos temblorosos las “enormes” escaleras que nos conducían al aula de 1º-A. Las ojeras cubrían nuestro impúber rostro dejando entrever nuestras trascendentes preocupaciones.

En mi caso la culpa del insomnio la tuvo el intentar infructuosamente averiguar quién sería mi tutor/a, cuáles de mis amigos de preescolar se habrían ido a otro colegio y, ante todo y sobre todo, quiénes y cómo serían los nuevos pupilos…

Todas estas cuestiones tendrían pronta respuesta segundos después de abordar enérgicos el último escalón de la grandiosa escalinata de la Basílica de San Francisco de Borja.

Cierto es que cada cual tendría en ese momento sus propias preocupaciones (no creo que muy distintas a las mías), pero desde luego, lo que, sin ningún atisbo de duda, me atrevería a apostar es que nadie pensaba o a nadie le preocupaba lo que iba a pasar el segundo día de clase. No digo ya que nadie pensara si en los próximos treinta años sería licenciado, casado, futbolista o, de “profesión” rico. De todo eso ya habría tiempo para preocuparse más adelante con la llegada de la madurez de la persona y consiguiente inmadurez del ser. ¡¡Craso error!!

En la niñez ya somos acreedores de obligaciones, aceptaré que nada tienen que ver con las de nuestros padres, aunque muy posiblemente la única diferencia que exista respecto a las obligaciones de nuestros padres sea la manera de afrontarlas, dependiendo exclusivamente de la época de nuestra vida en la que tengamos que lidiar con ellas.

Esta primera imberbe época de lucidez mental y de consecuente felicidad entra en coma a los 12 ó 13 años, cuando súbitamente, dejándonos seducir por el mal común de pensar en el futuro, empezamos a caer en la cuenta de que nuestra existencia es poco menos que repugnante y sucumbimos a la idea de cuán felices seremos cuando tengamos el bachillerato aprobado y en la universidad no hagamos otra cosa que jugar al mus, beber cerveza y, lo más importante, conocer a cuantas más chicas mejor.

Tras un parpadeo te plantas en los veinte y te das cuenta de que, contrariamente a lo que vislumbrabas con deseo a los 13 años, las preocupaciones ahora son otras. En tu universidad (Pontificia), las timbas de mus están más que prohibidas, el alcohol es como las meigas, y las chicas, qué decir de ellas. Había cientos, miles, pero tú estabas enamorado de una que no te hacía caso, por lo que las otras 999 te importaban un pimiento. Tus preocupaciones eran otras. Emparejarte, licenciarte, encontrar trabajo (esta preocupación la ha traído la crisis, antes no existía como tal) casarte y formar una familia. Y todas esas preocupaciones las tenías en mente porque pensabas que cuando los consiguieras serías mucho más feliz (igual que a los trece, pero sin embargo sigues sin darte cuenta de que a los veinte no se cumplieron tus expectativas, ¡¡idiota!! ¿Qué te hace pensar que esta vez será diferente?

Cuando llegas a los cuarenta y ya has formado tu tantas veces deseada “familia feliz”, surgen nuevas preocupaciones que te hacen estar continuamente pensando en que el futuro siempre traerá mayor dicha a tu vida, cuando, amigos, seamos conscientes, a partir de los cuarenta, al menos físicamente, cualquier tiempo pasado fue mejor. En las preocupaciones que surgen a los 40 no voy a meterme porque mi edad me impide haberlas vivido y mi convicción moral me permite evitar pensar en ellas.

Sigue el curso del río y de repente te encuentras a las puertas de la desembocadura, con un puñado de arrugas que hablan de tu vida y te preguntas mirándote al espejo si has vivido, si has sido feliz.

A mis 26 años, me he propuesto ser feliz y para ello no tengo otra fórmula que esforzarme en cumplir mis expectativas diarias.

Hoy es un día importante en mi vida, ¿sabéis por qué? Porque es el día que me toca vivir. Tengo grandes esperanzas puestas en el día de hoy. Pretendo hacer mi trabajo lo mejor posible, ir a comer a casa de mis abuelos, nadar un poco y cenar con mi madre antes de ver alguna serie de interés e irme a acostar hasta el día siguiente, que también será un gran día, no sin antes hablar por teléfono con mi novia a la que ya habré llamado otras veces a lo largo del día. Sé que mis aspiraciones para ser feliz son altas, pero creo que puedo acabar el día habiendo sido feliz. Es más, creo que de cumplir con mis aspiraciones nunca habré sido tan feliz como hoy.

¿Qué esperáis vosotros del día de hoy? ¿De qué depende la manera de afrontar vuestras responsabilidades?  O, dicho de otro modo, ¿qué hace que afrontemos los problemas de una manera a los seis años y de otra bien distinta y, si se me permite, infinitamente menos inteligente, a los cuarenta?

Todo se debe a que nuestra “infelicidad” adulta reside en la facilidad para dejarnos arrastrar por los recuerdos del pasado y embriagar por el elixir de un anhelado mejor futuro que nunca ha de llegar.

¿Tan difícil es darse cuenta de que el futuro nunca muere y el pasado nunca va a resucitar?

La felicidad reside en el presente, porque el presente es lo único que existe, lo único que importa y lo único que podemos cambiar. El presente, en consecuencia, es lo único que nos debe preocupar y ocupar.

Ojala fuera depositario del elixir de la felicidad eterna, pero desde luego éste jugo que hoy comparto con vosotros es el que os va a permitir ser felices el día de hoy.

Hoy es el primer día del resto de vuestra vida. Suerte!!

La Criminología y la verdad del criminólogo

Nuestro loro falaz está abierto, como es sabido, a cualquier colaboración que contribuya a aumentar el conocimiento o a aportar opinión sobre cualquier cuestión.

En esta ocasión, Mario Muñoz, un futuro “criminólogo”, además de ahijado de quien suscribe, nos hace llegar su opinión sobre la disciplina que le ocupa apuntando, por cierto, muy buenas maneras…

Por eso queremos compartir sus reflexiones con nuestro seguidores.

