GRACIAS POR TANTO


Hoy, como todos los días, me he montado en el coche para ir al trabajo y he mirado fugazmente por el retrovisor antes de emprender la marcha.

Sin embargo, hoy, excepcionalmente, lo que dejaba atrás, percibido con deslumbrante nitidez y temerosa incertidumbre, no tenía nada que ver con la inánime acera que se aleja a través del cristal abandonada a su suerte en otro tiempo.

Ese caprichoso espejo retrovisor que tantos secretos guarda, hoy me ha recordado que hace ya un lustro que empezamos a recorrer juntos este camino.

Un camino cuya meta conocíamos. Un camino del que no sabíamos cuándo íbamos a terminar de recorrer, ni en qué condiciones llegaríamos.

En este camino no importa tanto lo que tardes en llegar a la meta como las condiciones en las que llegues y eso solo depende de lo que te hayas preparado para afrontar las adversidades durante la larga y muchas veces angosta travesía. Sé fuerte un día más.

Aunque algunos pueden pensar que esta interminable cuesta arriba la hemos recorrido juntos, no es cierto, justo, ni apropiado contar en primera persona del plural una historia en la que solamente hay un héroe, un protagonista absoluto que hace que el resto de personajes seamos meros figurantes de una heroicidad ajena, aunque muy muy cercana que hoy y siempre merece, como mínimo, todo el reconocimiento y el agradecimiento que uno sepa expresar con palabras. Gracias por tanto!!

Como ya os podréis imaginar algunos, nuestro héroe “anónimo” tiene nombre de mujer.

Back Camera

Suena el despertador, son las ocho de la mañana del miércoles 3 de septiembre de 2014. Día tranquilo para algunos. Día cualquiera para otros… pobres de espíritu…

Para nosotros falta un día para llegar a la meta. Por eso ahora solo queda ajustar los últimos flecos de un esfuerzo constante que ya hoy ha dado sus frutos, aunque a veces no lo crea así.

Hoy dice no recordar nada, es normal. Mañana todo brotará de nuevo aunque lo sienta olvidado. Lo que creía perdido en el abismo de un programa interminable de pronto surgirá para alumbrar su firme caminar hacia la meta.

A esta distancia del final es evidente que lo que nuestra heroína ha recorrido le ha proporcionado un bagaje indiscutible e impagable, solamente equiparable al esfuerzo que ha tenido que hacer para conseguirlo. Gracias y enhorabuena por tanto.

Por eso estoy tranquilo, por eso no tengo miedo a un supuesto fracaso que no sería tal, porque no existe el fracaso cuando uno ha hecho lo imposible para llegar al éxito. En el paso diligente a lo largo del camino reside el éxito y éste ya se ha recorrido con grandeza.

No han sido pocos los días en los que no estaba conmigo a la hora de cenar. Tiempo, tiempo y más tiempo dedicado a una ilusión, tiempo compartido con un camino del que, lo creáis o no, he llegado a sentir celos.

Lo más valioso de la vida es el tiempo, porque es lo único que no se recupera, que no se compra con dinero y del que no se conoce hasta dónde nos lleva. Por eso solo debe existir el ahora, el día a día.

La única realidad del tiempo es que todo llega y lo maravilloso que nos ofrece es la posibilidad de, echando la vista atrás, darnos cuenta de que hemos sido siempre felices durante todo este camino. En mi caso no ha sido tan difícil, gracias a ella.

Sin embargo, mentiría si dijera que no la he echado de menos, si dijera que no he necesitado verla más de lo que el valiente camino escogido nos ha permitido (siempre era cuestión de tiempo), pero no solamente no puedo echarle en cara nada de lo no vivido, sino que tengo que agradecerle que haya mostrado la entereza que a mí me ha faltado para saber renunciar a aquellas cosas que hoy no añoro porque me invade la inmensa tranquilidad de haber hecho lo que era mejor para ella, o lo que es lo mismo, lo que era y es mejor para mí.

A un día de la meta, no deja de sorprenderme la enorme y casi inhumana entereza con la que ha recorrido el camino, sin titubeos, sin vacilaciones, con la precisión de un reloj suizo, con la fuerza de un ciclista en el puerto de mayor pendiente que se haya conocido, pero sobre todo, con la madurez de enfrentarse con el final de un camino al que nunca se está lo suficientemente preparado para llegar sin temor, ese maldito final incierto del que solo espero que sepa hacer justicia a todo lo vivido, a lo sufrido y, qué demonios, a lo estudiado.

Y si la meta no hace justicia a la constancia demostrada durante el camino, al esfuerzo, a la soledad de un agosto de tez pálida alumbrada por el calor de un flexo amigo, no pasa nada, no tengo miedo, porque pase lo que pase nuestra heroína ha demostrado cómo se deben hacer las cosas, ha sido un profeta para todos los que nos levantamos cada mañana con un objetivo menos ambicioso y no tenemos fuerzas para seguir luchando por conseguirlo.

Por cosas como estas es por las que no me tiembla el pulso al escribir que nuestra heroína es la persona más fascinante, fuerte y maravillosa que, gracias eternas a Dios, he conocido en mi vida.

Por cosas como estas afronto cada mañana frente al espejo acusador, con incredulidad, sorpresa y agradecimiento, a quien sea menester, por la enorme dicha de poder estar a su lado un día más… y que así sea eternamente.

Por todo esto y mucho más hoy quiero públicamente darle las gracias por tanto esfuerzo, tanta constancia, tanta entrega, tanto sacrificio y, en resumidas cuentas, tanto amor superlativo e inmerecido que con su actitud y esfuerzo, me ha regalado cada día. Pero también quiero dejar absolutamente claro que estoy tan orgulloso de ella que lo que pase a partir de hoy me importa un comino.

Eso hace que no me preocupe lo más mínimo por el momento de llegar a la meta, porque la felicidad no la garantiza un puesto de trabajo, porque la felicidad no depende de lo que suceda en un solo día de tu vida aunque te estés preparando para ese día durante cinco años, por muy bueno o malo que pueda parecer en ese preciso instante lo que suceda al final. Nadie puede exigirte ni exigirse más de lo que tú has dado.

La felicidad no la garantiza nada ni nadie, pero me atrevo a decir que depende en gran medida de poder tener la satisfacción del deber cumplido y la tranquilidad de saber que pase lo que pase nos tenemos el uno al otro, que es lo único que nos debe ocupar y preocupar si queremos ser tan felices como hasta ahora lo hemos sido a pesar de las limitaciones y continuas piedras de este camino que por suerte ya toca a su fin.

Por eso, solo me queda darte, ahora sí, con nombres y apellidos, a ti, Marta Chavarría, las gracias por tanto y, simplemente, desear que pase lo que tenga que pasar para que tú seas feliz, que es lo único que me importa, aunque ello implique no conseguir aquello por lo que tanto has luchado.

Te pido disculpas por la vergüenza que con este escrito te haya podido hacer pasar, pero ésta es la mejor forma que tengo de expresar lo que pienso y lo que siento.

Que seas feliz.

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RÉQUIEM POR UN AMIGO FIEL

 

Solo una manzana entre mi casa y el final,

no hay más de un minuto yendo a paso militar,

el último paseo que los valientes dan,

el triste abandono de una casa sin guardián.

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Ayer tuve que vivir un momento tan esperado como temido que hoy comparto con todos vosotros.

Hace cinco días que sabía que este momento llegaría. Miento, hace ya casi un año que lo intuía, pero hace solo cinco días que sabía que ese momento tenía que ser justo el 24 de junio, un día importante para mi familia en el que se conmemoran muchos momentos de felicidad.

Qué paradoja!!

Todo estaba planeado, no había vuelta atrás. Correa en mano temblorosa, llevé con paso renqueante a mi fiel amigo a su esperado futuro.