Criminología, ¿Qué suscita ésta palabra a nuestros sentidos? ¿Qué entendemos por criminología? Quizás para la inmensa mayoría suponga un desfigurado entorno, algo bizarro, desconocido; iluminado por halógenos ultravioleta. Una morbosa y atractiva visión de la muerte, donde no sabríamos trazar la línea que separa la ciencia ficción de la realidad. Una distorsionada visión comercial de la criminología real donde Tánatos, en un alarde de erotismo, seduce nuestros sentidos y despierta nuestra fascinación por monstruosos perfiles psicopáticos, asesinos en serie y seres grotescos construidos a partir de las mentes de sagaces guionistas y productores quienes ponzoñan las mentes de la gente. Ésta es la imagen popular de la Criminología que desde los años noventa se nos ha inculcado mediante elaboradas series de televisión, películas y libros.

Las modas, los medios de comunicación, las alarmas sociales actuales y los excelentes profesionales del mundo del marketing se han encargado de proyectar sobre la esponjosa sociedad una imagen del criminólogo que se aleja, cada vez más, a pasos agigantados de la realidad. Existe una cantidad ingente de material que trata de acercar esta ciencia a la gente, de un modo que hacen creer al televidente que lo que ven es verídico y real, llegando en ocasiones a incluso persuadir al espectador de que dispone de ciertos conocimientos o posee determinadas habilidades propias de un criminólogo solo por ser un consagrado seguidor de esta ciencia en cualquiera de los soportes en que se le ofrece. En estas construcciones, se nos muestran personajes enérgicamente carismáticos capaces de realizar tareas de investigación, recogida de pruebas e indicios, detenciones, interrogatorios, labores realizadas en la científica entre tecnológicos entornos y alquimias excesivamente reduccionistas, resolviendo la totalidad de sus casos…

Seamos críticos señores. ¿Alguien se ha tomado la molestia de pensar que esto resultaría inviable en la vida real? ¿Alguien conoce las estadísticas reales del porcentaje de resolución de los delitos? ¿Se conoce en la calle la famosa “cifra negra”? La criminología es real, y es compleja… No podemos creer que la figura del criminólogo es la que proyectan tipos llamados Horatio Caine, Gilbert Grissom o Tomas Sóller. La criminología la hacen nombres como Cesare Lombroso, Rafael Garófalo, Émile Durkheim, Franz Von Liszt, Antonio García-Pablos de Molina, César Herrero Herrero… y la lista continúa. Si bien es cierto que la anteriormente citada atractiva visión que ofrecen los medios acerca de la criminología y la figura del criminólogo puede llegar a resultar tremendamente seductora, como estudiante de criminología debo alzar la voz enérgicamente y arrojar luz sobre el asunto:

Entiendo que no es una representación adecuada de lo que es la Criminología, respetando la existencia de esta visión comercial, la cual no pretendo que desaparezca. Pero creo que debe de conocerse también la realidad que acontece, y en base a esta convicción deseo trasmitir la imagen que poseo de la criminología, la cual he heredado de ilustres docentes tales como Rafaél Fontán Tirado (Profesor de Derecho penal y Criminología en la UEM. Abogado penalista), Jorge Ramiro Pérez Suárez (Criminólogo y abogado colegiado por el ICAM y por la Law Society of Scotland) o el excelentísimo Sr. D. José Manuel Maza (Magistrado del Tribunal Supremo).

Así pues, entiendo la Criminología como una ciencia empírica y formidablemente multi-disciplinar, orientada al estudio del fenómeno criminal el cual, citando textualmente al célebre César Herrero Herrero del que me enorgullezco de haber sido alumno, se trata de un objeto de estudio poliédrico cuyas aristas son el delincuente, el delito, la víctima y el control social. El delito, y más en concreto determinados hechos antijurídicos de gran peso y revuelo social, no suponen el único objeto de estudio de esta ciencia, sino todos las posibles fenómenos que el acto criminal (o meramente desviado) ocurren en el propio autor, en sus victimas y, por supuesto, en la sociedad como grupo. Esta compleja y altruista tarea conlleva una síntesis de infinidad de teorías y conocimientos que involucran a ciencias tan dispares como la Antropología, el Derecho, la Sociología así como la Psicología, la Psiquiatría, la Medicina legal y Forense, etc. La clara configuración inter-multi-disciplinar, y perdón por el vocablo, la lleva, incluso en ocasiones, a ponerse en contacto con las Ciencias Políticas y el Urbanismo, orientándose así la Criminología en su vertiente más preventivo-situacional.

Cómo desmentir entonces que la Criminología es una ciencia que estudia de manera rigurosa y sistemática al hombre y la sociedad en su faceta más oscura y siniestra, comportándose como un objetivo Demiurgo, el cual ni juzga, ni etiqueta. En la Criminología no existen Quimeras ni Belerofontes, ni hay criaturas monstruosas configuradas siguiendo fielmente manuales acerca de las psicopatías. En la criminología empírica no hay lugar para seres de insultante vanidad. La criminología es puramente humana y humanista, y en ella solamente está el hombre en su más ardiente y plausible manifestación.

No dedicaré palabras a manifestar la importancia de la criminología, y menos en los tiempos que corren, puesto que la evidencia de la misma es innegable. La criminología debe de ser la hermana del Derecho Penal, actuando como balanza y aportando un enfoque científico, una política criminal que se adecue, conforme a la situación historico-cultural, a la realidad. Que busque la prevención y reducción del crimen. Que trate de mantener el delito en unos niveles tolerables y aceptables para el desarrollo de la actividad social, puesto que su erradicación supondría una utopía autoritaria que distaría pársecs de un estado democrático de derecho. Que busque una realidad penal equilibrada entre prevención y retribución, tratando de reinsertar al delincuente, no condenarlo de por vida a un encierro contraproducente y potencialmente criminalizador. Coherente con las víctimas, consciente del entorno; objetiva y que no se deje influir por el alarmismo social y las políticas demagógicas a las que estamos acostumbrados.

Éste, y no otro, es el trabajo de la Criminología. Éste es el futuro del criminólogo.

Mario Muñoz Anguita
Estudiante de Criminología en la Universidad Europea de Madrid

¿Nos queda la palabra?

Aristóteles, en el libro I, 2 de la Política (1253 a 1 y ss) afirma: “Resulta, pues, manifiesto que la ciudad es una de las cosas naturales y que el hombre es por naturaleza un animal social y que el insocial por naturaleza y no por azar o es mal hombre o más que hombre (…) La razón por la cual el hombre es, mas que la abeja o cualquier animal gregario, un animal social es evidente: la naturaleza, como solemos decir, no hace nada en vano, y el hombre es el único animal que tiene palabra. La voz es signo del dolor y del placer y, por eso, la tienen también los demás animales, pues su naturaleza llega hasta tener sensación de dolor y de placer y significársela unos a otros; pero la palabra es para manifestar los conveniente y lo dañoso, lo justo y lo injusto, etc., y la comunidad de estas cosas es lo que constituye la casa y la ciudad”.

Me gustaría centrar por un momento la atención en esta dimensión de la palabra como expresiva de una realidad que trasciende a la sola voz y va mucho más allá que lo único que tenemos en este momento, el habitual vociferio de unos y otros. Vociferio que apaga la voz y destruye la poca palabra que, de forma muy residual, a veces nos encontramos en algún espacio y algún tiempo oculto o, mejor, ocultado en lo posible por quienes se obstinan en acallarla.

La palabra, en este sentido aristotélico, que nos constituye como seres humanos y, por ello, verdaderamente sociales se ha tornado “palabrería”, “flatus vocis” que despierta indiferencia e incredulidad.

Algunos dicen ejercer la palabra a base de participar en innumerables “tertulias” en las que lo mismo se habla de política, que de economía, de arte, de literatura o de la vida inventada de algún “famosillo”. Y ese mismo tertuliano tiene la rara capacidad de entender y juzgar de todos esos temas, es más, puede que hasta se aventure a definirse como “profesional de la palabra”.

Paco Ibañez cantaba en el Olimpia de Paris, allá por los años 70, aquello de “me queda la palabra”. Cuarenta años después me pregunto: ¿nos queda aún la palabra? y, si así fuera, ¿dónde está? Como ser humano y, por lo tanto, ser habitado por la búsqueda, seguiré tras de la palabra y si me la encuentro que nadie dude que la haré escuchar. Pero tengo la certeza de la necesidad de buscarla dentro de mí mismo porque, fuera, en la sociedad actual, solo encontraré palabrería, vociferio y ruido. Justo lo que muchos potencian para que nadie hable, como bien decía Aristóteles, de lo conveniente y lo dañoso, de lo justo y lo injusto….

Perdón por la demagogia

¿Sabéis una cosa?

Ayer me confirmaron que mis padres, además de pagar su parte correspondiente del coste de los medicamentos hasta llegar a los 18 euros, cada uno, deben costearse íntegramente sus antiácidos de toda la vida, el jarabe para la tos que se toma mi madre todos los días y esa otra medicina que mi hermana –invalida- se aplica cada vez que le brota el herpes. Cosas de poca importancia que al pagarlas hacen posible la permanencia de un sistema sanitario público tan universal, gratuito, equitativo, accesible y solidario como es el nuestro.

Esta nueva medida se denomina “revisión del nomenclátor”. Una tarde de estas –en una hora- se lo explico a mis padres porque hay edades en las que uno ya no acierta a entender lo mucho y bueno que hacen por nosotros quienes, en número de uno por cada cien habitantes –más o menos- velan por nuestro bienestar.

Es mucho más importante que exista ese número de políticos aunque sean más del doble que el de médicos, enfermeras, maestros, etc. El que no quiera verlo así es que es un demagogo o un inconsciente en una situación de crisis tan aguda como la que vivimos. España está llena de desaprensivos, de incautos, de personas que carecen de “vida inteligente” y a las que se les ocurre poner en cuestión las decisiones de los verdaderamente ilustrados. Personas que no entendemos nada de nada. A alguno se le ocurrirá decir que ahora tenemos que pagar medicamentos que antes se costeaban con nuestros impuestos. ¡Pobre ignorante!. ¿Es que no sabe que lo se está haciendo es una revisión del nomenclátor? Más de uno tendrá que sustituir el pequeño aperitivo de los sábados por esa revisión del nomenclátor. Es lo natural y lo más conveniente. Ah. Y yo soy un demagogo de espanto diciendo estas cosas. Si acaso no sigáis leyendo más. Mejor pongamos la televisión que es donde nos explican adecuadamente lo que hay que hacer.

Si el ciudadano –paciente- y tanto que paciente, debe ser quien más contribuya a sostener la situación aunque sea anciano, minusválido o se halle en situación de desempleo, como lo están la mitad de los jóvenes españoles tendríamos que priorizar en los gastos, ¿no os parece? Y para eso deberíamos opinar, ¿no os parece?. Y deberían preguntarnos qué es y qué no lo que queremos seguir manteniendo con nuestro dinero. ¿O no os parece?

Pues bien. No hace falta. ¿Y si se nos ocurre decir que no queremos pagar 17 parlamentos o 17 gobiernos? ¿Y si a alguien se le ocurre decir que por qué se duplican tantas instituciones con idénticos fines y gruesas dotaciones de plantillas? ¿Y si algún inocente se entera de que tenemos que traducir al gallego, al catalán o al euskera todas las intervenciones de nuestros senadores porque es un insulto a la libertad y a la inteligencia el entendernos en castellano y dice que no está de acuerdo en pagarlo con sus impuestos mientras tenga que costearse el Almax, el voltarén o el zovirax?

Creo que mis padres están a favor de quitarse de su pensión esos gastos en medicamentos. Tal vez porque, aunque con esfuerzo, pueden hacerlo. No se si todos los mayores pueden hacerlo aun a costa de apretarse mas el cinturón. Es más, sé que hay muchos que no. Hoy lo decía un comunicado de los aguafiestas de Caritas, esos que hablan en nombre de un montón de gente que, al parecer, no existe.

Sin embargo, hay un detalle que no me encaja. ¿Y si empezáramos por aligerar las administraciones?. Digo yo que si un servicio regional de salud, como nos anuncia ahora el castellano manchego puede prescindir de repente de 767 personas: médicos, enfermeras, auxiliares y celadores y no sucede nada en materia de calidad y seguridad para los pacientes, ¿cuánto menos repercutiría si, como mínimo, aplicase el mismo criterio a otros sectores sociales, por ejemplo a los políticos y a todo el entorno logístico que cada uno de ellos acarrea? Quizá podrían recolocarlos en sus respectivas profesiones o llevarles al mismo lugar que irán esas 767 personas que, con la comprensión responsable, de los defensores de los trabajadores contribuirán con la desolación y angustia de sus familias al sostenimiento de un modelo de tantísimo bienestar como lo es el que se está reinventando.