En esa milla verde, corta en distancia pero larga en el tiempo, ese angosto camino sin retorno, evitando parecer vulnerable, escondes las consecuencias de la decisión tomada que brotan incesantes de tus lagrimales inundando tus mejillas.

Dudas. Te auto convences. Él lo sabe, sabe dónde va y para qué, aunque tú no lo creas.

Pero tú sigues dudando hasta que tu inconsciente hace sonar el timbre de las oficinas del verdugo.

En ese momento tu fiel amigo te mira entre el perdón y el agradecimiento y continúa sus pasos, firmes antaño, hacia su destino.

Parece increíble, pero ya no queda nada de aquél temor que el amigo sentía tiempo atrás en las ya olvidadas visitas a su hoy verdugo.

¿Acaso soy un egoísta? ¿Un cobarde?

Tal vez… Pero en ese momento surgen las dudas, el miedo a lo inminente, a lo desconocido, al arrepentimiento tardío, al deseado perdón, al abandono, al olvido…

Fue un frio enero de hace ya quince, cuando un impúber entraba deseoso en aquel cuarto en el que se apilaban seis o siete recién nacidos, días antes abandonados a su suerte por un desalmado al que hoy agradezco que me haya permitido conocer y convivir con el pirata.

De todos aquellos indefensos huérfanos había uno que me llamó la atención. Era distinto a los demás. Tenía una mancha morena a modo de parche en el ojo izquierdo que ya hace tiempo cubrieron las canas de la experiencia.

Recuerdo que aquél día, como ayer, casi no sabía caminar, aquél día, como ayer, no subía las escaleras de su hogar por miedo a caerse al bajar, no levantaba la pata al orinar, no sabía y ya ha olvidado lo que era ladrar.

La vida es cíclica, todo lo tenemos que aprender y casi todo se olvida.

Ayer, como aquél día, nuestro amigo temía lo desconocido, pero sabía y confiaba en que lo que estaba por venir era mejor para todos. Y así ha sido, o eso quiero creer yo.

Hoy solo nos queda un sillón vacío que sirvió de cuna y lecho a nuestro amigo.

Pero también un recuerdo de aquél “peluche” al que le teníamos que poner un reloj al dormir para que creyese que escuchaba los latidos del corazón de su madre ausente, aquella mirada penetrante que hoy se hace eterna en una foto en blanco y negro en el salón, el eco de aquél ladrido atronador de los años de juventud que ya hacía tiempo no retumbaba entre las paredes del hogar hoy vacío.

Ya poco queda de aquél musculado amigo que solo sufrió rasguños mientras se fundía con el asfalto dando vueltas de campana tras aquél atropello que hoy es una anécdota vivida en los años de su adolescencia y de la mía. Yo estuve allí aquél día, como estuve ayer con él.

Hoy recuerdo aquellas carreras interminables por el parque, aquellos aspersores atrayentes sobre los que tenía que saltar hasta la extenuación (mía, se entiende), aquellos trozos de chocolate tragados sin masticar, la comunicación no verbal…

Ojalá fuera cierto eso de que todos los perros acaban pareciéndose a sus dueños, o mejor dicho, ojalá sucediese al revés… De ser así, yo sería inteligente, guapo, fuerte, dócil, fiel, leal, cariñoso, protector, perseverante, valiente y buen amigo. Qué más quisiera yo…!!

Ante esta gran ausencia que hoy siento, solo espero que estos años junto a mi amigo y compañero de vida, me hayan servido para ser mejor y para afrontar con valentía y serenidad el futuro.

Gracias Gandi por tanto amor y tanta compañía. Nos vemos pronto, y si no, no pasa nada, porque solamente muere quien es olvidado.

ODA A PABLO Y LETICIA

Hoy quiero aprovechar que España comienza su andadura en el campeonato del mundo para contar una historia que nada tiene que ver con el fútbol y algo, aunque sea a modo de complemento circunstancial de lugar, con España.

Es una historia de amor, de amistad, un proyecto de vida, de sueños, de ilusiones compartidas.

Es una historia feliz, un guión por escribir, un cuento que mañana añadirá uno de sus capítulos más importantes.

Mañana es el primer día del resto de la vida de dos grandes amigos, de dos buenas personas que no están juntas por casualidad, sino porque el destino les tiene guardada toda la felicidad que merecen, que creedme, es toda cuanta esta incierta y en ocasiones frágil vida pueda ofrecer.

Ropa, maquillaje, familia, amigos, llamadas, música, anillos, flores, nervios, prisas, detalles, sonrisas…

Es la hora, es el día!!

Por fin ha llegado este momento que tanto y tantos estábamos esperando.

Ya no hay nada más que hacer, o quizá sí, hay que hacer lo más importante, disfrutar del momento, de la compañía, del amor que uno siente mirándoos a los ojos, con tranquilidad, con la satisfacción de haber hecho todo lo necesario para que la celebración y todo lo que venga después sea un éxito.

El segundero pasa para todos igual, pero siempre parece transcurrir más despacio cuando estás esperando que llegue ese momento que durante tanto tiempo llevas soñado, ese momento en el que rompes con todo para poder volverlo a construir, ese futuro que llevas planeando por largo tiempo y que por ser de inmensa felicidad, lamentablemente pasará en un breve latido de inolvidable dicha a formar parte del pasado, de vuestra historia que ahora comienza con el nuevo día.

Un momento de calma, por favor. !Guarden silencio!

A escasos instantes de comenzar a escribir el siguiente capítulo de vuestra historia, conviene que echemos por un segundo la vista atrás y recordemos cómo hemos llegado hasta aquí.

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Han sido muchos meses de preparativos, de nervios, de buscar, de encontrar, de reír y de llorar.

En estos momentos de inmensa felicidad, no podemos olvidar que en la vida, tan pronto brilla el sol como de repente comienza a caer la lluvia con fuerza y, en ese parpadeo incesante es cuando de repente todo da un vuelco, pero la realidad demuestra que siempre vuelve a salir la luz del sol.

Hasta el mejor de tus sueños se evapora cuando la realidad te hace enfrentarte a un reto inesperado. No es una pesadilla, es la vida real, lo emocionante de los cuentos es no saber el final.

Los protagonistas de nuestra historia son dos valientes que en momentos  muy difíciles, que los ha habido y no hace mucho, han sido tan fuertes que merecen todo el respeto y la admiración de los que por suerte o por desgracia aun no hemos vivido lo que es levantarse una mañana y no saber qué va a ser de tu historia, de tu vida, de tus sueños.

En esos momentos difíciles fue cuando ambos nos enseñaron que merece la pena luchar por tu historia, merece la pena superar los miedos y merece la pena seguir adelante aunque parezca que no quedan fuerzas.

Los días pasan, las horas pesan. Vuelta a empezar. Vuelven los sueños que permiten continuar escribiendo la historia, vuelven las promesas, vuelven los deseos, vuelven las risas y aquí estamos otra vez, vencidos los miedos de aquél ya olvidado 20 de febrero, como el primer 28 de septiembre en el que nació una ilusión que hoy es real, que hoy es un hecho cierto, mañana nos juntamos todos para celebrar el reflejo del amor entre dos personas que proyectan ese amor en todas direcciones, que lo comparten con generosidad, que lo muestran sin temor, que sirven de espejo en el que reflejarnos los demás, que nos ayudan a ser mejores personas, que nos enseñan a luchar, a amar.

Este par de alocados comprometidos que mañana dejarán de serlo para pasar a otro estado (civil y de Facebook), son de esas personas de cuya compañía, sosiego, alegría, saber estar, sabias palabras y buenos consejos uno querría disfrutar toda la vida.

Es un orgullo para mí y una inmensa felicidad haber sido y continuar siendo testigo de este amor que mañana, si en algo ha de cambiar, es para mejor.

Dicho esto, solo me queda desearos que siga la fiesta y que Dios siempre enderece los renglones de los numerosos capítulos que os quedan por escribir juntos.

Madrid, a 13 de junio de 2013.

 

Marcos Lletget Pizarro

LA MALDITA SIMETRÍA DE LOS EJES ROTOS

Decía Santo Tomás de Aquino que Dios escribe recto con renglones torcidos.

Veamos qué hay de cierto en todo esto…

Hoy es Martes, 11 de marzo de 2014. Me he levantado a la hora de siempre. He desayunado lo de siempre y he puesto el telediario de siempre para ver las noticias de siempre, o eso creía yo…

Una oscura imagen remueve un pasado muy presente. Un silencio atronador perturba las legañas del lagrimal. Un recuerdo muy vivo de un atroz despertar. Una mañana crepuscular. El sol se nubla, no quiero hablar. Todo es lo mismo, pero nada igual.

Prosas y versos se han escrito sobre el 11-M. Ríos de tinta y mares de lágrimas por las víctimas y los heridos. Pero, ¿qué hemos aprendido en estos diez años?

A estas alturas de la película, me importa un pimiento quién fue, por qué lo hizo y qué pretendía conseguir.

La vida pone a cada uno en su sitio y aquéllos que aun hoy no duerman bien por las noches lastrados por el insomnio de una mala conciencia deberán responder (espero) en su momento ante los ojos de quien todo lo ve.

Más allá de las teorías que tanto daño han hecho a nuestra gente. Más allá de las mentiras, verdades a medias e invenciones que han cubierto de estiércol la memoria de las víctimas. Más allá de todo cuanto podamos inventar, creer, apostar o desear, más allá de todo lo vivido y lo olvidado, más allá está la respuesta de un pueblo huérfano, la unión, la solidaridad, el amor desinteresado, el amor de verdad.

No sería justo hablar de los madrileños como ejemplo ante la mayor adversidad de nuestra historia reciente. Madrid está acostumbrado a unirse y a vencer, pero no estamos solos.

Hablemos pues de las personas.

Los terribles atentados del 11 de marzo de 2004 (todavía tiemblan mis dedos al escribir esa fecha) trajeron a nuestro país algo maravilloso que parece haberse olvidado.

Trajeron una enseñanza que a algunos no les interesa recordar. Una moraleja olvidada que como si de la última página de la bibliografía de un mal libro se tratara, nadie leyó.

Llevamos ya años hablando de política territorial, de independencias ansiadas, de identidades impuestas, de nacionalismos utópicos, de reproches mutuos, de presiones políticas y, como no, de falta de valores, económicos y morales, se entiende…

¿Qué mayor crisis puede haber que la que tiene como resultado la pérdida de la propia vida?

¿Qué mejor ocasión que los tiempos de crisis para dar a los demás lo mejor de nosotros mismos?

Hoy levanto la vista, veo las imágenes de la gente corriendo hacia los trenes y pienso, en voz alta, que el archiconocido espíritu del 15 – M fue una pantomima que empezó con buenas voluntades y acabó siendo un campamento improvisado de gente con perros desnutridos tocando la flauta al sol.

Por eso yo no apelaré jamás al espíritu del 15-M, sino al espíritu del que no se ha hablado, pero que es más fuerte que ningún otro que hayamos conocido, el del 11-M.

El espíritu del 11-M es aquél por el cual cantidades ingentes de catalanes y vascos acudieron en masa a donar sangre para salvar vidas de madrileños que consideraban sus hermanos.

¿Qué importa la política cuando lo que está en juego es la propia vida?

¿A quién le importa quiénes somos, de dónde venimos, hacia dónde vamos, cómo nos llamamos, a quién votamos o por qué “luchamos” en nuestro día a día, cuando si cerramos los ojos no queda otra cosa que el silencio?

Todos nacemos y morimos solos. Todos necesitamos que alguien nos tienda la mano al nacer y al morir.

El espíritu del 11-M es aquél por el cual las personas no hacen diferencias, sencillamente porque no las hay. El pobre ayuda al rico, el culto al necio, el médico al enfermo, el psicólogo al desvalido y así hasta que no queda nadie necesitado de ayuda.

Todos fuimos uno. Todos remamos en la misma dirección. No importaba el soy, sino el somos. No importaba el quién, sino el por ti.

Hoy ya no importa el ayer ni el mañana, solo el ahora.

Y ahora, como hace diez años, la sociedad demanda a gritos que vuelva a despertar el espíritu del 11-M, para que todos nos demos cuenta de que son más las cosas que nos unen que las que nos separan y que juntos podemos superar cualquier adversidad.

¿Acaso somos idiotas?

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¿Necesitamos otro despertar de conciencias salvaje o sabemos leer entre líneas?

El 11 de marzo de 2004 no solamente se quebró la vida de miles de víctimas, heridos y familiares, también nació el espíritu de millones de ciudadanos anónimos que al menos por un día se tendieron la mano unos a otros sin importar las diferencias.

¿Qué fue de aquél maravilloso infierno?

¿Por qué nos limitamos a recordar lo sufrido y no recordamos lo vivido o lo aprendido?

En los peores momentos es en los que sale lo mejor de cada uno. ¿Significa eso que solo podamos sacar lo mejor de cada uno en los malos momentos?

Pues obviamente no, pero Dios escribe recto con reglones torcidos, no cabe duda, por lo que hay que aprender a leer entre líneas para comprender el sentido que queremos darle a nuestra propia existencia.

No seas necio ni cobarde, ¡¡aprende a leer!!

A once metros de la vida

Once metros es la distancia que separa el punto de penalti de la línea de gol, pero también es la distancia que en ocasiones separa el todo de la nada, la tranquilidad del caos, la esperanza de la insoportable realidad y, a veces, la vida de la muerte.

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Vivir o morir, una abismal diferencia que en ocasiones es solo cuestión de metros, de segundos.

Esa maldita variable espacio-temporal que nos absuelve o condena de la mano del azar en un parpadeo.

Quizá todavía alguien piense que somos dueños de nuestro destino.

Esta reflexión, desde luego, podría dar comienzo a una extensa tesis doctoral, pero hasta la fecha ni tengo tiempo para ser doctor ni derecho a ser tratado con tales honores. Por ello no me detendré en exceso sobre este asunto del destino. Solamente pondré de manifiesto mi sentir respecto a que a veces la vida se encarga de mandarnos señales inequívocas conducentes a que tomemos conciencia de que, de la noche a la mañana, con independencia de nuestra pendular voluntad, todo puede cambiar en un segundo sin que podamos hacer nada por evitarlo y a partir de entonces nada vuelve a ser igual. Hoy es uno de esos días en los que para mucha gente nada volverá a ser igual y para algunos ni siquiera algo volverá a ser.

Todos los días la gente muere. Columnas, videos y fotografías inundan nuestros medios de comunicación con gente inocente que sufre cada día sin justa causa. Sin embargo, lo que los periódicos no aciertan a ver es que hay gente que muere por el solo hecho de estar en el momento y lugar equivocado.

¿Destino? ¿Casualidad? ¿Suerte? ¡Qué más da…! el resultado y las posibles soluciones son las mismas. Nada.

Lo que todas estas personas tienen en común es que ninguna de ellas habría querido estar allí si hubieran sabido lo que les esperaba, lo que prueba el hecho de que no tenemos libertad ni somos dueños de elegir nuestro propio destino, pero supongo que eso, a estas alturas, ya lo sabe todo el mundo.

Cuando sucede un acontecimiento como el que se ha vivido en Boston este pasado lunes, lo primero que se pregunta la gente es quién ha sido. Mientras tanto, en un acto antinatural e inhumano, los padres entierran a sus hijos, los médicos de paz amputan miembros de infinidad de precozmente retirados deportistas y los cuerpos de seguridad se preocupan por encontrar al responsable de tal atrocidad.