Y, solo después de adoptar esas medidas, verdaderamente ejemplares, veremos lo que podemos y queremos seguir pagando. Estoy por asegurar que todo lo relativo a la salud nos es prioritario y no vamos a poner pegas. Pero, por favor, seamos razonables y apliquemos criterios de verdadera justicia, gobernanza, equidad y raciocinio. Igual si preguntan a mis padres y a mi hermana, pese a sus achaques, se les ocurre algo verdaderamente eficaz y normal para gastar menos.

Y, por último, no se rían tanto cuando salen en las fotos después de haber tomado esas medidas tan gratas para todos porque todas y cada una de ellas, más que para reírse, son para llorar.

Alergias

Por mucho que se esforzara, no era capaz de concentrarse en el contenido de la reunión, y se le iban los ojos hacia la ventana. Desde el último piso del edificio la vista era fantástica.
La mañana era tan bonita que le resultaba difícil respirar. La suave brisa y el sol de mayo traían los primeros olores del verano.
Los árboles habían terminado ya de formar sus hojas, y entre los edificios se agolpaban las copas exultantes. Tan verdes, que que ella se planteó que pudieran quizá ser más verdes todavía de lo que sus ojos podían percibir.
Además, las golondrinas habían llegado ya a Madrid. Como niñas traviesas que que corriesen por el aire, se cruzaban en trayectorias parabólicas, dejándose caer a veces en súbitos requiebros. Gritando de alegría, se abandonaban a sus acrobacias junto a la ventana. Y ella no podía dejar de mirarlas.
Se le ocurrió que, incluso si muriese en aquel mismo instante, no le quedaría más que dejarse marchar agradecida por aquella belleza inesperada. Inundada de pronto por una ternura incontrolable, se le enredó la garganta y tuvo que evitar pestañear para que no se derramaran las lágrimas que seguro le vidriaban la mirada.
– ¿Te encuentras bien? – le preguntó amablemente un compañero de trabajo. Tras recuperar el aliento y limpiarse los ojos, ella contestó en voz baja:
– Sí, no es grave. Me pasa siempre que llega el verano.
Sonriendo, él dijo:
– Estas alergias son terribles, ¿verdad?
Entonces ella, volviéndose distraídamente hacia la ventana, contestó sin mirarle:
– Eso tengo entendido.

Grandísima selección española

Un buen amigo me ha enviado esta reflexión que creo constituye un verdadero “revulsivo”.

Por eso me ha parecido de un gran interés compartirla con todos.

“Acabo de sentarme frente al ordenador tras ver parte del partido de la selección… Me siento acobardado, descorazonado, intimidado, insultado, vilipendiado, ofendido. Me avergüenzo de ser español… Quizá sea verdad que es español el que no puede ser otra cosa…

Arde twitter, arde facebook y arde España, acabamos de marcar cuatro goles a una selección mediocre y España salta de alegría, más que si los ladrones de la gran banca nos devolviesen todo lo que nos han esquilmado. El país babea sin sentido como si acabásemos de derrotar a los malditos mercados que nos jaquean la prima de riesgo cada mañana.

La selección de fútbol, unos cuantos niñatos privilegiados que se embolsan en hora y media más de lo que ganan todos sus espectadores en un año, ha dado un pasito pequeño e insignificante hacia un título honorífico y las calles se han llenado de energúmenos medio borrachos que ocupan parques y plazas embutidos en vestimentas rojas y dando saltos simiescos como si la lotería hubiera tocado a todos y cada uno de ellos.

Se acabó al parecer la crisis, se acabaron las preocupaciones, se acabó el paro, no sólo se acabaron los ladrones institucionalizados sino que además han hecho penitencia, se han cubierto hombros y cabeza de cenizas y tras recorrer de rodillas las carreteras de toda España van a devolver los millones que nos han levantao mientras estábamos mirando la tele. País de memos, país de brutos, país de ignorantes, país de ovejas, país sumiso, país de “Sálvame”, país de Belén Esteban y Kiko Rivera, país de Gran Hermano, país de Zapatero, país de Rajoy. ¡Qué país!

España se va por el desagüe al que malos políticos, pésimos sindicalistas y peores profesionales de la economía nos han llevado y la emoción del deporte nos embarga… nunca mejor empleada la expresión. Sin dinero, sin trabajo, sin jubilación, sin pensión, con los hijos en casa hasta la siguiente generación…, con una economía de postguerra y vivimos un partido de once millonarios como si en ello nos fuesen la patria y la honra personal”.

Amistades peligrosas

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La amistad es una necesidad vital. Es algo que nos diferencia de los animales que, sin embargo, son capaces de amar (posiblemente con origen en el instinto de procreación).

Algo que podría sorprendernos a priori, pero que adquiere todo el sentido si se razona levemente, es que la “amistad” es más necesaria en la riqueza que en la pobreza y, la razón, es que la felicidad solo es tal si es compartida.

Como es lógico, lo anterior no quiere decir que la amistad no resulte de vital importancia cuando el desasosiego o la adversidad salen a nuestro encuentro, sino que, en esos casos, solo contaremos con los limitadísimos amigos de verdad. Si eres pobre, tendrás menos amigos que si eres rico, pero, indudablemente, los del pobre serán mejores amigos que los del rico (es cuestión de cantidad Vs. calidad). La causa la entenderemos seguidamente, pero como podréis imaginar, se debe a lo “poco” que puede aportar el pobre a los innumerables amigos del rico.

Podríamos decir, sin temor a equívoco, que la razón es que existen o, mejor dicho, coexisten, dos tipos de amistad en la vida (salvo en la de aquellos virtuosos que vencen la necesidad de tener amistades interesadas y fundan sus relaciones en el amor verdadero): la que sirve a un interés egoísta y la que no.

Esto no quiere decir que una persona solamente pueda tener amigos de una u otra clase, sino que, muy probablemente, tenga de las dos, indistintamente, si bien, lo que las diferencia es la manera de entender una u otra.

Cuando la amistad sirve a un interés individualizado (la palabra egoísta no es de mi agrado, sobre todo cuando, como veremos, de utilizarse, resultaría de aplicación al común de los mortales, sin excepción aparente), lo que con ella se está fraguando no es más que una falaz relación, mortal de necesidad, que concluirá cuando deje de sernos útil o de proporcionarnos algún beneficio o placer.