Me parece bien que cuando alguna barbarie así sucede, cada cuál cumpla su función: los médicos curen, los policías investiguen y los familiares lloren, pero siempre me pregunto ¿qué hace el resto de la sociedad? Algunos lloramos también, pero otros ni eso…

¿Por qué no dejamos de llorar y nos ponemos a pensar? Pensar en el porqué de las cosas.

A la vista de estos sangrantes acontecimientos, a mí lo que más me preocupa no es el quién, sino el porqué. Por qué motivo alguien puede encontrar justificación posible para matar indiscriminadamente a personas inocentes. Por qué motivo puede haber gente con tal fanatismo político o religioso como para despreciar la vida de sus semejantes o incluso enaltecer su muerte.

Lamentablemente no encuentro respuesta, lo cual me asusta aun más.

Si tuviéramos respuestas convincentes sobre el motivo que puede llevar a un desalmado a cometer tales actos de lesa humanidad (en su concepción ética, que no jurídica), al menos tendríamos alguna posibilidad de solucionar el problema, pero lamentablemente no existen respuestas posibles a esas preguntas, por cuanto respuestas podemos recibir, pero no creo que nos convencieran.

Quizá estemos todos locos. Quizá haya demasiada gente en el mundo como para que exista un clima de convivencia pacífica dentro de la evidente diversidad. Quizá haya otros intereses en juego que van más allá de la propia vida de tres pobres víctimas cuyo único error fue estar a menos de once metros de la causa de su muerte.

Evidentemente, matar a personas inocentes en defensa de unos ideales o en nombre de un supuesto Dios, que en el caso de existir, por cierto, reprobaría tal actitud, no es una novedad histórica, sino una constante. Sin embargo, me niego a pensar que este tipo de comportamientos inhumanos que, no olvidemos, los propios americanos también practican cada día con sus teóricos enemigos en defensa, paradojas de la vida, de la paz y de la seguridad, deben formar parte de nuestro día a día con la sola justificación de que aquí, el que más y el que menos, tiene razones para matar a sus semejantes sin ni siquiera conocerles.

Da igual, no importan tampoco las causas. No importan las razones, porque no pueden existir razones suficientemente fuertes.

Lo importante no es conocer las razones, sino sacar conclusiones.

En mi opinión, la primera sería que nada, repito, nada justifica la muerte de un niño, se llame Martin, Mohamed o Sukhwinder, muera en Boston por un atentado terrorista, en Pakistán en una operación “de paz” del ejército americano o en la India de desnutrición.

Si alguien se atreve a argumentarme fundadamente que una vida vale más que otra dependiendo del origen de la víctima, dejando de lado los términos económicos que poco importan en este asunto, estaré encantado de escucharle. Si no, mejor que empiece a entender que el hecho de que los periódicos den más importancia a la muerte de un niño en Estados Unidos que a la de veinte en Somalia no es porque la vida de estos últimos valga menos, sino exclusivamente porque la de aquéllos se parece más a la nuestra, por eso sentimos más empatía con los que sufren en nuestro hemisferio del globo y por eso yo escribo estas líneas en su memoria, no desde luego porque piense que ellos valen más o merecen más respeto o atención por mi parte.

La segunda cuestión importante que debemos extraer de todo esto es que, por unas razones o por otras, no somos dueños de nuestro destino y, no sabemos qué nos deparará el futuro, cuestiones que también invito a que quien se vea con argumentos suficientes me rebata.

Por ello, teniendo en cuenta que no sabemos lo que nos deparará el día de mañana, os invito y casi obligo (ya me lo agradeceréis) a que aprovechéis el día de hoy.

¿Cómo?

Haciendo aquellas cosas que de no hacer hoy, siempre os arrepentiríais de no haber hecho si mañana estuvierais a menos de once metros de vuestro destino.

Yo desde luego tengo claro lo que voy a hacer hoy, ¿y tú?

 

 

Renacer

A veces la propia vida demanda un cambio, para lo cual primero necesitamos una jornada de reflexión que permita razonar el camino a tomar en adelante.

Tras varios meses de letargo, muchos pensarán que beneficioso y pocos que suficiente, creo haber entendido el sentido que quiero darle a este espacio de reflexión que comparto con quien quiera perder su tiempo en esta hasta ahora esperpéntica ventana que a partir de hoy luce con nuevos visillos de mayor transparencia.

A la vista de este apasionante renacer, me he propuesto dar, por fin, el sentido que pretendía darle inicialmente al blog, sentido que no os voy a explicar, porque sería una opinión meramente subjetiva que dista mucho de mi pretensión de que el sentido no sea más que el que cada uno quiera darle, no ya al blog, sino a su propia existencia.

En mi caso, por deformación profesional, me considero un, desgraciadamente a veces monocular, observador de la sociedad y sus costumbres. Y lo cierto es que no me gusta lo que veo.

No me gusta que en la sociedad de la que me ha tocado formar parte, los miembros  no tengan la valentía para decir, unánimemente, que ya está bien, que ya están hartos, que ya no pueden más. No me gusta, porque no me creo que no tengan la capacidad para organizarse y obtener mayor poder.

Los obsoletos gobernantes, sean del lado que sean, pueden estar tranquilos mientras se cumpla la máxima falsamente atribuida a Julio César “Divide et Vinces”, porque en esta sociedad, salvo excepciones, lo cierto es que nadie mueve un dedo por nadie (con esto no pretendo alentar las opiniones de quienes ayer ayudaron a cruzar a un viejecito a la otra acera o se pusieron una pegatina reivindicativa sobre sus “Haute Couture”, sino que, más bien, estoy hablando de una conciencia social, no confundir con socialista, por favor.)

¿Por qué se suicida el desahuciado en la sociedad de la que formo parte? No solo porque le quitan su casa unos bancos (que siendo co – responsables de esta crisis, paradojas de la vida, siempre han tenido a papá Estado para echarles una mano a tiempo), sino sobre todo porque se sienten incomprendidos por una sociedad cuyos miembros solo son capaces de reflejarse en la piel de quien sufre cuando es a ellos a los que les toca sufrir en sus propias “carnes” (permítaseme la clarificadora vulgaridad).

En una sociedad en la que cualquiera tiene acceso a apropiarse de lo ajeno, el problema no es económico, el paro y los desahucios son solo la consecuencia del origen de la decadencia de esta sociedad, que no puede ser otro, que la crisis de valores de sus miembros, que la falta de conciencia común de sociedad y la falta de conciencia unitaria de miembro de aquélla, que en su condición de tal debe actuar en beneficio de todos.

Puedo aceptar que se eche la culpa a los gobernantes de turno (elegidos, por cierto, por los miembros de esta sociedad) por ser quienes en última instancia toman las decisiones que nos afectan a todos, pero debemos entender que los gobernantes, en regímenes democráticos, por la propia naturaleza del sistema, no son más que el reflejo de la sociedad que les vota en cada momento. Pésimos gobernantes nunca serán elegidos por una sólida sociedad, del mismo modo que nunca llegarán ilustrados gobernantes al poder en una sociedad carente de valores, es un hecho irrefutable para cualquiera que disponga de cierta memoria histórica (no confundir con la del ex Magistrado Garzón, que muy bien no honra a los muertos si se arrejunta, supuestamente, con una “ilustre”, que no ilustrada, viuda de alguien que sí lo fue; pero esa es harina de otro costal y no me quiero manchar, hoy, las manos en ella).

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¿Que los políticos nos mienten? Es un hecho, sobre todo si tenemos en cuenta que es económica y socialmente imposible cumplir todo lo que prometen, pero como esto no todo el mundo tiene porqué saberlo, al menos deberíamos estar en condiciones de evitar que nos mintieran dos veces, para lo cual hace falta una conciencia que no tenemos, de momento.

Para no dejar que nos mientan y que hagan con nosotros lo que quieren, lo primero que tenemos que tener es conciencia de grupo, lo cual es altamente improbable en una sociedad en la que cualquier lego tiene acceso a lo ajeno y, teniendo ese acceso, carece de valores que le permitan luchar contra esa poderosa “Vis Attractiva” que lleva a todo hijo de vecino (y propio, aunque cueste más reconocerlo) a quedarse con cuanto no le pertenece, sin importar a quién se lo está arrebatando y cuánto daño puede reportarle al perjudicado esa circunstancia.

“Yo soy yo y mis circunstancias”, que decía Ortega y Gasset, y ese pensamiento está muy bien y es absolutamente cierto, el problema reside en saber determinar cuáles son las circunstancias de cada uno. Para muchos, entre los que vergonzosamente tengo la desdicha de encontrarme, que al vecino de enfrente le desahucien no les va a suponer problema alguno. Mientras yo tenga trabajo, gente que me quiera alrededor y un techo bajo el que recostar este cuerpo inánime, todo va bien, no hay problema, esta no es mi guerra, yo bastantes problemas tengo con aguantar que el eterno rival vaya a ganar otra vez la Liga este año.

Empatizar no es más que darse cuenta de que mañana podrías ser tú el que necesite del vecino de enfrente, razón por la cual hoy debes ayudarle tú a él (es una cuestión de inteligencia preventiva). Esto no solo pasa con el drama (para algunos) de los desahucios, sino que sucede en todos los órdenes de la vida. Cuántas veces vemos las listas infinitas de fallecidos en nuestras carreteras y pensamos, hay que ver lo mal que conduce la gente, a mí eso no me puede pasar. No hay mayor síntoma de embriaguez antisocial que pensar que estamos exentos de sufrir algo en nuestras carnes por el hecho de que nos creemos poco menos que herederos legítimos del mismísimo Dios. Nada más lejos de la realidad, amigos. Hijos puede, pero herederos, no sé muy bien de qué y con qué derecho.

Hablando de herencias, hoy mismo he leído en la prensa que ha venido al mundo un nieto de Amancio Ortega, gran patriota, gran luchador y miembro ilustre de esta sociedad.  Se antoja complicado que el neonato vaya a sufrir a lo largo de su vida desahucio alguno, pero eso no le da derecho a estar al margen de los problemas y sufrimientos de la sociedad de la que forma parte. No todos los capaces de empatizar con el que sufre tienen que ser pobres (en lo material, ya que posiblemente sean ricos de espíritu), por cuanto eso no tiene mérito alguno, ya que lo fácil es estar con el que sufre cuando tú también lo sufres, sin embargo, lo verdaderamente meritorio es empatizar con el que sufre cuando tú estás en el mejor momento de tu vida, porque ahí es donde se demuestran los verdaderos valores de una sociedad.

Esta sociedad demanda a gritos un cambio, cambio que tiene que empezar irremediablemente por nosotros mismos. Cambio que pasa por pensar como sociedad y no como egoístas individuos con cada vez más reducidas circunstancias.

Dicho esto, solo me queda alentar a que el cambio se produzca cuanto antes y pedir perdón por haber participado activamente en la desintegración de esta malherida sociedad.

Cataluña: ¿Un nuevo Estado de Europa?

Coincidiendo con la exhalación del último aliento del día de la “orgía” nacionalista en los territorios históricos de nuestra (para algunos todavía) “amada” España, voy a tocar un tema que no poca polémica genera en nuestro país (para que no haya dudas, las referencias a país se deben entender hacia el Reino de España, ya que para referirnos a Cataluña, siguiendo los dictados de nuestra Norma Suprema y hasta que ésta no se modifique debidamente por intereses políticos o económicos que nada tendrán que ver con la defensa de la cultura y de las raíces de quienes demandan ansiosamente el cambio, utilizaremos el término Comunidad Autónoma o, en su defecto, territorio histórico, por imperativo legal).

España puede parecer muchas cosas, una realidad plurinacional, un ente opresor que no permite a los pueblos ejercer su derecho de autodeterminación, quizá el enemigo. Pero lo que es seguro es que esa distorsión de la realidad que se ha enseñado deliberadamente en los Colegios y Universidades de Cataluña es el motivo por el que durante tantos años estos territorios han estado disfrazando su desastrosa gestión con el apoyo de papá Estado (muchos dirán que “y viceversa”), cumpliendo la máxima inspirada en el Arte de la Guerra por la cual “si no puedes con tu enemigo, únete a él”.

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Este matrimonio de conveniencia que es la realidad autonómica, que tiene por causa de nulidad radical la ansiada libertad de sus territorios históricos, está abocado al fracaso, como todos los matrimonios en los que al amor –por parte de alguno de los cónyuges-, ni se le ha visto, ni se le espera.

En un día como hoy, en el que los periódicos vienen inundados de banderas autonómicas (cuando no anticonstitucionales), deberíamos pensar no tanto en las incuestionables ganas, de millones de propios y extraños, de que el divorcio se produzca lo antes posible [paradojas de la vida, en Cataluña el régimen económico matrimonial que se (im)pone por defecto es el de separación de bienes, cuestión ésta que no dejan de repetir aquellos que pretenden que se les devuelva lo que no sé conforme a qué derecho hacen suyo (para saber de lo que hablo es suficiente con darse un paseo por la Calle del Expolio, antigua Calle Gibraltar, de Salamanca], sino que deberían analizarse, aunque fuera sucintamente, las consecuencias del divorcio que pretenden.

Cataluña a día de hoy es una Comunidad Autónoma de gran desarrollo industrial y con una riqueza cultural fuera de toda duda que forma parte y engrandece al país en el que lamentablemente (para algunos) se encuentra.

Sin embargo, Cataluña, en el momento de independizarse, se convertirá (ojo, esto no es una opinión, es un hecho jurídica y políticamente incontestable) en un territorio, que no un Estado, ni Nación, ni País, de pocos millones de personas con una lengua que no habla nadie más en todo el mundo, cuya existencia dependerá del reconocimiento internacional (¿recordáis a Kosovo o al Sahara occidental?, pues cuando las barbas de tu vecino veas pelar…).

Una vez obtenga el reconocimiento de la comunidad internacional y pueda ser llamado Estado independiente, para lo cual pueden pasar años, tendrá que solicitar la entrada en la UE, no sin antes aceptar el acervo comunitario y cumplir con los criterios de adhesión de Copenhague, debiendo ponerse a la cola y esperar a que la UE se pronuncie sobre el destino de, entre otros Estados, Turquía, o los Balcanes occidentales (Macedonia, Bosnia – Herzegovina, Albania, Serbia y Montenegro), que llevan años siendo “candidatos”; para finalmente esperar a que por unanimidad, los Estados miembros (27 a día de hoy) se pronuncien en sentido positivo sobre la entrada del nuevo candidato. La unanimidad, para los legos, significa que un solo voto en contra (que bien puede ser el de España, si las cosas no se hacen como se debiera), te hunde en el mediterráneo.

Por lo tanto, la primera consecuencia de la independencia de Cataluña sería su expulsión inmediata de la Unión Europea, ya que no hay ninguna base legal para que la Unión reconozca automáticamente el nacimiento de un Estado miembro fruto de una secesión (insisto, no es una opinión, es un hecho).

Otro de los efectos inmediatos e inexorables de la salida de Cataluña de la Unión Europea sería la pérdida de las ayudas comunitarias actuales (no contamos aquí los casi nueve mil millones de euros recibidos por Cataluña de la UE, gracias a que formaban parte de España, entre los años 1986 y 2006, procedentes de fondos estructurales y de cohesión).