Contrariamente a lo que podamos pensar, este sentimiento no nace con la madurez, sino que se manifiesta desde la niñez. Para corroborar esta circunstancia, basta con hacer el ejercicio de echar la vista atrás a nuestros primeros años de colegio y preguntarnos quiénes eran nuestros mejores amigos y por qué razón.

Muy posiblemente compartíamos con ellos un interés mutuo, llámese fútbol, comba o “amor” a las sumas y restas (no hace falta que os diga cuál era mi caso, ni cuántos amigos conservo de aquellos “recreos” de veinte años atrás), si bien, nuestros amigos solían ser los mejores en cada una de dichas disciplinas, por cuanto no era común rodearnos de los peores, salvo que fuéramos tan malos que nos gustase tener a alguien aun peor al lado (ya sabéis, mal de muchos…)

Pasa lo mismo con el amor. A los siete años, el amor empieza y termina en aquella niña de ojos claros, pelo delicadamente peinado y cara angelical que te saluda por las mañanas con una sonrisa al entrar en clase. Miento, no termina en ella, sino que termina cuando empieza el amor por la muñeca de al lado. Cosa distinta es que, mientras nos miraba, pensásemos que queríamos pasar con ella el resto de nuestra vida, sin perjuicio de que el tiempo demostrase que, en todos los casos, ese pensamiento era erróneo y en algunos de ellos, incluso hayamos dado gracias a Dios porque no haya sucedido como deseábamos.

¿Qué buscábamos en ella? Posiblemente que nos alegrase las mañanas con su sonrisa.

¿Cuánto duró ese amor? Seguramente lo que tardamos en encontrar otra sonrisa que nos gustó más.

Vamos creciendo. A los 16 años (o antes), el amor nace y muere en los genitales (ruego se me permita la gráfica expresión que pretende referirse al sentimiento más primario y animal del ser humano). Este idilio también es finito, aunque posiblemente dure más que el que nos produjo en tiempos pasados la sonrisa de nuestra protagonista infantil, si bien, a diferencia del primero, en este caso podíamos disfrutar perfectamente de varios “amores” a la vez.

Con la madurez, el amor de pareja también puede nacer de un deseo sexual, pero si bien no es habitual, desde luego, lo que lo diferencia del amor adolescente es que sus pilares son otros, sus intereses son otros (intereses que con el tiempo, dejan de existir de manera individualizada, pasando a ser intereses comunes, que son la razón por la que perdura el amor).

Ojo, no confundamos los conceptos, no hace falta perder el deseo sexual hacia tu pareja para darte cuenta de que estás en ese estado de amor incondicional.

La palabra incondicional no significa seguir amando cuando las arrugas, la alopecia o la celulitis elefantiásica aparecen en nuestras vidas para cambiarlo todo (o, más bien, nada), sino que el amor torna verdadero cuando va más allá de la física o química, cuando nace de la felicidad que te proporciona ser y estar al lado de esa persona (que no cuerpo). Es más, mientras exista el amor, seguirás sintiendo por tu pareja un desproporcionado y en algunos casos injustificable deseo sexual (salvo que nos alejemos de los parámetros de deseo que ha impuesto la sociedad actual y nos dejemos llevar por el sentido de la belleza de Rubens, por no decir de Botero, en cuyo caso el deseo estaría perfectamente justificado a los ojos de cualquiera).

Lo que hace que perdure el amor son los intereses comunes, el remar ambos en una misma dirección, el tener la firme intención de caminar de la mano por el pedregoso sendero de la vida.

Igual que podemos tener muchos amores interesados simultáneamente y un solo amor verdadero, también ha de ser muy limitado el número de amigos de verdad. No quiere ello decir que solo podamos tener uno, sino que los amigos de verdad los elegimos, no por el deseo de beneficiarnos de ellos, sino por el de compartir con ellos una intención, como es la de haceros mutuamente el bien y compartir sentimientos, vivencias y experiencias.

La gran virtud de los amigos verdaderos es amarse recíprocamente. La gran necesidad, es que exista una relación de semejanza e igualdad entre ellos, ya que de no ser así, pronto despertarán las envidias que abocarán al fracaso la relación.

Por el contrario, la amistad por interés surge, precisamente, para compensarse recíprocamente las carencias, de tal modo que cada uno busca lo que necesita del otro.

Lo que resulta incontestable es que, cuando eliges a tus amigos de verdad y te encuentras en ese estadio de no defender los intereses propios sino los comunes, la consecuencia es que obtendrás un resultado que será de provecho propio. Seamos, por tanto, inteligentes en este aspecto.

Generalmente, las circunstancias de la vida van engrosando incontroladamente nuestra lista de “amigos”, sin embargo, pocas veces dicho aumento exponencial tiene alguna utilidad para nosotros.

En prueba de lo anterior, os propongo un sencillo ejercicio:

Mirad cuántas personas aparecen en vuestra agenda del móvil o cuántos “amigos” tenéis en Facebook.

¿100, 200, 500?

Ahora preguntaos cuánta de esa gente os da exactamente igual, por no necesitar de ellos absolutamente nada y no la borráis de la lista, simplemente, por si acaso…

¿Estamos hablando de 50, 100, 250?

Seguidamente, os invito a que contabilicéis a aquellos que no borráis de vuestra lista porque podéis necesitar algo de ellos ahora o en el futuro. Esto es lo que se conoce como amigos por interés.

Decidme, ¿45, 95, 245?

A estas alturas de la película, ¿Quién os queda en la lista además de vuestros familiares?

Con suerte 5 ¿verdad?

Solo el tiempo y las circunstancias de la vida te hacen saber quiénes son tus amigos de verdad y lo bonito de saber quiénes son tus amigos es que con muy poco margen de error, esa circunstancia también te permitirá saber para quién eres tú un amigo de verdad, cuestión que, a la postre, es la que verdaderamente importa de todo esto.

No os obsesionéis por tener muchos amigos, ni por ser el mejor amigo de docenas de personas.

Como dice el refranero castellano, “quien tiene un amigo, tiene un tesoro”. A lo que yo añadiría, “quien tiene cien, tiene un problema, cual es, que no ha sabido entender lo que es la amistad”

Con la Iglesia hemos topado, gracias a Dios…

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Vicente Ferrer doliente

Cinco de la tarde, por fin suena el timbre que anuncia el final de las clases en una cualquiera de las 33.263 escuelas primarias que gestiona la Iglesia Católica en el olvidado (por algunos) continente africano.