La salida de la Unión Europea también supondría la salida del euro. Inexorablemente Cataluña se vería obligada a acuñar una moneda propia, ya que le sería imposible fabricar euros ni, por supuesto, volver a la peseta, por cuanto un estado no puede poner en curso legal una moneda de otro Estado. Y aquí es donde se acrecentarían los problemas, pues esa moneda de nueva creación en la que bien podría salir la cara de Lionel Messi, no tendría ningún valor en los mercados de divisas y experimentaría una progresiva devaluación hasta valer lo mismo que cualquier piedra que nos encontremos en el camino de subida a Montjuic.

Indudablemente, los mayores perjudicados serían los empresarios catalanes cuyo principal mercado para distribuir y vender sus productos es precisamente España. En lo que respecta a la libre circulación de mercancías, uno de los principales puertos del mediterráneo, como es el de Barcelona, sufriría unos controles y restricciones que lo harían menos apropiado para el transporte internacional de mercancías que el muy cercano y comunitario puerto de Valencia. Estos y otros dislates producirían la fuga de cerebros, de capitales y de empresas que llevaría al amado y próspero territorio histórico a una recesión que le igualaría con países dejados de la mano de Dios. Las exportaciones se encarecerían debido al pago de aranceles y un más que probable boicot a los productos catalanes acabaría de hundir a Cataluña en la quiebra económica (amén de la soledad política antedicha de la que “disfrutaría” desde el minuto uno de su declaración de independencia). Las innumerables pérdidas sumirían al nuevo Estado catalán en la crisis más absoluta. Las multinacionales trasladarían sus plantas de producción a otros países con mercados más amplios, emergentes o permisivos y se destruirían puestos de trabajo de forma exponencial.

En definitiva, las consecuencias de la independencia son, a corto plazo, la pérdida de la condición de miembro de la UE, con la consiguiente pérdida de las libertades comunitarias de que ahora disfrutan las personas físicas y jurídicas catalanas (que en el preciso instante de ser “independientes”, no podrán circular libremente por los Estados miembros, siendo tratados a todos los efectos como ciudadanos de un tercer Estado y eso, cuando hayan sido reconocidos como Estado, ya que antes, muy posiblemente, los catalanes serán considerados apátridas, con el consiguiente problema que esta condición presenta incluso para cruzar a Perpiñán).

Amigos, es evidente que muchos de los que a estas horas enaltecen la independencia en una suerte de impúber sentimiento nacionalista -aun siendo sinceros amantes de una tierra cuyo sentimiento compartimos-,  desconocen las consecuencias de las demandas que con tanta vehemencia como inconsciencia defienden. Sin embargo, me cuesta creer que quienes deban tomar la decisión final, aun a riesgo de no estar legitimados para ello, desconozcan las consecuencias de tal decisión. Pero lo que es evidente es que tener a una multitud exaltada defendiendo un ideal que “comparte” con algunos de sus gobernantes es lo más conveniente para aquellos cuyo éxito profesional depende, no de los ideales que compartan con sus votantes, sino de los que en defensa de dichos votos sean capaces de proyectar. Qué razón tenía Groucho Marx, cuando, supongo que pensando en la clase política decía aquello de: “estos son mis principios, si no te gustan, tengo otros…”

Os adelanto que jamás, oídme bien, jamás se va a independizar Cataluña de España, salvo que cambien las reglas del juego nacional e internacional, momento en el que poco o nada importarán ya los votos a aquellos oportunistas que hoy posan con la senyera conocedores de que lo que pretenden defender es una quimera que en la práctica se antoja imposible, al menos de momento. Y de paso consiguen que no se hable durante una temporada de su despilfarro, mala gestión y verdadero “jolgorio” a cuenta del Estado español. Claro que, en esto último, no serían los únicos….

Por lo pronto, recomendaría a los que ansían tanto la independencia catalana que, para no sufrir tanto las consecuencias de tal aberración, vayan cambiando ese principio tan catalán, como es el que dice que “la pela es la pela” porque ya no sería posible sacar de donde no hay…

Mientras tanto seguiremos brindando con cava catalán todos los españoles al grito de “salut i força al canut i que l’any que ve sigui més gros i més pelut”.

Sobre el aborto y otros dislates

La inminente aprobación de la reforma de la Ley del aborto impulsada, paradójicamente, por el Ministro que se creía más “progresista” de los que forman el gobierno, ha creado un debate social que hace opinar a propios y extraños, a legos y eruditos.

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Necios y sabios han compartido opiniones, vivencias y descalificaciones recíprocas a lo largo de los últimos días. Estas opiniones habrán permitido a algunos conocer los entresijos de la materia y a otros, conocer los estigmas y carencias de los interlocutores.

Como tengo opinión propia sobre el aborto, me voy a centrar, si me lo permitís, en opinar sobre los argumentos de los interlocutores, lo que, a buen seguro os dará luz sobre mi propia opinión en la materia.

El motivo que impide hablar del aborto con cierta perspectiva es el trasfondo político que, erróneamente, sigue habiendo detrás de las opiniones que se vierten al respecto. De este modo, parece que ser pro abortista es muy “progre” y ser pro vida es de “fachas”.

Nada más lejos de la realidad, amigos. Simplemente es una cuestión de valores, de prioridades, de responsabilidad. No voy a dar nombres, pero conozco gente que jamás votaría a la derecha y que jamás decidiría prescindir de su hijo si le dijeran que va a nacer con síndrome de Down. Lo que es más difícil de encontrar es gente de derechas que diga que sí lo haría (lo cual no significa que luego no lo haga, ojo). No hace falta retrotraerse mucho en el tiempo para revivir las excursiones casi semanales de tantas jovencitas y menos jovencitas de “ilustres familias” de la época al Reino Unido para esconder o eliminar –en su concepto pretendidamente aristocrático de la vida- la deshonra de un hijo nacido al margen de los cauces formales establecidos por la sociedad. Alguien preconiza que, con las nuevas reformas, volveremos a aquella situación. Bendita dificultad si, con ello, salvamos la vida de una mayoría de no nacidos.

Dicho trasfondo político solo lo deja atrás el que puede hablar desde su propia experiencia, ya que al final, no se trata de ser de izquierdas o de derechas, sino de darse cuenta de que la vida es cuestión de prioridades.

He leído opiniones de grandes “eminencias” en el mundo de la sanidad que abogan por la permisividad del mal llamado aborto terapéutico (aborto inducido justificado por razones médicas).  Y me he preguntado: ¿Terapéutico para quién? ¿Para los padres que, víctimas de su propio egoísmo, optan por acabar con el “sufrimiento” propio, justificándolo en el de su hijo, aun a riesgo de cargar con ese pesar el resto de sus vidas? No sé que adjetivo califica mejor este comportamiento, inteligente o valiente…

También he leído opiniones de padres de niños enfermos que optaron por seguir adelante y el tiempo les ha permitido hacer felices a sus hijos durante los dos, diez o veinte años que han vivido, lo que les ha proporcionado una felicidad y una paz interior que ni tiene el médico que practica los abortos con la tranquilidad moral de quien opera de apendicitis, ni mucho menos los progenitores, que no padres, que banalizan nada menos que la vida humana.

Apartemos ya ese discurso del trauma sin precedentes sufrido por quien opta a eliminar la vida de su hijo. No es así siempre ni en todos los casos. Hemos oído declaraciones que comparan una interrupción del embarazo con una intervención quirúrgica más. Nuestra sociedad, reconozcámoslo, ha creado ya este tipo de monstruos capaces de mantenerse imperturbables ante pecados (no ya religiosos, que también, sino éticos) de tal magnitud.

Alguno de los interlocutores más reconocidos pone el grito en el cielo preguntándose quiénes somos para prolongar el sufrimiento de otra persona pudiendo matarla. Sin embargo no se preguntan quiénes somos para quitarle la vida sin preguntarle si prefiere luchar por ella.