Samuel sale de clase apresuradamente, cariacontecido por lo que acaba de escuchar, corre a los brazos de su madre que le aguarda con el diario mendrugo de pan que le ameniza el largo camino hasta casa. “No tengo hambre mamá, en el “cole” como un montón”, replica Samuel ante la insistencia de su madre, quien con un gesto complaciente y agradecido de aprobación, esbozando una leve sonrisa, responde con un tímido “está bien!!”

Durante el camino, Samuel, incontrolado parlanchín en otro tiempo, no profirió palabra alguna. Cuando la travesía tocaba a su fin, la madre de Samuel, inquieta por la desconocida tranquilidad de su hijo durante la vuelta a casa, le pregunto si le pasaba algo, circunstancia que dio pie a Samuel a contar lo que durante largo tiempo venia rondando por su joven, pero no inmadura mente.

“Mamá, ¿dónde está España?”

 “¿Por qué?”

 “Pero mamá, ¿qué es el IBI?”

Al silencio atronador le siguió esa frase que toda madre usa en cualquier confín de la tierra cuando quiere que acabe una conversación o, simplemente, cuando no sabe dar respuesta a las curiosidades de su hijo: “deja de decir tonterías y entra en casa!”

Al joven Samuel, todavía inconsciente de la trascendencia de la información que su madre no le había dado pie a compartir, le retumbaba incesantemente en la cabeza lo que había dicho su profesora pocas horas antes.

El colegio donde estudiaba el joven Samuel desde que era un niño, donde había aprendido a leer y escribir, donde comía diariamente y donde había conocido a sus amigos, iba a cerrar el año que viene por culpa de una cosa que pasaba en España que se llamaba IBI.

Samuel no sabe cuál es la causa de sus inminentes problemas, su madre posiblemente tampoco, las explicaciones son escasas y el desconocimiento es aun mayor. Sin embargo, yo tengo claro lo que le respondería a Samuel si tuviese oportunidad de aclarar sus dudas:

Querido Samuel, la respuesta a tus dudas es compleja, pero seguro que al final de mi exposición lograrás entender dónde está el problema y quién lo ha causado.

No sé si os habrán explicado en el colegio la labor asistencial de la Iglesia católica en España.

Pues bien, según datos proporcionados por D. José Barea Tejeiro, Doctor en Ciencias Económicas y Empresariales por la Universidad Complutense de Madrid y Catedrático Emérito de Hacienda Pública en el Departamento de Economía y Hacienda Pública de la Universidad Autónoma de Madrid, en su reciente estudio sobre las prestaciones sociales que aporta la Iglesia Católica a la sociedad española (del año 2008), se advierte que, solo en Sanidad, la Iglesia Católica gestiona en España 107 hospitales, 128 ambulatorios, otros tantos dispensarios y 876 centros para ancianos, enfermos crónicos, terminales y minusválidos, que acogen a un total aproximado de 387.000 personas al año, para lo que cuenta con 51. 312 camas, que le cuestan 270 euros al día. O lo que es lo mismo 5.056 millones de euros al año.

Además, teniendo en cuenta, que construir un hospital cuesta del orden de 50 millones y el resto de los centros antedichos 4 millones, el Estado se ahorra, gracias a la Iglesia Católica, 5.305 millones en hospitales y 4.016 millones en otros centros de asistencia al ciudadano.

En lo que a educación se refiere, las distintas congregaciones religiosas, gestionan 5.882 centros educativos entre guarderías, centros de Educación Infantil, Primaria, Secundaria, Bachillerato y Universidades, en cuyas aulas se forman 1.578.609 alumnos e imparten lecciones 81.000 profesores.

Una plaza en la escuela pública, según datos del Ministerio de Educación, le cuesta al Estado 3.517 euros. Una plaza concertada (costeada por la Iglesia en un 70%) le cuesta al Estado 1.840 euros. Lo anterior tiene como consecuencia que la Iglesia ahorra al Estado 2.631 millones de euros anuales exclusivamente por este concepto. A esto hay que añadir, que construir un colegio cuesta alrededor de 3 millones de euros, lo que implica que el Estado debería invertir 15.423 millones para ofrecer el mismo servicio que presta la Iglesia Católica en Educación (insisto, solo en España).

Por otra parte, la obra social de la Iglesia, actualmente cuenta con 4.447 centros asistenciales que a través de Caritas y Manos Unidas, acogen a 2,7 millones de necesitados que llaman a sus puertas y que gracias a la Iglesia tienen un plato de comida o una cama donde poder dormir, entre otras cosas.

Si nos metemos con la Iglesia, nos metemos con los pobres y los necesitados, por cuanto la Iglesia no es tanto la, por todos criticable, ostentación y riqueza de la que puede disfrutar el Santo Padre, sino más bien los miles de personas que dedican toda o parte de su vida al servicio a los demás en nombre de la Iglesia.

Pero es que, además, la Iglesia financia el 80% del patrimonio histórico y artístico de España. La tercera parte de los ingresos turísticos culturales proceden de este patrimonio de la Iglesia y, por lo tanto, revierten en todos los españoles. Catedrales, lugares de peregrinación o culto, fiestas patronales, Semana Santa, forman todos ellos el patrimonio de la Iglesia Católica, del que se beneficia el Estado y, por extensión, todos los españoles.

En resumidas cuentas, la Iglesia Católica recibe unos 250 millones de euros al año proporcionados a través del IRPF de los católicos que marcamos la X en nuestra declaración de la renta a favor de la Iglesia, o lo que es lo mismo, a favor de sus servicios asistenciales en beneficio de todos. Sin embargo, la Iglesia, por su parte, ahorra al Estado español más de 31.186 millones de euros al año (insisto, no son datos míos, sino de uno de los economistas españoles más relevantes del siglo XX).

Esta escandalosa cifra es la que tendría que costearla Administración Pública española para sustituir la labor social que realiza la Iglesia Católica, en el caso de que ésta desapareciese o dejase de gestionar sus colegios, hospitales, ambulatorios, dispensarios, organizaciones no gubernamentales y tantas otras prestaciones que el limitado espacio y tiempo me impide enumerar.