¿Acaso es moralmente lícito quitar la vida a alguien para evitarle un supuesto sufrimiento futuro sin conocer antes su opinión sobre su propia existencia? Yo, si queréis saber mi opinión, lo encuentro reprobable, por no decir genocida. Este razonamiento Hitleriano justificaría que matásemos a todos los niños que pasasen hambre en el mundo, total, dentro de poco morirán de hambre, por lo que cuanto menos les prolonguemos la agonía, mejor.

Tras la lectura de diversas opiniones encontradas, me pregunto cuántos padres de niños enfermos que optaron por seguir adelante, en lo que a priori podría parecer un perjuicio a su propio bienestar, se han arrepentido de ello. No creo que haya ninguno. O acaso alguien conoce a un padre que se haya arrepentido de haber visto nacer a sus hijos…

Seguidamente, me pregunto cuántos padres frustrados se han arrepentido de haber optado por vivir una vida que creían sería más fácil sin el amor de sus hijos enfermos. Como no quiero generalizar, apostaré que más de uno.

Yo le preguntaría a todas esas mentes privilegiadas en cuyas manos y cerebro está la salud de nuestros hijos ¿Qué diferencia hay entre matar a un nasciturus enfermo y a un adulto enfermo, deprimido o que sufre? Yo considero que la única diferencia es que en el segundo caso al menos podemos preguntarle antes si quiere que le matemos.

He llegado a leer, incluso, y no de cualquier analfabeto (aunque bien podría pasar por uno de ellos) sino de una de las mayores autoridades de neurocirugía de nuestro país, decir que esta reforma de la Ley del aborto va a suponer un incremento de la tasa de enfermos nacidos en nuestro país que nos va a relegar a la cola del primer mundo en la materia y que su tratamiento paliativo va a suponer unos elevados costes que no nos podemos permitir, razón por la que deberíamos evitar llevarla a cabo, es decir, deberíamos procurar matarles cuanto antes. Por el amor de Dios, se me revuelve el estómago solo de pensar en los argumentos de quien presume haber visto el sufrimiento de miles de niños enfermos y tener su opinión formada en base a ello.

Vamos a ver, ídolo caído, ¿acaso a alguno de los niños a los que has “tratado” les has preguntado si hubieran preferido no haber nacido? Suerte que ya estés jubilado porque si no igual el empeoramiento de las tasas de nacidos sanos te iba a procurar un sufrimiento de tal magnitud que seguramente se te haría la vida tan insoportable como en tu opinión se le hace a quienes acogen cuidan y acompañan a sus hijos con problemas. ¿O acaso, por el contrario, conservas todavía la vocación y el compromiso por aliviar y contribuir a mejorar la calidad de vida de todos? Uno piensa que en eso consiste ser médico y no en eliminar el problema sin combatirlo.

Si nuestros médicos solo se preocupan por las estadísticas y nos invitan al aborto a la menor anomalía que se nos presente, estamos en una sociedad en la que solo importan las banalidades, los números, el dinero y la fama. Me niego a pensar que haya gente que piense como este “señor”. Me niego a compartir sociedad con gente de tal catadura moral porque me dan miedo. Una sociedad que no valora más que el éxito, el prestigio, la buena imagen, el atractivo físico, el poder y el dinero es  la mejor representación de esa cultura del escaparate, de lo epidérmico, del “tanto tienes tanto vales”. Antes se llamaba cultura light lo que ahora yo llamaría cultura vacía, o peor aún, cultura “llena de vacío”.

¿Tú de qué lado estás? Eres de los que renunciarían a su propia vida por aportar felicidad a la de sus hijos? ¿O de los que se la quitarían prematuramente en defensa de su propia “felicidad”?

Desde luego, de lo que no hay duda es que en el pecado llevamos la penitencia. Que Dios nos perdone.

Ni recortes, ni reformas. Una nueva ética

Estoy, desde hace meses, intentando mirar en profundidad a mi alrededor para contemplar lo que está sucediendo en esta España, en otro tiempo lugar en el que no se ponía el sol, y ahora “muñeco de feria” de una Europa que dirige nuestro destino y el destino de todos y cada uno de los que nos vemos obligados a pagar lo que -no tan pocos- han derrochado a lo largo del tiempo.

Es necesario tener una pequeña dosis de sensibilidad para comprender que una paga extraordinaria puede ser la salvación de una familia en el cómputo global de sus ingresos anuales. Es necesario disponer de un minimo de capacidad de empatía para darse cuenta de que una paga extraordinaria puede equivaler, incluso, a unas pequeñas vacaciones, a unos regalos navideños en ese clima de familia que aún defienden muchos pese a que institucionalmente, todos, están haciendo un buen esfuerzo por destruir, puede equivaler tambien a la venida de los “reyes magos” en tantas casas en las que, afortunadamente, todavía hay niños que disfrutan de esa fiesta inolvidable a lo largo de la vida.

Pero hay que acabar con este despilfarro de pagas extraordinarias y, por lo tanto, seguir perjudicando la economía familiar y ajustada de muchos médicos y enfermeras dedicados a proteger la salud de las personas con un nivel de entrega y cualificación extraordinarios, la de tantos maestros y maestras de envidiable dedicación a la educación de esos niños y jóvenes que solo ellos saben las dificultades que plantean y a las que se enfrentan a diario, no solo con el discente sino con sus familias, la de otros servidores públicos, fuerzas de seguridad y un largo etcétera que ya no podrán ni viajar a sus pueblos en navidad mientras que diputados europeos votan, como lo hicieron en el mes de abril pasado, en contra de una propuesta que les proponía dejar de volar en business para pasar a turista. Esta es la ejemplaridad, el talante solidario y la “valentía” de nuestros politicos a la hora de adoptar medidas muy dificiles….

Menos mal que, probablemente, a partir de 2015 habrá algunos concejales menos, ya hoy hemos amortizado dos empresas públicas de las 600 que se comprometieron nuestras Comunidades Autónomas a suprimir por ineficaces, duplicadas, triplicadas o cuadriplicadas…

Menos mal que las televisiones públicas ya van a ser privatizadas para descargarnos de ese gusto inútil. Menos mal tambien que disminuirán las embajadas representativas de gobiernos nacionales antes representados por las embajadas españolas, menos mal que desaparecerá la traducción simultánea en la cámara alta, tan eficaz, importante y necesaria para la buena gestión de los fondos públicos en España.

¿Qué clase de broma es esta? ¿Qué clase de políticos tenemos que, en momentos de tan extrema dureza, desaparecen de su escaño, mientras se debaten los recortes presentados por el Presidente del Gobierno y no quedan más de 50 ó 60 dentro del Congreso? ¿Qué clase de falta de respeto, de irresponsabilidad y de burla es esta hacia el conjunto de los españoles?

¿Cómo podemos asistir impasibles al ferial de un Consejo General del Poder Judicial cuyos miembros son incapaces de explicar sus gastos cuando hace dos días han echado a su Presidente por una razón similar? ¿Cómo pueden llevar cuatro días de reuniones en los que han sido absolutamente incapaces de designar un nuevo Presidente?

¿Como soportar sufridamente que los que hace ahora quince años cometían o aplaudían asesinatos como el de Miguel A. Blanco, hoy nos gobiernen, representen y cobren a costa de los funcionarios que, entre otros,  no podrán disfrutar de las navidades? Y que encima no condenen lo que hicieron..

¿Cómo contentarnos con que partidos politicos y sindicatos se vean afectados por una disminución en sus subvenciones cuando lo que tenían es que desaparecer inmediatamente todas ellas?

Es una indecencia, sí, lo es, que un concejal de festejos de cualquier pueblo de España, al que no se le exige cualficación alguna para el desempeño de tan relevante función, tengo un salario superior al de un maestro, un catedrático de universidad, un cirujano, una enfermera, un bombero, un policía nacional, un camarero que trabaja once horas en el único sector que produce un beneficio todavía en este país….