Esta Administración Pública es la misma que no solo parece mirar para otro lado ante lo incontestable de esta circunstancia, sino que además pretende que la Iglesia pague los impuestos sobre bienes inmuebles de los que dispone, por no contribuir, a su modo de ver, suficientemente a las arcas del Estado. No hay peor ciego que el que no quiere ver…

Sorprende que se haga pagar a la Iglesia por tales conceptos y sin embargo estén exentos los palacios, de propiedad privada, por poner un ejemplo, al considerarse de interés artístico cultural. Si el palacio de Dueñas, de Liria o la sede de la UGT en Madrid tiene más interés histórico, artístico o social, no digo ya que la Catedral de Santiago, sino que cualquier otro centro propiedad de la Iglesia, que venga Dios y lo vea o, mejor aún, que venga cualquiera y lo compruebe por sí mismo.

Dicho esto, mi querido Samuel, la razón de que se vaya a cerrar tu colegio es que le han subido los impuestos a la Iglesia Católica para destinar lo recaudado a otros fines de mayor importancia que tu educación y plato de comida, tales como inyectar dinero a los bancos en quiebra técnica fruto de la mala gestión de años atrás. ¿Lo entiendes?

Samuel, pensativo, traga saliva y concluye con una pregunta para la reflexión:

“Entonces, solo me queda una duda: ¿es el Estado el que mantiene a la Iglesia Católica o es la Iglesia Católica la que mantiene al Estado?”

En tardes de lluvia

Hace tiempo que no sentíamos una tarde de tan grisáceo tono como la de hoy.

En el cielo, una vorágine de nubes bajas circulan velozmente mientras que otras, más altas y seguramente más ancianas discurren con paso cansino, solemne, como si estuvieran observando el desasosiego de sus hermanas menores. Caminan más despacio pero con paso certero y claro destino. Tengo la impresión de que van buscando el lugar y el momento idóneo para descargarse plenamente en cascada de gaseosas lágrimas y, así, desaparecer definitivamente, en plenitud de entrega sobre la ya húmeda tierra ávida de aminar su sed de siglos.

Se dice de nosotros que “estamos en las nubes” solo porque, durante un instante, hemos parado el tiempo sencillamente para mirar hacia adentro, para dignificar -aunque solo sea de forma puntual- nuestra propia existencia. Y, por ello, nos acusan de ir tan lejos: “¡Nada menos que a las nubes!”.

A mí, personalmente, me gusta levantar la mirada en tardes cmo esta en ese intento,  no de ver las nubes sino desde ellas. ¡Todo es tan pequeño!…; El hombre, incluso, visto desde allí resulta casi imperceptible. Y, sin embargo, que enorme grandez contiene dentro de sí.

Visto desde aquí arriba se diría que no es más que una insignificante pieza, perdida en un maremágnum de engranajes, disperso en un mundo programado y -desde estas alturas- caótico.

Me entran ganas de bajar y proferir un grito invitatorio a la calma, a la dulzura. Si así lo hiciera exclamaría, probablemente, una sola palabra: ¡Silencio!. Regalaría por doquier pequeños trozos de silencio, de recogimiento activo.

Qué distintos serían el mundo, la humanidad si los que le damos forma tuviéramos la capacidad de sienciarnos, casi rutinariamente, para “tomarnos conciencia”, para “ver” y proyectar desde ahí nuestra “estancia”. Solo así vivificaríamos nuestro estar y, sobre todo, nuestro estar con… aquellos otros que también “son y están”.

Mi nube se va desplazando, poco a poco,por la senda que conduce a su entrega total y yo contemplo en su recorrido otras tierras, otros hombres. El color de las montañas se distingue entre los cientos de tonos diversos que colorean los campos, tan nuestros, tan activos, tan conmovedoramente silentes. Los hombres, sin embargo, vistos desde aquí parecen todos iguales. Me inquieta contemplar tanta semejanza. No es su apariencia física uniforme lo que me preocupa sino, más bien, la coincidencia de destinos, ese pacto que parecen haber sellado entre ellos para llegar quién sabe dónde y alcanzar ni ellos saben qué.

¿Por qué no es el ser individual capaz de elegir su plenitud concreta, su remanso de aquietamiento, el lugar y el tiempo -más difícil este último-  de su cénit. Y aún tengo que escuchar tantas veces, cuando estoy ahí abajo, que existe un anhelo personal y colectivo de felicidad. Desde aquí se ve mucho más (debe ser por la distancia) y llegan aromas que, aunque se confunden un tanto  con ese olor característico a tierra mojada, no son ciertamente de gozo. Ni presente, ni menos aún futuro. La tierra está mojada, sí, porque estas nubes en las que viajo ya van muriendo. Más, no han muerto tanto como para que los hombres estén empapados, calados hasta los huesos y no de agua sino de ambición, de envidia, de desasosiego; en suma, “de no ser”.

De niños, cuando aprendíamos a conjugar el verbo estar a base de repeticiones, exprimiendo nuestra memoria, por aquel entonces nueva y verdaderamente capaz, no alcanzabamos a medir el profundo significado de esas dos efímeras sílabas. Los verbos ser y estar eran dos auténticos hermanos desde un punto de vista didáctico. Era algo así como nuestra primera lección. Hoy, desde mi nube, me cabe la satisfacción de ver más allá de la simple conjugación. Por fin descubro la consustancialidad de ambos términos. Veo un hombre que “está” sin “ser” y proclamo como más auténtica la necesidad del “estar siendo”. No me importa, en absoluto, si conjugo bien el infinitivo con el gerundio porque, desde aquí, carecen de valor todos los alardes gramaticales. Es a la vivencia del sentido más lúcido de cada uno a lo que me transporta esa expresión.

Ahora es preciso que vuelva ahí abajo porque mi fiel montura ha comenzado a cumplir con su último destino. Sin hacer ruido, como las madres ya viejas y respetuosas, se entrega, llora y se derrama en bien de la vida. Vendrán otras que harán un recorrido similar y se extinguirán, asímismo, vivificándolo todo. Rara es la que tuerce su destino y se empeña en destruir sin motivo aparente.