Y me dirán que ¡ya basta de demagogia barata! Ya sé que ésta es la mejor defensa cuando se pone el dedo en la llaga.

Y me dirán que es muy fácil criticar, que qué alternativa propongo, que es muy fácil ver los toros desde la barrera…

Claro que hay alternativas. Muchas.

La primera y principal, el ejemplo sin límite, la justicia, la honradez como normas generalizadas y no meras excepciones.

Principios éticos en un pais en el que el ladrón devuelva lo robado, el corrupto sea juzagado con la misma agilidad que el funcionario a la hora de disminuir sus ingresos, el banquero devuelva y/o renuncie a lo que ahora tenemos que pagar entre algunos para poder compensar sus desmedidas pensiones e indemnizaciones, el defraudador fiscal no sea premiado por habernos robado a todos y todavía exija condiciones más laxas para restituir una minima parte de lo robado y por lo que ahora debemos asumir un incremento del IVA.

Estoy dispuesto a ser el primero en asumir cualquier medida que contribuya a una salida de esta crisis de valores siempre y cuando se empiece por ahí, por una recuperación de los valores que han dado lugar a tanta mentira, tanta indecencia y tal desastre como el que ahora padecemos.

No estoy dispuesto a tapar agujeros para enmascarar una situación sin salida ni menos aún para volver a recuperar lo que nos ha llevado a este momento.

Por favor, pido, exijo a nuestros políticos que afronten el presente y el futuro no con la valentía de seguir recortando derechos sociales y/o laborales, sino recuperando los principios y valores éticos sin los cuales estamos condenados al fracaso.

Ni recortes, ni reformas siquiera estructurales. Exijo reformas morales.

¿Alguien está dispuesto a gobernar en esta linea?

Para llevar a cabo esa reforma moral se precisan personas formadas, intelectualmente vigorosas y eticamente intachables. Se requiere la puesta en marcha de un movimiento social capaz de liderar estos principios sin sospecha de adscripciones políticas, sindicales, ni de ningún otro tipo.

Por favor, hacednos llegar vuestra opinión al respecto. El loro falaz no es, no puede ni quiere ser un “mero blog” que no tenga repercusión en la vida de las personas. Seamos capaces de construir algo sólido, con sentido, una alternativa moral a todo este caos.

Política criminal: la panacea de los hombres

Aquí tenemos una nueva colaboración de nuestro criminólogo en ciernes….

Desde los albores de la Política Criminal, allá por el siglo XIX se ha venido observando un vanguardista progresismo del que pocas ciencias pueden presumir de ser tan precoz y avanzado a su contexto socio-cultural. Este hecho sin precedentes nos obliga a plantearnos los motivos que fuerzan tal irregularidad histórica. Así pues, encontraremos su fundamento en que cuando una civilización decide que sea la comunidad (el Estado, por lo general) y no el propio individuo el que asuma el monopolio del ius puniendi se arrebata a las víctimas su capacidad de vendetta; y, en este sentido, la comunidad debe presentarse como un ente ecuánime, incapaz de errar cegado por la retribución y las pulsiones más inflamables e innatas en los hombres. Se trata entonces de evitar un ciclo vicioso de sucesivas venganzas recíprocas, contraproducente para una paz social. La violencia engendra violencia. Qué mejor cita de autoridad de el “Ojo por ojo y al final el mundo acabará ciego” de Mohandas Karamchand Gandhi.

Tras lustros de represión y planteamientos vindicativos, surge a finales del siglo XVIII y gracias al pensamiento ilustrado que heredamos de tan excelsos coetáneos como Voltaire, Montesquieu, Rousseau, o Hobbes; una concepción progresista y de gran pragmatismo acerca de la política criminal que cambiaría el curso de esta ciencia hermana del Derecho Procesal-Penal y la Criminología. De hecho, ya entonces el Marqués de Beccaria plantea que la finalidad de las penas, otrora desmesuradas y sin más fin que el de resarcir la morbosa vindicta del ofendido; no es la de atormentar al causante del daño, ni deshacer el ya acontecido mal, sino impedir que el delincuente cometa más ilícitos y, simultáneamente, inducir al resto de la sociedad en ejemplo para evitar que imiten su conducta desviada. Las imposiciones deben de resultar lo menos dañinas posibles al ofensor y que posean la máxima capacidad de impresión y calado sobre la sociedad. En definitiva, la pena debe de ser, en palabras de Cesare Bonnesana: “pública, pronta, necesaria […] proporcionada al delito y dictada por las leyes”, nullum crimen sine lege et non bis in idem.

Con la misma ferocidad con que los pre-citados autores llevaron a cabo sus cruzadas contra la moral y la ética de un sistema retributivo, el ilustre Howard humanizó el Derecho Penitenciario. En él se gestaba la concepción de una pragmática realidad donde las prisiones tornarían en centros de reeducación y resocialización donde al reo no se castiga o se tortura, sino reahibilita y reconduce para una reinserción en la sociedad. Éste pensamiento escora hacia su vertiente más utilitarista con J. Bentham y su panoptismo allá por el año 1822, arraigando cual estigma bajo la piel del primer Código Penal español con la misma vehemencia flagrante con que un caudillo arenga a sus huestes en la contienda.
Muchas escuelas de dispares dogmas son las que el hombre ha derramado por la historia como la esencia de Hera al súbitamente separar a Herácles de su seno y conformar la Vía Láctea. Pero la que, a mi parecer, mayor mención merece cum laude es la denominada Escuela Sociológica de Marburgo; basada en el positivismo sociológico se encuentra representada en su cénit por el egregio Franz von Liszt. Para esta vertiente político-criminal el delito es entendido tanto como un producto de la naturaleza individual del delincuente, como de sus circunstancias sociales, físicas y económicas. “Yo soy yo y mi circunstancia”, que diría José Ortega y Gasset; y en lo que respecta a la predisposición al delito, no iba a ser menos.

La solución para combatir el delito no se encuentra en el endurecimiento de la ley, ni en el aumento cuantitativo de penas privativas de libertades y derechos. Sino en la lucha contra las causas del delito, su prevención y, si procede, la búsqueda de un equilibro vindicativo-resocializador. Alejémonos de concepciones basadas en una empatía retributiva con las víctimas y abracemos una concepción más humana y pragmática de la finalidad de la aplicación de las leyes.

El hombre ha necesitado alrededor de dieciocho siglos en concebir una política criminal acorde a la complejidad y circunstancias humanas digna de ser aplicada. ¿Cuántos siglos necesitarán nuestros políticos en comenzar a adoptarlas? ¿Cuánto tiempo más necesita la sociedad para comenzar a exigir dichas medidas? ¿Cuántas injustas leyes y sentencias, cuántas defraudantes concepciones de lo que es la justicia? Tres siglos nos contemplan ya desde que el hombre acuñó las anteriormente mencionadas reflexiones. Que el pueblo no sucumba a la congoja, pues el cambio es posible. Memento, tempus fugit. En las manos de todos se encuentra la capacidad de cambio, no dejemos escapar esta oportunidad que se nos brinda. No dejemos que nuestra sociedad caiga en alarmismos cuyos padres no son otros que los sensacionalistas “mass media” que acostumbran a distorsionar la realidad Penal que nos sobreviene. Instauremos una Política Criminal basada en el respeto a la dignidad de la persona y a los derechos y garantías individuales no sólo de los victimarios, sino también de las víctimas. Bajo una ideología humanista y constitucional propia de principios tales como el de intervención mínima, legalidad, reserva jurisdiccional, proporcionalidad… Hagamos honor a la venda, la balanza y la espada de la diosa Justicia y rindamos pleitesía a los valores de ética y deontología que caracterizan una íntegra Política Criminal acorde a nuestro tiempo: dura con el delito, pero también con sus causas.

Mario Muñoz Anguita. Julio de 2012
Estudiante de Criminología en la Universidad Europea de Madrid