Poco a poco ha caido la noche y, en ella, se hace el silencio. Las nubes aún no han muerto del todo. Sigue lloviendo y a mi alrededor los hombres, protegidos del agua, callan, se adentran en sí y deciden respetar, de esta manera, el sacrificio de sus frecuentes compañeras de viaje. La frescura del ambiente invita a respirar profundo, a aquietar los sentidos y a repasar los verbos en clave de vida, de destino feliz.

Seguro que mañana amanecerá un día azul y luminoso en el que no necesitaré subir arriba porque las aguas, en forma cristalina, correrán bajo nuestros pies, sobre nuestro cielo…

¿Es que no pasa nada?

Un día más no he podido resistir la tentación de intentar saber lo que sucede en el mundo. No escarmentaré nunca. Muchas veces me creo lo que cuentan como si se tratara de la verdad. Terrible inocencia la de todos aquellos que, en algún momento,  confundimos la información con la realidad…

Enciendo la televisión y veo como nos cuentan el triste espectaculo de un Consejo General del Poder Judicial envuelto en diatribas de barrio bajo,  en un intento por esforzarse en  dignificar aún más ese PoderJudicial que-como otros- vive sus horas más bajas. Y me da pena comprobar que tambien a este nivel España se organiza a través de bloques. Siempre es igual. Un grupo frente a otro, una supuesta ideología frente a otra, unos intereses intentando destruir los intereses contrarios. Es esta España gregaria en la que no hay convicciones asentadas en solidos argumentos sino tan solo homenajes al refranero, sobre todo a aquel que dice “donde va Vicente…, donde va la gente”. Una sociedad en la que nada ni nadie posee verdadera autoridad moral para aparecer ante los demás sin que le respondan : ¡Y tú más!. Esto es todo lo que dan de sí los debates de nuestro tiempo. Algunos, ni eso.

Dejo la televisión y consulto mi correo electrónico. Un amigo me ha enviado un testimonio gráfico de una gran matanza de nigerianos a los que han quemado vivos por ser cristianos. Sí, igual que en la época de Diocleciano, Vespasiano, Tito o Nerón. La imagen es estremecedora pero ningun periódico se ha hecho eco de una noticia como ésta que envilece al genero humano, zarandea los cimientos de la sensibilidad y la moral y cuestiona radicalmente eso que algunos, cada vez menos, llaman “el progreso de la humanidad”.

Me veo en la necesidad de cambiar de fuentes de información y abro el periódico por una página en la que se informa de una sentencia dictada en las Islas Baleares y que se condena a un médico por haber fallado a la hora de realizar un aborto. Esto es, por  no haber obtenido un resultado exitoso se le exige el pago de un pensión durante 25 años al niño nacido contra la más absoluta voluntad de su madre. Perdón, progenitora. ¿Como podremos explicar a una criatura que su “madre” ha denunciado al médico que no hizo bien su trabajo a la hora de impedir el desarrollo definitivo de ese nuevo ser? Solo es una pregunta. He decidido no juzgar a ninguna persona, tan solo juzgar situaciones. Y la derivada de esta noticia me produce repugnancia y pena, mucha pena.

Por fin, creo que lo mejor será distraerme con un poco de fútbol, esa especie de deporte bañado en miles de millones de euros en una España en ruinas, donde UNICEF nos anuncia que un 26 por ciento de nuestros niños viven por debajo del umbral de pobreza. Tampoco, por cierto,  nos hemos hecho muncho eco de esto porque expresarlo como lo estoy haceindo ahora, es demagogia pura.

Este es el argumento definitivo hoy. Todo lo que molesta, todo lo que realmente “es” y lo que realmente pasa es despachado como demagógico para darle carpetazo. Pues ni eso. El negocio del balón se inaugura hoy con un montón de miles de maleducados despreciando las instituciones y los símbolos que para muchos poseen un elevado valor y hacia los que se profesa un cierto respeto. Pero esto tambien carece de importancia. Todos callados, por favor. Miremos a otro lado. Parece que somos sujetos negativos, pesimistas. No, por favor. Todo va bien. Apretemonos un poco más el cinturón porque eso es lo importante, lo único que hay que hacer en esta hora que nos tocó vivir. Hay que salir de esta crisis económica por encima de todo. La perdida de valores que la ha ocasionado no cuenta. Los valores no existen.

¿Cuantas voces hablan de principios y valores a la hora de reconstruir una sociedad tambaleante como la nuestra? ¿Donde están las referencias morales de nuestro tiempo? ¿Donde la voz de los intelectuales desvinculados y libres de ataduras político-económicas?

A finales del siglo XIX una generación que conocemos como la del 98, configurada alrededor de hombres como Miguel de Unamuno, Ramón María del Valle Inclán, Angel Ganivet, Ramiro de Meztu, Pio Baroja y algunos otros, era capaz de levantar la voz y cada palabra pronunciada por cualquiera de ellos, cada letra escrita de sus manos y, en algún caso, hasta cada mirada de alguno de sus más afilados exponentes,  hacía temblar la inconsistencia de la gran mayoría, especialmente la de aquellos que  creían ostentar elevados niveles de relevancia social y no eran más que petimetres al servicio de la estulticia.

No han cambiado tanto las cosas salvo que, solo un siglo después, se han acallado las voces de la cultura, la crítica constructiva, la agudeza intelectual y el ejemplo. Sí, sobre todo el ejemplo. Es indispensable ayudar a que afloren voces, testimonios, argumentos racionales y emocionales basados en la búsqueda de la verdad, de la honestidad y la solidaridad. Estamos cansados de la mediocridad, del mal gusto, de la mentira y de que el más ignorante se sienta maestro.

Por favor, si quedan algunos maestros, que se hagan ver, que nos digan algo, que nos ayuden a poner en valor una humanidad en cuyo destino algunos todavía nos sentimos comprometidos…

Salgamos de esta crisis pero no para volver a la falta de valores que la originó sino para crear horizontes nuevos. No permitamos que solo se escuche la voz de quien no tiene nada que decir más allá de creer que los demás carecemos de inteligencia.

Hay mucho que hacer.^Por el momento os invito a dar vuestra opinión, a facilitar nuestra comprensión de las cosas y a preguntarnos juntos por aquello que no terminamos de entender. Os invito a construir entre todos este “loro falaz” por el que queremos comenzar a decir que “otra cosa es posible si se escucha a los que -culpablemente- tantas veces nos callamos, asentimos o miramos hacia otro lado.